Más cuento que Calleja

Vivimos lejos de aquel tiempo. Pocos niños de hoy entienden eso de que alguien tiene «más cuento que Calleja». Pero vivimos en una sociedad de viejos –algunos muy verdes, en ciertos casos– y a muchos les ha llegado el relente literario infantil de las primeras décadas del siglo XX.

Juan Ramón Jiménez
Juan Ramón Jiménez

Hasta el fin de la Guerra Civil los libros de Calleja eran conocidos. Hasta en el Rastro se encontraban aquellos librillos paradigmáticos, conocidos en toda Suramérica y en Filipinas. Luego se han ido perdiendo en el recuerdo.

De pequeño, en una escuela pública y en un clima de mayoría rural, yo no conocía otros libros de «premio fácil» que aquellos cuentos pequeñísimos, con portadas llameantes de colores, que eran su mayor incentivo. Los niños pobres sólo conocían los cuentos de Calleja, un negocio editorial que cambió muchas costumbres del sector. Pero dejemos esto para centrarnos en una característica de raíz literaria que mucho me importa como escritor y que considero una buena información para cualquiera. Mucho me extrañaría que no existiera ya alguna –o algunas– tesis que lo hayan comprobado. El acusado casticismo de unos cuentos tan internacionales. El secreto consiste en estas puntuales circunstancias...

Aunque en su enorme negocio editorial Calleja editara los cuentos completos de Grim y Perrault, la totalidad de sus cuentos, populares y tan generosamente repartidos, corría a cargo de escritores españoles asalariados, que se nutrían con insuficiencia del acervo popular en castellano, pero, en general, se los inventaban, entre ellos el propio Calleja. No eran románticos ni posmodernos –como Italo Calvino– recopiladores de los cuentos originarios de una nación, de una región...

Nada de eso. El caso es que Saturnino Calleja (Burgos, 1853-Madrid, 1915) era un pedagogo vocacional con un gran instinto estético y de una ideología más bien conservadora y católica, pero jocundo y humorista, fascinado por el absurdo y la magia del cuento infantil. Certero y buen selector de relatos, como fondo de su negocio: «Señores, necesito cuentos muy cortos, con calidad literaria, para niños de siete a doce años. Preséntenme sus originales».

 El resultado es un enorme «corpus» de cuentos, en su mayoría inventados, de acento netamente español. Los archivos de la casa se perdieron durante la Guerra Civil, pero consta que Juan Ramón Jiménez trabajó para la editorial en su juventud, y Calleja publicó la versión completa de «Platero y yo».

Pues bien, todos hemos oído hablar de «el cuento chino» –autoridad estética en el mundo de la literatura fantástica–, pero en los dichosos cuentos de Calleja nos enteramos bien de cuáles son los perfiles más acusados de «el cuento español». Por lo que hay que darle cabida en la historia de la literatura en castellano.

Yo no soy un patriota ferviente, pero sí creo ser objetivo en lo que toca a mi profesión. De mayorcito, consideraba aquellos cuentos que corrían entre mis amiguillos de la más humilde condición, y ya me parecían tener una curiosa unidad de estilo, con humor y sorpresas bien característicos. Y lo más divertido de todo –y lo más español– era que «el diablo» cobraba en castellano la categoría del jocundo y travieso Arlequín.

Un demonio muy español

El pequeño héroe español se pone en marcha y, a la primera vuelta del camino, se encuentra con el diablo mismo, el protagonista más recurrente en aquellos cuentos de Calleja. Un diablo tan español como Don Juan. ¡Y olé! Nuestro demonio tenía la personalidad transgresora del «Till» alemán. Y para los niños del mundo hispánico resultaba un ente por demás atrayente y simpático con el que quisieran encontrarse para que les concediera todos los caprichos, con riesgo de perder «su almita» de siete años.

Yo mismo he jugado «en serio» a invocar aquel diablo, tan apuesto como Mefistófeles o Lucifer, que, en las ilustraciones, lucía capa y chambergo, como el capitán Alatriste, y no se mostraba horrible para no asustar a los chicos. Y el resultado final es que, graciosa y paradójicamente, aquel imponderable demonio español parecía estar reclamando con una bizarra sonrisa: «Dejad que los niños se acerquen a mí».