De políticos y monstruos

La Razón
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ettino Craxi murió en el deshonor, prófugo en Túnez de la justicia italiana. Sólo había robado, sin embargo, durante aquellos años en los que su jefatura convirtió al partido socialista italiano en una banda delictiva altamente rentable. A su discípulo español, Felipe González Márquez, le seguimos pagando sueldo del común bolsillo público, que hoy sus herederos más jóvenes administran. Ni fue a la cárcel, ni su partido tuvo la dignidad básica de repudiarlo. Se atreve incluso a hablar en público y a llamar al candidato electoral adverso «imbécil». Él. El presidente bajo cuyo gobierno y con dinero de cuyo gobierno se tejió la red de asesinos que más hondamente pudrió a la España contemporánea: aquellos GAL que, desde el Ministerio del Interior, asesinaron y robaron; que secuestraron e hicieron desaparecer al estilo argentino; que hicieron realidad lo que nadie en los años de la transición hubiera podido siquiera suponer de un partido que, pese a todo, persistía en llamarse socialista: la bien deliberada estrategia del crimen de Estado.

El ministro del Interior del señor González Márquez –un antiguo carlista, cuyo apellido, Barrionuevo, queda asociado a una de las páginas más negras, más indignas, de la historia de España– acabó en la cárcel por secuestro. Un secretario de Estado para la Seguridad y verdadero hombre fuerte de Felipe González en las alcantarillas del Estado –el oscuro entre los oscuros Rafael Vera– lo acompañó; además de cargar con condenas menos sangrientas, pero más infamantes, por saqueo de los fondos públicos. Y Felipe González los acompañó de la mano hasta la cárcel. Él se quedó del otro lado del muro. Del lado de Carlos Slim y del sultán de Marruecos. Del lado donde el dinero corre siempre en cantidades estupendas. Craxi huyó a Túnez. González se envolvió en los lenitivos millones de sus compadres. De los que son, en lo moral, su más claro espejo.

Nada hay de extraordinario en que un país produzca personajes de la peculiaridad moral de don Felipe González Márquez. La historia del siglo XX –ese zoológico de monstruos poderosos, que dejan en criatura franciscana al lobo de Hobbes– exhibe un catálogo prolijo de tales gentes. Asesinato y robo han sido procedimientos de Estado demasiado habituales, demasiado universales en la política moderna. Lo extraordinario es que la ciudadanía sepa esto –y lo sepa porque hubo sentencias judiciales condenatorias e inapelables– y permita que un cadáver moral así siga teniendo voz pública. Que su partido no lo haya extirpado limpiamente, como al cáncer que fue y es para la historia política y moral del socialismo. Que un presidente que se exhibe pringosamente humanitario lo proponga para cargo vitalicio bien pagado. Que un candidato electoral pueda aceptar su apoyo y compañía sin fenecer ipso facto de la vergüenza.

Hay políticos malos: muchos; casi todos. Y hay los Felipe González, los Bettino Craxi, los Carlos Andrés Pérez, los Perón, los Castro, los PRI's con distintos apellidos, los Pinochet, los Videla, las gentes que cruzaron la raya, más allá de la cual el político se trueca en otra especie.