Un poeta contra el narco mexicano

El poeta mexicano Javier Sicilia no volverá a escribir. Se acabó la inspiración. Alguien asesinó a su hijo Juan Francisco, de 24 años. «Y con él lo perdí todo», admite, abatido, vía telefónica. La Policía apunta a las mafias del narcotráfico.

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A Juanelo, como le llamaban en familia, le mataron en plena calle junto a seis amigos, entre ellos una chica. Nadie sobrevivió. Ocurrió el 28 de marzo en el municipio de Temixcos, muy cerca de la tranquila ciudad de Cuernavaca, en el estado de Morelos, a unos 100 kilómetros (sur) del Distrito Federal.

Desde entonces, el escritor, que debido a su notoriedad pública recibió apoyo espontáneo de miles de mexicanos, comenzó el calvario que ya emprendieron otros: exigir justicia en un país donde 35.000 personas han perdido la vida violentamente en los últimos cuatro años y donde 5.000 siguen desaparecidos. Datos increíbles, pero reconocidos por el Gobierno.
Un estudio del Instituto Tecnológico de Monterrey reveló además, en 2010, que más del 90% de los crímenes quedan impunes y que sólo se denuncia un 20% de los casos.

«Es una emergencia nacional», proclama Sicilia desde el Zócalo de Cuernavaca, donde se instaló durante más de dos semanas para exigir un definitivo Basta Ya. Más y más gente se acercaba cada día a ofrecerle sus condolencias y unirse a su lucha. «Mi hijo, para desgracia mía y de la nación, ha despertado el sentimiento de desesperación de la sociedad y se ha convertido en un símbolo. Su nombre es el nombre de todos», cuenta con voz grave, a ratos rota.

Mientras tanto, las desgracias se suceden. No son sólo homicidios, secuestros, torturas, robos y asaltos diarios, corrupciones en la mayoría de los estamentos políticos, judiciales y sociales... Los formatos de la violencia son cada vez más grotescos. La fosa común descubierta en San Fernando, en el estado de Tamaulipas, frontera con EE UU, suma ya 116 cadáveres. Y hay más.

La Policía sospecha de los Zetas. Se han encontrado cementerios improvisados en Coahuila, Sinaloa, Guerrero, Baja California, Nuevo León, Jalisco, Zacatecas... «Ya no se puede aguantar más. Se acabó. O nos unimos contra la violencia o la pesadilla no terminará», clama el escritor.

Su hijo Juan Francisco, graduado en Administración de empresas, trabajaba en un hospital de cardiología, en Cuernavaca. «Teníamos gustos diferentes pero su corazón era enorme, no lo puedes imaginar», cuenta orgulloso el padre. Sobre los motivos que pudieron llevar a su muerte y la de sus amigos, Sicilia sólo acierta a hablar de «barbarie», de violencia atroz que se lleva a todos por delante. Entre los sospechosos figuran antiguos policías y exmilitares que se sumaron al crimen organizado. Están fichados, pero por el momento sólo ha habido un detenido.

La vida de Javier Sicilia corre peligro. Y él lo sabe. Está en el punto de mira. La protección policial que recibe, visto lo visto, no es muy fiable. Pero ha decidido no rendirse y dar voz a miles de silencios anónimos. El temor a represalias no es sólo del poeta. Isabel Miranda de Wallace, presidenta de la asociación «Alto al Secuestro», le ha pedido que abandone : «Maestro Sicilia, el Estado tampoco nos puede garantizar que a usted no lo traten de callar.

Se lo digo por experiencia propia, por lo que a fin de no exponer su vida, le pido no efectúe el plantón [protesta], busquemos otras acciones..., pero no más a costa de otra vida». Sicilia se muestra dispuesto a escuchar a los narcos. «No se han pronunciado, quiero que me expliquen si van a dejar este comportamiento... Que digan algo».

Política de guerra
El caso de Juanelo llegó, incluso, al presidente de la República, Felipe Calderón, que se reunió con Sicilia. «Me dijo que, en las condiciones en que estaba el país, no iba a hacer un alto a su política de guerra. Lo que no dejo ni dejaré de lamentar». El escritor insiste en que debería replantearse una nueva estrategia de seguridad con la participación de todos los actores implicados (gobiernos, partidos, empresarios, sindicatos, ciudadanía).

Sobre el tráfico de drogas, una de las causas de la catástrofe mexicana, el poeta apuesta por una solución que a otros escandaliza: «La legalización podría ayudar a solucionar el problema». La raíz del mal, como ya ha apuntado en multitud de ensayos, es, bajo su criterio, el ansia capitalista, el egoísmo desmedido, la ausencia de virtud.

La repercusión del caso ha provocado ya varias dimisiones, como la del jefe de Policía de Morelos, Gastón Menchaca Arias. Sicilia lo tildó de puro «maquillaje». Después han llegado otras, pero él no cesa en sus críticas. Y tira a dar: «Los partidos políticos tienen gravísimas omisiones frente al crimen organizado. Esas omisiones han sido la moneda de cambio para acomodarse aquí y allá, erosionando las instituciones e hiriendo a la nación».

Este admirador literario de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, autor de artículos periodísticos y guiones de cine, habla de que «se nos ha podrido el corazón» y reivindica, como armas, la humildad y la imaginación: «Necesitamos más humildad. Tenemos que echar a un lado intereses personales. Sólo tenemos imaginación para la violencia». A veces utiliza otros registros para despertar conciencias. «Estamos hasta la madre [hartos]», escribía en una de sus cartas destinadas a los ciudadanos. Aunque critica la guerra contra el narco avivada por el presidente (sobre todo fuera de México), tampoco le culpa de todo. «Calderón se equivocó con la táctica pero la basura ya llenaba las alcantarillas de este país».

El Holocausto mexicano
Sicilia es lo que algunos llaman «Padre-coraje». Él prefiere erigirse como «una voz». Se han celebrado manifestaciones en decenas de municipios mexicanos, en embajadas de varios países, entre ellos España, y ha recibido mensajes, vía internet, de miles de personas. Sicilia ha convocado a «toda la nación» para que acuda el 8 de mayo al Zócalo de México D.F.

En un discurso hizo un llamamiento al país: «Vamos a caminar en silencio para detener la violencia, para decirles que aún estamos a tiempo de rehacernos... Vamos a ir al zócalo de la Ciudad de México para exigir al presidente de la República, al Congreso de la Unión, a los partidos políticos, a sus líderes, a los empresarios, a los líderes sindicales, a las Iglesias y a sus jerarquías, que asuman su responsabilidad». A la causa de Sicilia se han sumado, entre otros, Isabel Miranda de Wallace, el empresario Alejandro Martí, que perdió a su hijo de 14 años tras un secuestro, familiares de los niños fallecidos en la guardería ABC o de jóvenes masacrados en Villas de Salvárcar y el subcomandante Marcos. 

Sicilia reclamó que «en cada plaza del país debe haber una memoria de nuestro propio Holocausto». Las personas que le rodean, mientras tanto, dicen sentirse asustadas. En el recuerdo de todos sobrevuela el nombre de Marisela Escobedo, la madre asesinada hace tres meses tras dos años de lucha incansable por hacer justicia a su hija. Las cámaras de televisión captaron el momento en el que le disparaban. El caso conmocionó México. La gente salió a la calle, indignada, hubo cientos de manifestaciones pero el monstruo del crimen siguió avanzando. «Pues claro que tengo miedo –acaba reconociendo Sicilia–, pero si me callo habremos reconocido que la dignidad de este país también está muerta».

El caso de marisela Escobedo
Tras el asesinato de su hija Rubi, de 16 años, en agosto de 2008, Marisela Escobedo fue en busca del supuesto ejecutor. El ex novio de la menor reconoció el crimen y señaló a la Policía el lugar al que había arrojado el cadáver. En abril de 2010, tras un juicio cuando menos dudoso, el presunto asesino era puesto en libertad. La sentencia absolutoria causó gran indignación ciudadana y ante la presión social, el entonces gobernador Reyes Baeza ordenó la creación de una Comisión Interinstitucional para el seguimiento del caso.

Un mes después el Tribunal de Casación anulaba la sentencia absolutoria y condenaba al detenido a 50 años de prisión. Pero nadie fue a buscarlo. Una entre mil irregularidades. La madre intentó hablar con el presidente de la República pero no lo consiguió. Desesperada y bajo amenazas, acampó frente al Palacio de Justicia de Chihuaha. La cámaras de seguridad grabaron cómo un hombre le pegaba un tiro en la cabeza. Muerta. 27 meses de protesta terminaron en 20 segundos.