A cinco euros de taxi

La Razón
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Error de percepción. Tomás Gómez creyó ayer que era Andrés Torrejón –uno de los alcaldes de Móstoles que alertó a España de que en Madrid había empezado el levantamiento contra los franceses– y no. Nada épico le adorna por mucho que ayer se autoerigiese en el líder de una sublevación contra Esperanza Aguirre que no fue tal y que se quedó en lo que fue siempre: un desaire a las instituciones madrileñas. Aunque tampoco le va a desmerecer el currículo: ni los vecinos sabían que Gómez había hecho un desplante a Madrid, ni sabían que había organizado un acto paralelo en la plaza del Dos de Mayo… ni quiera sabían quién era él. «Ni idea, Tomás, ¿qué?», decía una señora cuando preguntó a los periodistas por qué se arremolinaban alrededor de ese señor que parecía tan serio. Al poco era identificado como «el que está al lado de Trinidad Jiménez». A poco más de dos kilómetros y cinco euros de taxímetro, Esperanza Aguirre, en la Puerta del Sol, celebraba los actos institucionales del 2 de mayo sin los socialistas pero con unos dos mil invitados y cientos de madrileños que estaban en la inopia a cuenta de una rebelión que se quedó en una pataleta. Corrijo, socialistas sí que hubo. La cortesía, o si se quiere el sentido institucional del Gobierno, propició que Aguirre se fotografiase, ambas con amplia sonrisa, con Ángeles González-Sinde, ministra de Cultura, que se encontraba algo desbordada ante su inmersión, y sin anestesia que duele más, en la baja política. Se le preguntó por la deserción Gómez y los suyos y puso cara de nada, aunque se iba acongojando por momentos hasta salir con un aséptico, «cuantas más fiestas, mejor». Sí, pero a la del 2 de mayo no fue. Un socialista «pata negra» como Joaquín Leguina, ex presidente de la Comunidad, ponía cara y voz a la reacción de sus compañeros de partido: disgusto cuando no irritación. La portavoz de IU en la Asamblea, Inés Sabanés, también acudió y se apresuró a despejar la incógnita: no iba a dejar el acto institucional para ir a un acto de partido que, además, no es el suyo. Con Alberto Ruiz-Gallardón ausente en su afán de pasear las excelencias de la candidatura de Madrid 2016 por el mundo –la torpeza de Gómez es aún mayor al pretender dar una imagen de división política, justo cuando los miembros del COI están a punto de llegar–, Esperanza Aguirre se reservó sus primeros saludos para Manuel Fraga, Mariano Rajoy, Soraya Saénz de Santamaría, Pío García Escudero y Manuel Pizarro y el presidente del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Dívar. Más allá de los políticos… nadie conocía la existencia de ese acto paralelo. De las primeras sorprendidas Alaska al igual que su esposo Mario Vaquerizo. «Todas las personas representativas de Madrid deberían estar aquí», dijo la cantante sin dar más importancia. La actriz Ana Álvarez tampoco se pronunciaba ante lo que no conocía, como tampoco lo hizo Coral Bistuer, el modisto Elio Berhanyer o el «chef» Dario Barrio. En el caso de Sara Montiel… bastante tuvo con llegar a tiempo a la cita de Esperanza Aguirre –tras sortear a los cazadores de autógrafos en las inmediaciones de Sol–, como para plantearse ir a la fiesta de los socialistas. Vuelta a la Plaza del Dos de Mayo. Más de lo mismo. La gente estaba tomándose el vermú sin que Gómez lograse contagiarles el espíritu reivindicativo, como mucho a los dueños de los puestos de discos, dvds y artesanía que le lamentaban de haber sido «colonizados», «en uno de los días de más venta». Sentados con rostro de gravedad, alguna sonrisa de compromiso Juan Barranco, Rafael Simancas, las ministras Beatriz Corredor y Trinidad Jiménez, Pedro Castro –que también dejó en casa su cargo institucional de Presidente de la Federación de Municipios y Provincias para sacar el carné socialista– y poquitos más… en el acto de los socialistas, porque los bares y las terrazas estaban llenos de madrileños indiferentes ante la asonada, que no fue tal, de Gómez.