Copa del Rey

«Camp David» por Alfonso Ussía

La Razón
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He analizado con sosegado rigor las fotografías de la cumbre del G-8 en «Camp David», el chalé de descanso de los presidentes de los Estados Unidos. Lo más curioso es que el G-8 son diez, y todavía no se le ha ocurrido a ninguno de los diez cambiar de nombre. España estuvo a un paso de ser admitida en tan exclusivo club en tiempos de los Gobiernos de José María Aznar, y me pregunto y me respondo que mejor así, porque nada más humillante que una expulsión. Al paso que llevamos no nos admiten ni en el G-100, que ignoro si existe, por otra parte.

Ser expulsado de un club resulta harto mortificante. En ocasiones hay motivos sobrados para ello. El «Commendatore» Giorgio Pía della Lojácono, uno de los más tradicionales socios del «Circolo de la Caccia» de Roma, escribió un artículo explosivo en el que opinaba que los cazadores eran tontos y sólo sabían hablar de caza. Y el duque de Bedford a punto estuvo de ser expulsado del «Woodle´s» londinense por acudir a cenar en pelotas y con una corbata anudada al cuello. La noche anterior se presentó perfectamente vestido, pero sin corbata y le mostraron el Reglamento Interno: «Los señores socios sólo podrán acceder a las instalaciones del Club con corbata». Salió triunfador del contencioso. Contaba Wodehouse, que Bertie Wooster y Bingo Little fueron severamente amonestados en su «Club de los Zánganos» por llevar a cabo una broma pesada a sir Roderick Glossop, un sujeto antipatiquísimo. Dormía la siesta Glossop en el salón de madera, y Wooster y Little le ataron a los pies unos patines de ruedas. Uno de ellos gritó «¡Fuego!» y Glossop asustado se incorporó para escapar de las llamas, patinó alocadamente una decena de metros y se dio un tortazo descomunal.

Pero ser expulsado del G-8, que es el G-10 de «Camp David», tiene que sentar muy bien. Por las fotografías distribuidas se advierte que no hay posibilidad de encontrar un salón de reuniones más feo, peor decorado, triste e incómodo. Los muebles son aún más oscuros y terroríficos que los castellanos de estilo «Remordimiento». Sólo falta en el comedor de «Camp David» una bailarina de Lladró y en la pared la cabeza disecada de un oso mostrando su terrible dentadura y en actitud de ataque inminente. El Presidente de los Estados Unidos no puede tener una casa de descanso tan fea. De ahí la expresión de ironía de Medvedev, que no daba crédito a lo que veía. Destaca en la estancia un aparador con algunos cacharros de escasa consistencia y una enciclopedia en sus estanterías de las que venden a plazos los de Rizzoli, Planeta o Hachette con aliciente de regalo de electrodoméstico para el hogar. «Adquiera nuestra Enciclopedia de Los Faraones Egipcios y recibirá un exprimidor Moulinex de última generación completamente gratis». Un detalle a destacar de la familia Obama. Escondieron el Moulinex.
Las casas de descanso de los Jefes de Estado son peligrosas. Para mitigar sus melancolías por el fallecimiento en plena juventud de la Reina Mercedes, Alfonso XII se refugió en Riofrío, y de no intervenir Cánovas, Sagasta y el psiquiatra, se hubiera vuelto tarumba total. Ya recuperado, se instaló en «Ocejo» y en el Palacio del marqués de Comillas, pero una noche se le apareció el fantasma de la marquesa, y no se detuvo hasta alcanzar la provincia de Burgos.

La decoración de «Camp David», con enormes fotografías colgadas en la pared, será la responsable de que el G-8, que son diez, no llegue a acuerdo alguno. Los españoles somos pobres, pero en ese aspecto, les ganamos por goleada.