Historia

El espía nazi que cautivó a Coco Chanel

El espía nazi que cautivó a Coco Chanel
El espía nazi que cautivó a Coco Chanel

Nadie niega que no era un tipo corriente. Von D¿ ha dejado el recuerdo de un hombre alto, fino y esbelto. Todos los testigos están de acuerdo: era alto, muy alto. Añadamos algo: frívolo. ¿Qué sentido tendría entonces darle el sobrenombre que se ganó, «Spatz», es decir, gorrión? Es curioso que alguien soñara llamar así a un galán de estatura poco común y que, en la época de nuestro relato, ya no era un muchacho. Otros añaden: poco serio, y el lector se sorprendería si al creernos el juicio que se le hace reveláramos de qué altas personalidades alemanas descendía. Pero ellas han manifestado el deseo de que no se las nombre y nos tendremos que limitar a tomar nota: Von D¿ no sólo era ligero, sino poco serio. Dos cosas que van de la mano y que con respecto al éxito con las mujeres no ofrecen inconvenientes. Sabemos de más de una que perdió su vida esperándolo. De buena cuna La familia de Von D¿ era noble. Pequeños terratenientes de Hannover. Su padre había contraído matrimonio con una inglesa más rica y de mejor cuna que él, lo que explica que «Spatz» se jactara a menudo de su ascendencia británica, a la que debía cierto aire cosmopolita para el que estaba perfectamente dotado. Tampoco carecía de cierta instrucción. Hablaba inglés, y francés, y escribía fácilmente en ambas lenguas. (...). Todos se congratularon con la elección que hizo cuando andaba alrededor de los 25 años: una señorita de buena cuna, saludable, que respondía al nombre de Maximiliana. Todo muy decente. Sólo después advirtieron algo deplorable: que la tal Maximiliana poseía, además de sus medios de vida y de sus buenas cualidades, algunas gotas de sangre judía. Un inconveniente nada fácil de sobrellevar. Por eso es inútil preguntarse por qué el matrimonio fue tan breve. Spatz se divorció en 1935. Sentía afecto por Maximiliana, imposible negarlo. Pero por pocas que fuesen sus ambiciones, por poco alemán que uno fuese, era incómodo poseer una esposa algo judía. En cuanto a engañarla, «Spatz» no se privaba. Lo malo era que nuestro joven manifestaba menos afición por el trabajo que por los placeres. En pocas palabras, tenía cierta tendencia al despilfarro (...). En octubre de 1933, un Von D¿ funcionario viajó a París. Tomó un apartamento en los Champ-de-Mars y se instaló en un cargo que le dejaba tiempo libre. Aún no había repudiado a Maximiliana. «Spatz» decía ser agregado a la embajada de Alemania, algo de lo que nadie dudó. Para la gente, un físico disciplinado, la prestancia, una mujer de buena cuna, un puesto de agregado, una oficina en una embajada, todo se ajustaba a la idea que se hacían de un diplomático. Y como Von D¿ no desentonaba, le ofrecieron una buena acogida en la alta sociedad (...). En cuanto se instaló, Spatz llamó la atención de los servicios del contraespionaje francés; lo que nos inclinaría a pensar que era peligrosamente imprudente o muy torpe, algo que en un oficio como el suyo trae malas consecuencias. Porque el primer lugarteniente de Hitler, el orquestador de los fastos del Tercer Reich, el especialista en la manipulación de masas y de desfiles con gran despliegue de banderas, era el jefe de «Spatz», el siniestro hombrecito a quien le habían bastado menos de seis meses para organizar todo el aparato de la propaganda nazi. «Spatz» estaba a las órdenes del doctor Goebbels. Rodeado de misterio Cuando expiró el contrato, «Spatz» regresó a Alemania y volvió a París casi inmediatamente. No existen pruebas de la renovación de su contrato. Todo tendería a probar que no se renovó. Desde 1934, Von D¿ no tenía nada que ver con la propaganda. Había optado por una actividad considerada indigna para las mentes latinas, pero que en los países anglosajones gozaba de cierto prestigio incluso en la alta sociedad, una actividad que en Londres se llamaba «intelligence» y en París espionaje (...). Que a partir de esa fecha el misterio se intensifique en torno a la persona de Von D¿ Que no figure en ninguno de los expedientes donde pudieran encontrarlo eminentes especialistas avezados en las más modernas técnicas de la investigación, prueba que nuestro hombre fue un excelente espía. Porque la habilidad para no haber dejado rastro alguno, ni en los escritos ni en la memoria de los alemanes, no constituye una razón suficiente para deducir que las investigaciones del contraespionaje francés eran infundadas. Si como algunos pretenden, Von D¿ estuvo a las órdenes de un tal coronel Waag, si se le dio una orden de expulsión apenas terminada la guerra, medida que aún no se ha levantado, se debió sin duda a que durante los muchos años pasados en Francia no se limitó a hacer el «gorrión» y a picotear el corazón de las mujeres (...). Gabrielle tenía 56 años en la época de su idilio con Von D¿ Le llevaba 13. Pero Gabrielle no tenía edad puesto que, dígase lo que se diga, él la amaba. Intentemos representar la singular aventura en el París de entonces. Gabrielle no echó raíces en Corbères. Tras vivir allí algunas semanas, y después de una breve estancia en Vichy, regresó a París a finales de agosto de 1940. No era su estilo vivir como refugiada mucho tiempo. Otra que no fuera ella al encontrar el Ritz lleno de alemanes se habría alojado en otra parte. Gabrielle no lo hizo y exigió que el director la escuchara. ¿La había «desalojado»? Aceptaba cambiar de cuarto pero no de dirección. El hermoso apartamento cuyas ventanas daban a la place Vendôme, las amplias habitaciones en las que había reconstruido el decorado del Faubourg en la época de su relación con Iribe, se habían cambiado pocas horas después de la requisa. ¿Adónde ir? Cambiar de barrio significaba alejarse de su boutique y perder de vista su negocio (...). Verdades y mentiras ¿Podía uno creerla cuando afirmaba que eran amigos desde mucho tiempo atrás? Tal vez pretendía dar a entender que se habían conocido antes de la guerra. Pero ¿de qué nos sirve saberlo? Que fuera aquí o allá, en determinado año, en casa de uno o de otro, ¿nos ayudará acaso a comprender mejor el secreto paisaje de ese amor, su luz particular, sus dulzuras, sus violencias, sus verdades y sus mentiras? (...). El primer reproche que le hizo Gabrielle fue el de indolente. Aunque no en los primeros tiempos. Porque al principio Gabrielle amaba la imagen de ese Von D¿, discreto, siempre vestido de civil, que hablaba encantado el inglés. El deseo de vivir ocultos, en plena felicidad, y cierta satisfacción física que Von D¿ confesaba con harta frecuencia, admitida incluso por las más celosas de sus ex amantes, explica la razón del misterio. «Spatz» y Gabrielle se hicieron invisibles porque fueron dichosos durante casi tres años, dichosos en medio de un mundo que acumulaba horrores (...). Un pueblo vejado El amor de esta mujer lo convertía en un hombre de Oriente, un hombre que no salía de casa, a quien no se veía en ninguna parte, ni en los restaurantes «de lujo» donde, mediante un subsidio del Seguro Nacional, se comía lo que se quería, ni en casa de Carrère, la boîte de moda, ni en un bistró, aunque fuera el Bélier d¿argent o el Veau d¿or; no participaba ya en la enorme bufonada por la que se manifestaba «la muy útil ligereza del carácter nacional», ni en la gran tristeza y el abatimiento de un pueblo vejado. Jamás, en ninguna parte. Así vivieron Gabrielle y «Spatz», en la parte alta de una boutique donde se apretujaba una multitud de compradores de uniforme. Cuando el Chanel n.º 5 faltaba, esos extraños turistas se conformaban con robar de los estantes frascos ficticios con la marca de las dos C entrelazadas. Siempre lo mismo¿ Algo para llevarse. Un recuerdo de la ocupación, como quien dice, un artículo de París.