Dale Diego (por favor) por María José NAVARRO

La Razón
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Se sienta una a ver a Argentina y nada más acabar el partido nota que se ha cogido un par de kilos. Sale Ma- radona e inmediatamente explotan en la despensa dos bolsas de patatas fritas grasientas, un bote de galletas saladas y media docena de cervezas reserva, de esas con la botella oscura y una fecha en la etiqueta. Aparece en la pantalla Maradona y de pronto se enciende un pilotillo en tu interior que te impide fijarte en lo sustancial. Se esfuman de un plumazo tus intenciones primeras. Nada de estudiar a Jonás porque hay un sexto sentido que te dice que le iría bien a tu Atle- ti un tipo así­. Nada de preguntarte dónde está Tévez, por qué no está Tévez, para qué demonios saca a Tévez para eso. Por qué Higuaín transmite sensaciones de jugador de Segunda División. Por qué sigue siendo indiscutible Heinze, qué tiene que hacer Heinze para que le saquen tarjeta de una vez. Nada. Y mucho menos pensar en Messi, en lo que Messi piensa y en el rato que tardan los demás en pen- sar lo que piensa él. Observa una a Maradona en la banda y sabe a ciencia cierta que el tipo posee una capacidad innata para sacar de quicio al cuarto árbitro y que eso es todo lo que hará durante los noventa minutos del partido. Ni una sola indicación táctica que provoque cambios en su equipo, ni una sola que no esté relacionada con la testosterona y sus derivados. Nada de eso. Tus ojos están clavados en el bajo de los pantalones de Diego Armando Maradona. Enorme. Inmenso. Desproporcionado. Y entonces caes en la cuenta de que la modista de la albiceleste también está convencida, como tú, de que algún dí­a Maradona puede dar un estirón.