Asalto frustrado

Después del partido España-Chile, de regreso a Potchefstroom, un tipo lanzó una piedra contra uno de los autobuses de los periodistas españoles

Asalto frustrado
Asalto frustrado

Potchefstroom- Madrugada del sábado, un coche parado en la cuneta, un tipo que lanza una piedra contra la luna delantera de uno de los dos autobuses en los que viaja la prensa española que cubre la información de la selección. Podría decirse que es un intento de asalto, fallido. El conductor, sangre fría, ¿acostumbrado?, ni ha frenado ni ha parado. El guardaespaldas ha dado parte inmediatamente a la Policía, «no se detengan». El vehículo llegó con un agujero, un pedrusco y el segundo susto de los periodistas españoles en el Mundial.Ha terminado el partido de España y Chile en Pretoria; transmitimos las últimas piezas contrarreloj. El autobús de regreso a Potchefstroom, el campamento base, espera hasta las doce y media. Hay alegría contenida por la clasificación, justa, pero no brillante, y cansancio general. Después del recuento, alguna broma, nada de parar en el camino porque de la sala de prensa se sale con todo, todo, hecho. El día ha sido largo, duro, entretenido y aprovechado. Apetece una cabezadita.Los periodistas españoles que viajamos con la selección vamos distribuidos en dos autobuses que tienen más kilómetros que la historia de la Fórmula Uno. Son rumorosos, les suenan las tripas, en cada bache parece que se va a desprender el tubo de escape y la calefacción funciona con el aire acondicionado. Te cueces las piernas y te pelas de frío de cintura para arriba. Ya estamos acostumbrados.Al lado del conductor, en el asiento del copiloto, viaja un miembro de seguridad que no nos deja a sol ni a sombra. Es nuestro ángel de la guarda. Estamos en marcha, salimos de Pretoria casi a la una y cuando perdemos de vista las últimas luces de la ciudad el 80 por ciento del pasaje está dormido.Vamos rápido, de cuando en cuando, un frenazo para tomar una curva. Ni un ruido que no sea el del «carruaje» o algún ronquido. De repente, en ese silencio impostado, suena un golpetazo. Estamos a 30 kilómetros de Potchefstroom. Los de la parte de atrás pensamos que se ha caído un ordenador de la bandeja del techo. Intentamos concentrarnos en el sueño cuando nos advierten de que el golpazo ha sido el impacto de una piedra del tamaño de una taza de café en el parabrisas. Hay agujero y hay piedra. «Podía ser un intento de asalto; el autobús para o sufre un accidente y los delincuentes rapiñan». Llegamos al hotel, ovación al conductor: no frenó, no dio un volantazo, siguió adelante, para no despertarnos.

El susto del aire acondicionadoLlegamos a Johannesburgo el viernes 11, a eso de las diez de la mañana. Del aeropuerto fuimos al Ellis Park para recoger la acreditación. Salimos del estadio, el tráfico era un atasco, las calles estaban atestadas de gente. Sonaban ya las «vuvuzelas». El conductor del autobús adivinó un atajo y al pasar por debajo del puente perdió la máquina del aire acondicionado. Quitó la pintura del techo, una claraboya cayó en el interior. No paró. Continuó como si nada. Detrás, los restos del aire acondicionado desaparecieron del asfalto en un par de minutos. Ni rastro. Fue el primer susto de los periodistas españoles que viajamos con «La Roja» .