Europa

Viena

El embajador que salvó a un niño

Ángela Sanza Briz, junto a un busto de su padre
Ángela Sanza Briz, junto a un busto de su padrelarazon

Cuando la Historia sale del anonimato solemne y académico, de ese terrorífico olvido donde habitan sus verdaderos protagonistas, parece que la vida adquiere algo de milagroso. Cuando, además, dos personas mantienen encedida la misma memoria desde la distancia, se puede decir, sin exagerar, que es más fácil creer en el género humano. La persona que une a Jaime Vándor y a Ángela Sanz Briz fue un diplomático español, encargado de negocios de la embajada en Budapest, que salvó a más de cinco mil judíos de la muerte segura. Su nombre es Ángel Sanz Briz.
Jaime Vándor era un niño de once años cuando Hitler decide poner en marcha la Solución Final. Nacido en Viena, vivía en la capital húngara con su hermano y su madre, donde se habían refugiado tras la anexión alemana de Austria. Su padre, que luchó en la Primera Guerra Mundial en el Ejército austrohúngaro, fue hecho prisionero por los rusos y permaneció durante tres años en Siberia. «Fue tanto su sufrimiento, que se prometió nunca más vivir una guerra, pero estalló la segunda y pensó que si habría algún país de Europa que no participaría, ése sería España, porque acababa de salir de una guerra civil, y se fue a Barcelona», cuenta ahora desde esta ciudad Jaime Vándor, con setenta y cinco años y el recuerdo imborrable del pasado.
Ángela Sanz Briz era una niña que llevaba una vida cómoda en España junto a sus hermanos y madre, Adela Quijano, que acaba de fallecer. Su padre, el diplomático Sanz Briz, estaba destinado en la Embajada de Budapest. «Mi padre era un hombre tremendamente solidario, responsable y justo que tuvo la suerte de encontrase en Budapest cuando los alemanes invaden Hungría, porque él siempre dijo que fue una suerte, y pudo ayudar a miles de judíos dándoles papeles y protegiéndolos como ciudadanos españoles en la legación», dice Ángela Sanz, su hija, en su casa de Madrid. «Lo hizo, además, muy bien, con cabeza y con frialdad, y eso que sólo tenía treinta y dos años», añade.
Entre aquellas miles de personas que se hacinaban en las llamadas «casas estrelladas» (una estrella de David distinguía a los edificios donde se agruparon a los judíos de la ciudad) y que esperaban ser trasladadas a un campo de concentración en cualquier momento, estaban los hermanos Vándor y su madre, de nombre Françoise en el pasaporte, aunque nacida en la capital de la Bukovina («en el noreste de los Cárpatos, que perteneció al imperio austrohúngaro, a Rumanía, luego al Tercer Reich, más tarde a la Unión Soviética y hoy es Ucrania... y mañana quién sabe», ironiza su hijo).
 Sanz Briz se acogió a una ley derogada por el régimen franquista, aunque ni alemanes ni colaboracionistas húngaros (los temidos «cruces flechadas») lo sabían, que decía que España daría la ciudadanía española a los judíos sefardíes. Esta ley se promulgó en 1924 y estuvo vigente hasta 1930. En la Europa dominada por los nazis había cerca de 200.000 sefardíes y unos tres mil tenían nacionalidad española. Dice su hija con una admiración contenida que en Budapest había cuarenta judíos sefardíes, «pero los doscientos primeros pasaportes que entregó se convirtieron luego en doscientas familias, y lo hizo con mucha justicia, por orden alfabético, hasta llegar a más de cinco mil».
«Casas españolas»
«San Briz informaba semanalmente al Ministerio de Asuntos Exteriores de sus gestiones –explica Vándor–, del trato inhumano que recibía la minoría judía húngara y del destino que le esperaba», explica Vándor. Sanz Briz, que en el verano de 1944 fue nombrado encargado de Negocios de la Legación, fuetambién autor de un detallado informe sobre el campo de Auschwitz.
Sólo en Budapest vivían 220.000 judíos. Sanz Briz alquiló once casas repartidas por toda la ciudad donde alojó a las personas a las que les fue dando papeles o pasaportes colectivos. «Primero los instaló en la legación española y luego alquiló los edificios, les daba medicinas y comida, puso en la puerta un cartel que decía "Legación Española"y la bandera, y así los nazis no podían ni entrar ni detener a nadie», cuenta Ángela Sanz.
Vándor recuerda bien cuando abandonaron la «casa estrellada» y llegaron a la «casa española», «en el parque de San Esteban»: «Se dormía en todos lados. Vivíamos cincuenta y una persona en un piso de comedor, dos habitaciones y cuarto de criada y sólo en nuestra habitación, que era muy soleada, éramos once». Las redadas eran continuas, pero cuando se tenía información de que las SS o los «cruces flechadas» venían «se mandaba aviso a la legación y alguien venía sin tardanza».
La hija de Sanz Briz cree que lo que hizo su padre no le perjudicó en su carrera, «le hubiera dado lo mismo porque estaba convencido de su obligación como diplomático», y de hecho murió, en 1980, siendo embajador en el Vaticano. «No me cabe duda de que Franco jamás sintió ningún asomo de simpatía por los judíos, aunque estaba dispuesto a distinguir entre el judío común y el judío sefardí que hablaba español, pero no se conoce ningún documento en el que Franco diera orden de proteger a los judíos», afirma Vándor.
Explica Ángela Sanz que fue con la entrada de las tropas soviéticas en Budapest, en enero de 1945, cuando su padre abandonó el país. En su lugar se quedó un personaje peculiar, pero que a Vándor le ha interesado mucho, el italiano Giorgio Perlasca, sobre el que existe una película («El cónsul Perlasca», de Alberto Negrin), un impostor que luchó en Abisinia y comerciaba con animales traídos de los Balcanes y que simuló ser diplomático, y aun así salvó a miles de personas. «Una historia increíble la del impostor con óptica de cristiano verdadero; además, cuando regresó a Italia no se supo nada de él durante cuarenta años. Falleció en 1992, a los 82 años, y mi hermano, siguiendo un impulso, aún fue a visitarlo a Padua», explica Vándor.
Al final hablaron
«Nosotros les llamábamos los judíos de papá, que le venían a ver, le invitaban, le admiraban... Hasta pasados los años, no supimos lo conocido que era entre los judíos. Tuve un vecino húngaro que cuando se enteró de que era hija de San Briz se quedó impresionado, no se lo podía creer. Es que él decía que aquellos años de Budapest fue lo más importante que le pasó en su vida», dice Ángela Sanz. La familia Vándor llegó finalmente a Barcelona y se reencontraron con el padre. El pequeño Vándor empezó a estudiar el Bachillerato, pero tuvo que pasar mucho tiempo hasta que pudo contar su historia: «No podíamos decir que éramos judíos y que vivimos aquel horror».