Adiós Carmeta adiós

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Que ZP ha dejado siempre caer a sus colaboradores cuando lo ha estimado conveniente es una verdad objetiva. Desde Caldera a Jordi Sevilla, pasando por Corbacho, Fernández de la Vega y el resto de una larguísima galería de clamorosos incompetentes, ZP no ha permitido jamás que uno de sus acólitos le empañara el futuro. Partiendo de tan repetidos precedentes, estaba cantado que Carme Chacón sería inmolada en el altar de la supervivencia de ZP. En este caso concreto, la eliminación tiene aún más significado que en otros degüellos anteriores porque Carme Chacón es un fruto directo y señalado de eso que, convencionalmente, podría denominarse el zapaterismo. Afiliada a las Juventudes del PSOE con 18 años – con 16 se había pasado sólo por la sede– concejal, diez años después y diputada con 29, la llegada de ZP al poder tuvo como consecuencia directa su ascenso espectacular en las filas del partido. Con 33 años, era vicepresidenta del congreso; con 36, ministra de vivienda y con 37, ministra de Defensa. Pocas carreras tan meteóricas se han contemplado en esta España donde el concepto de meritocracia es desconocido para desgracia de todos. ¿En algún momento dio la menor señal Carme Chacón de estar capacitada para ejercer tan importantes cargos? Ni por aproximación. Como vicepresidenta del congreso, Carme Chacón no fue nada; como ministra de vivienda, difícilmente pudo gastar más y conseguir menos, y como Ministra de Defensa, si acaso será recordada por pasar revista en estado de buena esperanza, aunque podemos confiar en que tanta vergüenza ajena no se nos quede en las neuronas de los españoles.

Sin embargo, por estrambótico y extravagante que ahora pueda parecernos todo su itinerario político, Carme Chacón ha logrado simbolizar como muy pocos esa monstruosidad que ha sido el zapaterismo. Se ha dicho maliciosamente que Carme Chacón se ha apoyado – y Dios le conserve la dicha conyugal muchos años– en uno de esos personajes a los que un antiguo director de informativos de Franco trasmutado en felipista llamó «visitadores de la Moncloa». No creo que ese juicio sea justo. Carme Chacón ha medrado a la sombra de un personaje que ha aniquilado una de las economías más prósperas del mundo y que insiste en tener un puesto de honor en la Historia porque metió a codazos en el código civil el matrimonio de homosexuales. Bajo ZP, se ha podido ocultar impunemente la incompetencia más rampante tras el disparate de que se considerara que ser mujer o catalana era un plus para asumir las riendas del poder. Que los ciudadanos exigieran que además supiera algo de su negociado siempre podía ser rechazado como objeciones basadas en el machismo o en el centralismo. Rodeada de políticos de la talla de Blanco, Leire Pajín, Salgado o el mismísimo ZP no resulta extraño que ambicionara llegar a presidenta del Gobierno. Ahora ha sido arrojada al vacío aunque continúe siendo la titular de un ministerio donde no se puede decir que estén entusiasmados con su gestión. Sé que algunos piensan que se trata de un «todavía no», pero en un PSOE empeñado en purgar por su propio bien hasta el último residuo del zapaterismo, lo más seguro es que se trate de un «final definitivo». Carme es sólo una baja colateral de esa guerra que, a diferencia de la de Afganistán, ha reconocido que existe. Adiós, Carmeta, adiós.