Naomi Watts la nueva «ambición rubia»

La actriz se ha convertido en la estrella del certamen, donde, además de la nueva película de Woody Allen, ayer presentó «Fair Game», que sí va a concurso. Fue el día más político, ya que también se proyectó la última de Ken Loach

Watts, omnipresente en la alfombra roja, encarnará a Marilyn , un «biopic» del que ya hay una primera imagen
Watts, omnipresente en la alfombra roja, encarnará a Marilyn , un «biopic» del que ya hay una primera imagen

Se abre la puerta y surge una bandeja repleta de sacos de té, una taza y una tetera. Quien la porta no es una camarera del Hotel Martínez, el cuartel general de las celebridades en Cannes, sino la misma Naomi Watts: «Lo necesito para mi voz». Su apariencia frágil y pálida es aún mayor de cerca, una percepción que se disuelve en cuanto abre la boca. Es una de las estrellas que más veces ha cruzado la alfombra roja de esta edición. En algo, además de la playa, tenía que entretenerse, pues llegó el pasado sábado para acompañar a Wooy Allen en el estreno de «You will Meet a Tall Dark Strange» y hasta ayer no volvió a la sección oficial con «Fair Game», de Doug Liman, pero esta vez para competir por la Palma de Oro. Es consciente de que se ha hablado mucho de ella en las últimas horas, tras anunciarse que será Marilyn Monroe en la gran pantalla: «Va a ser duro. Es un personaje con el que todo el mundo se identifica, sobre todo, las mujeres», asegura. Los personajes sobre seres reales suponen, para ella, «una responsabilidad monumental, pues no es sólo un compromiso con el público, sino también con la imagen de esa persona».

Sin leer guionesNo le son ajenos los festivales, pues con una pequeña selección de los directores que la han contratado podría componerse una muestra de alto nivel: David Lynch, Haneke, Iñárritu, Cronenberg... «Principalmente, elijo los papeles por el director si es alguien a quien respetas. A veces acepto papeles sin haber leído el guión, como me ocurrió con Iñárritu o Peter Jackson, por ejemplo. En otras ocasiones me interesa el papel: quién es esa mujer que me ofrecen interpretar y qué puede aportarme». A pesar de su estimable carrera, recuerda que «muchas veces he pensado en dejarlo y volver a Australia, aunque siempre ha llegado una llamada para algo que valía la pena».

Político, pero no documentalPero hoy toca hablar de Valerie Plame, la espía de «Fair Game», cuya carrera fue arruinada por la Administración Bush al hacer público su trabajo en la CIA después de que su marido, el demócrata Joseph Wilson, denunciara a la Casa Blanca por haber manipulado un informe sobre tráfico de material nuclear entre Nigeria e Irak cuando iba a producirse la intervención estadounidense en la zona. «Es una historia brillante –insiste Watts–. Me parece increíble cómo te puede cambiar la vida en un momento y también cómo supo ella manejar la situación». Watts aceptó además el papel porque, «aunque el elemento político tiene mucho peso en la película, es sobre todo una historia de amor, de cómo este matrimonio sobrevive. Los filmes así suelen darte demasiados datos, son casi un documental, pero éste se escora más hacia el drama». Y así es; tanto, que una historia narrada de un modo tan hollywoodiense nunca se hubiera colado a concurso en Cannes de no ser por el tema.

Basado en el libro homónimo de la agente defenestrada y «Los políticos de verdad», de su marido, el filme lanza artillería pesada contra el ex presidente: no sólo se le acusa de haber ignorado los informes de la inteligencia norteamericana sobre la inexistencia de armas de destrucción masiva, sino de cometer un delito al revelar la identidad de un espía, que tenía varias misiones internacionales a su cargo que costaron la vida de varios iraquíes.

Probablemente por este motivo también dijo sí Sean Penn, que interpreta a su esposo y que no se desplazó hasta Francia para el estreno. En cualquier caso, supone el reencuentro con Watts tras haber coincidido en «21 gramos» y «Fox contra Nixon»: «Fue maravilloso. Somos amigos y nos conocemos muy bien. Me ahorré toda esa parte en que tienes que preguntarte por cuál es el proceso del otro, que es lo que más preocupa a un actor. Estamos sincronizados y todo resulta más fácil».

Lo contrario le pasó al rodar con Woody Allen: «Durante décadas he sido fan de sus filmes. Y, de repente, estás allí en un estudio con él. Aunque debo admitir que me intimidó mucho el primer día de rodaje, porque sólo habíamos hecho antes una prueba de cámara. Y teníamos uno de los momentos más difíciles de mi papel. Lo que me encantó de trabajar con él es que todo lo hace en una toma. No importa la cantidad de gente que haya en la escena. Eso es muy complicado porque sabes que si haces algo mal afectará al resto, pero al mismo tiempo permite que las cosas sean más reales. No te puedes permitir ser vago con él». Su inseguridad con el genio de Manhattan era tal que ni siquiera tuvieron contacto antes de rodar: «Me escribió una carta en la que me explicaba el personaje y me dijo que si necesitaba algo, que lo telefoneara, pero no lo hice. Me decía: «Y si le llamo y cree que mis preguntas no son interesantes....». La gente me decía que no era un hombre de muchas palabras y los dos somos tímidos. Luego, cuando nos conocimos, no parábamos de hablar. No me iba nunca del rodaje porque siempre pasaban cosas interesantes. Tiene la broma adecuada para cada momento. No me extraña que sus películas sean tan brillantes, porque su mente nunca para». La actriz interpreta a la sufridora hija de dos ancianos que se separan ya en la vejez, que además sufre la convivencia con un escritor frustrado: «No me habían permitido ser divertida en mis trabajos anteriores» –se justifica–, así que quería hacer una película luminosa, pero resulta muy difícil este género».

 

Loach, poco inspiradoReconoce que no tiene nada que ver rodar con Allen, cuyo ritmo es de seis o siete páginas de guión por día, que con Haneke, donde todo está medido y debe resultar muy preciso, o con Liman, director de «Fair Game», que «enciende la cámara de repente y sin que nadie lo espere y te dice: ahora».

El suspense político norteamericano se batió en duelo ayer por la Palma de Oro con el drama italiano «La nostra vita», de Daniel Luccheti, que también se estrenará fácilmente en las salas. Elio Germano (a quien hemos visto recientemente en «Nine», pero también en el anterior trabajo del director «Mi hermano es hijo único») desarrolla un gran trabajo como hilo conductor de esta historia sobre la pérdida inesperada de la mujer de un hombre joven con dos niños y otro en camino. Su trabajo como encargado de obra nos permite asistir a los conflictos de los inmigrantes ilegales, aunque de una manera ligera, como todo el filme, que sugiere más que muestra, a veces, demasiado poco.

Otra cosa es Ken Loach, un tanto desafinado y que llegó en el último suspiro al concurso, tanto que ni siquiera aparece en la lona gigante que cubre la entrada del Palacio de Festivales. El británico gira de nuevo la cámara hacia Irak en «Route Irish», que alude al camino que hay entre el aeropuerto de Bagdad y la zona verde. Allí muere un soldado británico y el filme nos acerca al debate que se vive entre su novia y su mejor amigo, que le impulsó a alistarse en el Ejército. Las imágenes sobre la tragedia nos bombardean la conciencia y ni siquiera la trama sobre cuál fue la verdadera causa de la muerte del joven levantan la trama. Loach no decepcionará a los incondicionales, pero tampoco ganará ningún adepto.

Afrontamos la recta final de la muestra sin ningún favorito claro. Sólo los premios de interpretación parecen definidos o tener una verdadera competencia. Javier Bardem figura en todas las quinielas en la parte masculina, mientras que Juliete Binoche deberá batirse con las protagonistas de la cinta coreana «Poesía», escrita para mayor gloria de la diva de la escena asiática Yung Jungye, que también hace una aparición en otra película a competición, «The Housemaid». Tampoco sería extraño que Leslie Manville, de «Another Year», de Mike Leigh, película favorita para la crítica, se llevara el gato al agua.

 

Viva México México se ha encaramado como el país extranjero favorito del festival, cerca de media docena de filmes están presentes en las distintas secciones de la muestra. Ayer comparecieron en la Quincena alguno de los nombres más potentes de su cinematografía para presentar «Revolución», un proyecto de diez cortos (de Rodrigo García, Carlos Reygadas, Gael García Bernal, Diego Luna) que conmemoran los cien años de las hazañas de Pancho Villa. «Había que celebrarlo con el medio en que se dio a conocer la revolución», señaló Gael García Bernal, que este año ejerce además como presidente del jurado que otorgará la Cámara de Oro a la mejor opera prima de las secciones oficiales. ¡Pues ándale!

 

En palmitas- Según los especialistas en moda que siguen la muestra –no me miren– la tendencia más apreciable este año ha sido el cambio de la corbata por la pajarita para acompañar el esmoquin. - A las cuatro de la tarde, hora poco propicia, tuvo lugar la alfombra roja con menos «glamour» de 2010: «Route Irish». No en vano estaba encabezada por Ken Loach. A su guionista, Paul Laverty, tuvieron que llamarle la atención por llevar la chaqueta al hombro, como si fuera una boda.- En la misma ceremonia pudimos ver también a Icíar Bollaín, pareja de Laverty. No asistió Najwa Nimri, que tiene un papel en «Route Irish».- Aunque se trata de una de las ediciones de Cannes menos glamourosas, nadie en el certamen, sobre todo las féminas, olvida que se trata de una cita que marca tendencias. Por ello, ninguna dudó en enfundarse tacones altísimos con o sin plataforma para darle otro aire a una alfombra roja más pálida este año. Altas, bajas, modelos, representantes y actrices... No importa la función en el festival si de lucir figura estilizada se trata. Desde la propia Naomi Watts hasta las tres protagonistas italianas de «La vita nostra» se rindieron al encanto de hacer de La Croisette un lugar de altura.