Música

OPINIÓN: Aquel bonito cadáver

La Razón
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Muere joven y deja un bonito cadáver. Éste es uno de los mensajes más repetidos por los fundamentalistas del rock y una frase que cumplió Morrison a la perfección. Falleció a los 27 años víctima de mil excesos y dejó para la posteridad una imagen de Apolo que, dicho sea de paso, no correspondía con la que mostraba el día de su muerte. Pero, hoy, Morrison es uno de los grandes iconos de la música que comparte mausoleo dorado con otros notables: Elvis, Jimi Hendrix, Lennon, Cobain o Jackson. Su tumba descansa en el cementerio de Père-Lachaise, en París, donde recibe diariamente la visita de cientos de fans. Allí le dejan poemas, cartas de amor, CD y material delirante. En ese precioso lugar también están enterrados otros notables de la cultura contemporánea, como Balzac, la Callas, Chopin, Delacroix, Molière, Proust y Wilde. Pero es Morrison el destinatario de la mayor parte de los dos millones de visitas que recibe. Y es que el rock es el último gran movimiento cultural y social surgido en la era contemporánea. Por mucho que la industria y el pillaje hayan acabado con el negocio, buena parte de los referentes del último siglo se vinculan a él. Uno es Morrison, claro. Aunque, como también sucede con Lennon, no es mal tema de debate preguntar si hicieron méritos personales para ser considerados modelos a imitar. En el caso de Morrison, su naturaleza era hedonista y autodestructiva. Murió harto de ser él mismo. Ah, pero siempre quedará su música, que fue gloriosa…