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El último partido del año

El Real Madrid llega confundido al último enfrentamiento con el Barcelona. Convencido, quizás, de que puede ser también el último partido de su temporada.

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Si queda eliminado, ningún estímulo será capaz de mantener vivo al equipo, como se demostró el sábado en el Bernabéu contra el Zaragoza. La seguridad de ser segundo, el título de Copa conseguido 18 años después y unas semifinales de la Liga de Campeones tras siete años de fracasos no son suficientes para el mejor equipo del siglo XX. El Real madrid necesita sentirse campeón y la Copa del Rey no da para tanto.

Mourinho llegó para que el Madrid dejara de sentirse inferior ante el Barcelona. Ésa fue la gran culpa de Pellegrini, lo que le costó el despido, más allá de la eliminación en la Copa y en Europa. Los dos enfrentamientos directos del campeonato pasado demostraron que el Real Madrid estaba capacitado para competir con cualquiera. Menos con uno. Y apareció Mourinho para modificar el discurso. Pero el cambio sólo se ha notado en la sala de prensa. En cada enfrentamiento contra el Barcelona, el Real Madrid se ha sentido pequeño. Muy pequeño el día del 5-0. Indultado por un ser superior en el 1-1 de la vuelta de la Liga. Ganador en la Copa, pero con un planteamiento que reconocía su inferioridad. E impotente en la ida de la Liga de Campeones.

Eso es lo que no ha podido cambiar Mourinho a pesar de haber construido un equipo mucho más competitivo que cualquiera de las versiones anteriores del Madrid. El portugués, empeñado en cada conferencia de prensa en sentirse víctima de conspiraciones, de planes interplanetarios para evitar que gane él –el Real Madrid no importa– evita que se aprecie el nivel competitivo del equipo, capaz de ganar con facilidad con el equipo B en terrenos complicados como Bilbao o Valencia.

Mourinho ha convencido a sus futbolistas de que deben estar con él. Arbeloa es el ejemplo. Ha dejado de ser el yerno ideal para convertirse en el más guerrero de los defensas del Madrid. «No he sabido motivar a los jugadores para jugar contra el Zaragoza», reconoció el sábado después de la derrota en el Bernabéu. Era quizá el primer paso de su estrategia de mentalización ante el partido de mañana. Su manera de decir a los jugadores que deben demostrarle que no todo depende de él, que son profesionales y competidores de alto nivel. Las primeras respuestas llegaron en la zona mixta. «Vamos con la idea de ganar el partido en Barcelona. Todo puede pasar», dijo Casillas. «Tenemos equipo para pasar a la final.

Se puede conseguir, hay que ir con orgullo y humildad y a ver lo que pasa. Si ellos nos ganaron aquí, nosotros podemos hacerlo allí», añadía Higuaín. «Creemos en la remontada», terminó Kaká. Los medios del club han comenzado la campaña para alimentar los sueños de remontada. El sábado, Real Madrid TV emitió el partido de ida de la final de la UEFA contra el Colonia en la temporada 85-86 (5-1). La web del club recordaba ayer el último partido de Liga de Campeones que disputó en el Camp Nou: «El Real Madrid ya sabe lo que es ganar 0-2 al Barcelona en ‘‘Champions''». Mañana, el equipo tiene su última oportunidad.

De Bleeckere, otra vez en el camino
Cuando Mourinho estalló el pasado miércoles en la sala de prensa del Bernabéu nombró a varios árbitros que no quería volver a encontrarse. Uno de ellos era el belga Franck de Bleeckere, que ha sido designado por la UEFA para dirigir el partido de vuelta mañana en el Camp Nou. El recuerdo que atormenta a Mourinho es el del colegiado belga expulsando a Thiago Motta la temporada pasada en las mismas circunstancias: Partido de vuelta de las semifinales de la Liga de Campeones. Aunque hace un año era el Inter el equipo que dirigía Mourinho y llevaba una ventaja de 3-1. Motta fue expulsado, Busquets exageró el manotazo del ex barcelonista y Mourinho no se acuerda de que el mismo árbitro que él cree que le robó anuló un gol legal a Bojan en el tiempo cumplido que hubiera eliminado al Inter. Una guerra más para «Mou».