Historia

La Mafia y el Watergate por César Vidal

Un clarificador libro desvela que Nixon, más que reunir material contra el Partido Demócrata, temía que se hallaran documentos de su relación con criminales

Richard Nixon y su esposa Pat, el día que dimitió como presidente de EE UU  a causa del Watergate
Richard Nixon y su esposa Pat, el día que dimitió como presidente de EE UU a causa del Watergate

El escándalo Watergate marcó un antes y un después en la Historia de los Estados Unidos. La irrupción – y detención– de una serie de personajes en los cuarteles del Partido Demócrata en el edificio Watergate no sólo acabó llevando a cuestionar toda la política –en algunos aspectos, muy brillante – del entonces presidente Nixon, sino que también causó la ruina política del ocupante de la Casa Blanca. La versión oficial afirmaría que Nixon deseaba reunir materiales escandalosos que pudieran ser utilizados contra el Partido Demócrata y que, con esa finalidad en mente, no había dudado en quebrantar la legalidad. Tal interpretación de los hechos ha quedado pulverizada con «Watergate: The Hidden History: Nixon, The Mafia, and The CIA», un libro de 816 páginas de Lamar Waldron, autor de otras obras de investigación relacionadas con la historia de los EE UU en los años sesenta y setenta.

Waldron traza la prehistoria del caso Watergate en la relación de la mafia con el asesinato de JFK. Aunque la mafia resultó esencial para que JFK ganara las elecciones presidenciales, el hecho de que Bob Kennedy, convertido en fiscal general, arremetiera contra el crimen organizado agrió las relaciones entre el crimen organizado y los Kennedy. De esa creciente tensión surgió un plan para asesinar a Kennedy, ejecutado por la mafia.

En los días inmediatamente posteriores al magnicidio, fueron detenidos en Dallas, el lugar del crimen, cinco de los esbirros de Carlos Marcello, el jefe de la mafia de Louisiana. Fueron Lee H. Oswald, cabeza de turco que trabajaba como corredor de la red de juego de Marcello; David Ferrie, que pasó los dos fines de semana previos al asesinato en el escondite de Marcello en Churchill Farms; Jim Braden, arrestado en el edificio Dal-Tex; Jack Ruby, que trabajaba para la mafia y dio muerte a Oswald y Michel Mertz, un miembro de la French Connection que pudo ser el asesino que disparó contra JFK desde la loma de hierba. Efectivamente, Mertz fue detenido por la Policía de Dallas, pero al disponer de inmunidad diplomática, fue entregado a los servicios de inmigración y naturalización que, en colaboración con el departamento de Justicia, lo dejaron salir de Estados Unidos a las 48 horas de la muerte de Kennedy.

Acabar con Castro
No sólo la mafia estaba implicada en el crimen. El socio más importante de Marcello era Irving Davidson, un importante lobbysta que era muy cercano a personajes como J. Edgar Hoover, Lyndon B. Johnson y Richard Nixon. Pero aún más importante era el hecho de que la mafia – incluidas derivaciones sindicales como Jimmy Hoffa– mantenía desde los años sesenta una estrecha relación con la CIA en la búsqueda de un fin común, el de hallar la manera de derribar a Fidel Castro.

Nixon estaba preocupado por que pudieran existir documentos que expusieran su relación con criminales reconocidos y la de éstos con operaciones secretas de la inteligencia americana. En palabras de Nixon, si se abría «el basurero… quedarían reveladas un montón de cosas» sobre «todo el asunto de Bahía de Cochinos» –uno de los puntos de conexión entre la mafia y la CIA–, lo que, de nuevo según Nixon, habría sido «muy malo para la CIA y la nación». No sorprende, por lo tanto, que entre la gente que formaba parte del equipo que irrumpió en Watergate se encontraran cubanos anticastristas.

En realidad, Nixon –según deja de manifiesto el material recientemente desclasificado y citado en el libro– sólo estaba intentando sellar un armario lleno de cadáveres como lo había hecho la Comisión Warren que examinó el asesinato de Kennedy. La cuestión era tan importante que no le importó realizar el intento cuando se jugaba su reelección.

Pero el plan salió mal. No sólo eso. Dejó de manifiesto que desde la Casa Blanca se actuaba con impunidad ejecutiva. Así, el resultado, al final, de la operación no fue el cierre definitivo del cofre de los secretos, sino la caída de Nixon y el inicio de uno de los periodos más amargos de la historia americana.