Europa

España en contra de sancionar a Al Asad

Siria está poniendo al descubierto la falta de coherencia española respecto a las revoluciones árabes. Si España se encontró en el grupo de los países más intervencionistas en Libia, país a donde llegaba sin compromisos pasados, las buenas relaciones con el régimen de Damasco han maniatado su respuesta.

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Ayer, mientras el presidente Bachar Al Asad respondía a las protestas populares en la ciudad de Homs -la tercera del país- con cañonazos de sus tanques y ráfagas de ametralladora, la ministra de Exteriores, Trinidad Jimenez, continuó optando por una «respuesta gradual» en las sanciones al dictador. Esta postura española, compartida por otros países mediterráneos como Italia, Grecia y Chipre, además de Estonia, es la que ha impedido que el presidente Al Asad no haya sido incluido en la lista de trece personas castigadas con la prohibición de viajar a Europa y su congelación de bienes, aprobada esta semana por la UE

Según fuentes comunitarias, en un primer momento los Veintisiete estaban divididos casi a partes iguales entre el grupo liderado por Francia y Reino Unido, partidarios de mantener una postura más dura con el régimen incluyendo igualmente al líder sirio entre los sancionados, y los más tolerantes. Sin embargo, hoy sólo aquéllos con unos lazos más estrechos con Siria, como Italia, Grecia, Chipre, Estonia, atrapada por el secuestro de siete de sus ciudadanos en la frontera del país árabe, y España mantienen la puerta abierta a Al Asad.

Esta postura blanda fue criticada duramente ayer por los eurodiputados en Estrasburgo, quienes reprocharon a la jefa de la diplomacia europea, Catherine Ashton, que la UE no hubiera mostrado una postura más dura. «Siria es un desastre enorme. Se está convirtiendo en el Tiananmén árabe», describió el jefe del grupo de los liberales en la Eurocámara, Guy Verhofstadt. Con 800 asesinados y más de 9.000 detenidos y torturados, «Al Asad es el dictador más brutal en el mundo», añadió.
Ashton se deshizo de las críticas señalando que han sido algunas capitales las que han querido graduar la respuesta, aunque indicó que revisará las sanciones en una semana. «¿Qué países están impidiéndote para incluir su nombre [de Al Asad] en la lista?

Si es el ministro [alemán] Westermelle, dígalo», presionó el jefe de los Verdes, Daniel Cohn-Bendit. Aunque Ashton no quiso poner nombres, fuentes comunitarias explican que Alemania no está en este grupo, y que son principalmente los otros señalados anteriormente los que están bloqueando el camino. «Hemos dado una oportunidad a Al Asad. Pero si no vemos un cambio drástico será incluido en las sanciones», indican fuentes del equipo de Ashton, aclarando que hasta ahora no han visto los cambios que piden: fin inmediato de la violencia, emprender las reformas políticas y abrir un proceso de diálogo nacional. La revisión de la lista para incluirle, junto con otros miembros de su familia, podría llegar este viernes, y como muy tarde antes de la reunión de los ministros de Exteriores el día 23.

Continúa la represión
A Wissam Tarif, investigador sirio y activista pro Derechos Humanos, le ha decepcionado esta información. «No puedo entender como un país como España, que fue la última dictadura de Europa en caer, no vota a favor. Aun así, estoy convencido de que es una sorpresa para muchos españoles, que no estarán de acuerdo con dicha postura». Tarif cuenta a LA RAZÓN que desde las 04:00 de la mañana de ayer, vehículos blindados del Ejército estaban bombardeando Homs. «Hay un gran número de víctimas, pero no tenemos acceso a la zona, está cercada». Por la tarde, ya sólo se escuchaban disparos: «Unas 500 personas han sido detenidas», afirma Tarif quien -también habla entre otros graves sucesos, de arrestos en Moadmia, un barrio de la capital totalmente cercado- once muertos en Alzahad, y de cerca de Deraa. Según explica otro sirio desde Damasco, los miércoles y los jueves son los días en los que más detenciones se producen. «Así evitan que se manifiesten los viernes –día en que las protestas son mayores– y de paso, amedrentan a sus familiares». Ayer detuvieron a un amigo suyo e hicieron falta 15 agentes con metralletas. Por si esto fuera poco, en la mayoría de los arrestos las fuerzas de seguridad roban. «Se llevan las joyas, el oro... Hasta las 50 liras del bolsillo de un niño».

Túnez: 629 detenidos en cuatro días
Carla Hend, de 19 años, fue el viernes a la avenida Habib Burguiba, el lugar preferido de los tunecinos para manifestarse, como traductora de un periodista francés y de paso, para recordar a los miembros del RCD, el partido del derrocado Ben Ali, que no se deben presentar a las elecciones del 24 de julio, bajo ningún nombre. Hacía meses que no se cruzaba con tantos policías. Éstos la comenzaron a insultar. Después, la tiraron del pelo y pese a que dijo que acudía junto a la prensa internacional, la golpearon fuertemente. Hend habla del fin de semana como «el infierno». Además, en los últimos días, cada vez que se producen manifestaciones pacíficas, un grupo de personas aprovecha para robar y entrar en los comercios. «Creemos que se trata de una milicia de Ben Ali. Quieren estropear lo que hemos conseguido y manchar la revuelta», explica la joven.

De hecho, el ministerio del Interior informó ayer de que las fuerzas de seguridad han detenido a 629 personas acusadas de «robo, pillaje, agresiones a policías y tentativa de ataque a comisarias y locales administrativos». Sin embargo, la Policía ha vuelto a ser tan cruel y temida como lo era en tiempos de Ben Ali. Halim Meddeb, abogado pro Derechos Humanos, dedicó su día a ir junto a un grupo de tunecinos apaleados por los agentes. «En muchos hospitales se negaron a firmarles el parte con el que justificar que fueron duramente golpeados. Con mi presencia hoy ha sido distinto». Meddeb cuenta el caso del dueño de una cafetería que se apellida Bouazizi –al igual que el artífice de la revolución– y que sólo por ello los agentes decidieron pegarle. La violencia y el reinstaurado toque de queda ha hecho mella en el optimismo de Túnez: «La situación es horrible», describe Meddeb.