Sobre las imágenes por Lucas Haurie

La virtualidad, que nada tiene que ver con el virtuosismo. Sino todo lo contrario. El poder no es más que su reflejo en la esfera de lo público y a todo político cogido en falta no le reprochan sus allegados su mal comportamiento sino la poca maña que se ha dado en disimularlo. Tonta ingenuidad la de quienes nos extrañamos por el rifirrafe de populares y socialistas a causa de su exposición a las cámaras en la comisión de los ERE: toda Andalucía sabe qué ha pasado con esos cientos de millones de euros pero lo importante es quedar bien en el teatro que se representa en ese corral de comedias por mal nombre Parlamento. Peleíta de divas celosas, entremés adecuado para la aparición estelar de Juan Lanzas, de oficio conseguidor. Con sus gafas oscuras «à la mode» de La Niña de la Puebla y su discurso de ingenuo pueblerino engañado en la capital. Nostalgia de «Tarzán en Nueva York» o, mejor, de Paco Martínez Soria en «La ciudad no es para mí». Su presencia, otro insulto a la inteligencia, fue la precuela del show de Guerrero, con quien nunca ha dormido, según declaró, aunque tal vez haya compartido alguna noche en vela entre cajetillas de Marlboro y combinados de bebidas blancas. Toda la historia, con sus antes y sus después, gira alrededor del jovial enchironado. De quien todos reniegan sólo porque saltó a lo público lo que de él siempre se supo. La imagen, o sea.