Carmen Machi sigue siendo infiel a Aída por Jesús Mariñas

Machi, en ¿Quién teme a Virginia Woolf?

Pocas veces Madrid ha ofrecido un duelo interpretativo tan dispar. Hay para todos los gustos en una cartelera de lo más apetecible y con interpretaciones excepcionales. Gemma Cuervo encandila en el Centro Cultural de la Villa –por donde acaba de pasar Jeremy Irons para impartir una lección magistral– al meterse en la piel de «La Celestina», una piedra de toque para las grandes de la escena. Insuperable fue la de Irene López Heredia con María Dolores Pradera en plan hechicera, al aire de María Casares en los altos de Saint Tropez, mi lugar de veraneo durante siete años. Era la época en la que Brigitte Bardot tenía su casa de La Madrague al lado de nuestro camping en Salineo, y nos cruzábamos con ella por La Ponche cuando acudía a poner a punto su aireada melena mientras viajaba en vespa.
Por otra parte, Carmen Machi hace una peculiar versión de «¿Quién teme a Virginia Woolf?». Entusiasmará a los «fans» de Aída, aunque los puristas encuentren exagerada la deformación del tipo. Verónica Forqué aporta su visión en «Shirley Valentine» en el Teatro Maravillas, el antiguo feudo de Celia Gámez, un local que tenía sabor y que ahora es una de las salas más feas de la capital. Le quitaron su esencia cuando lo modernizaron. Blanca Portillo sorprende con su personaje masculino, el Segismundo calderoniano y su «¡ay, mísero de mí, ay infeliz...!». Un reto como cuando hizo de Hamlet, sin llegar a lo conseguido por Nuria Espert en parecido travestismo escénico. Entonces, lo de Nuria sonó a desafío, ella es así, y entre las celestinas memorables resalta la que ésta presentó con Lepage colgada a una pared. No hizo historia la de Milagros Leal en versión potajera de un Alejandro Casona que únicamente interesó por su exilio. Lo han olvidado como a Benavente o a Buero Vallejo.
Victoria Rodríguez convalece de un atropello que la ha dejado coja, pero risueña. Me lo contó, igual que Alberto Aza el motivo de su buen aspecto físico. No tiene nada que ver con haber dejado su trabajo en la Zarzuela, sino con haber regresado de un nuevo viaje espiritual al Camino de Santiago. Lo ha realizado en muchas ocasiones. «Con mi esposa hace ya veinte años que lo hacemos cada año en sus diferentes itinerarios: que si el Camino Francés, que si el de la Plata... Siempre descubres algo impactante», comentó, como otros lo hacen acerca del distinto nivel actoral que confluye en una misma temporada. Espert sigue triunfando con «La loba» en una versión muy personal. Arturo Fernández ha batido récords con su obra teatral en Valladolid, como me lo confirma Enrique Cornejo, que pronto estrenará un «Testigo de cargo». Y hablando de teatro, también se encuentra algo de esto en el irregular matrimonio de Fiona Ferrer y Polanco, que ahora llega a su fin. De película –quizá de alguna de las escenas de Woody Allen– es el desencuentro de Telma Ortiz y Del Burgo. Que no toda la ficción queda para la escena.