El día que empezó a caer el Telón de Acero

El Gobierno húngaro de Pozsgay reconoció que el comunismo era un sistema anacrónico que no podía criticar «por miedo»

BERLÍN- La fugacidad de la información a veces oculta, entre árboles de actualidad intrascendente, el bosque de la historia. Algo así debió de ocurrir el 3 de mayo de 1989. Aquella mañana, pocos periódicos europeos consagraron una pequeña columna de agencias a una noticia que pudo parecer menor: el Gobierno húngaro retiró las alambradas electrificadas de su frontera con Austria. En realidad, con su medida Budapest abrió la primera grieta de un «Telón de Acero» construido con los cascotes de la Segunda Guerra Mundial. Sólo seis meses después, las dictaduras socialistas de Europa Central se desmoronarían junto con el Muro de Berlín. «La puerta de Brandeburgo (símbolo de la reunificación alemana) se asienta sobre suelo húngaro», escribiría posteriormente el canciller Helmut Kohl. «Hungría siempre fue el eslabón más débil del bloque del este», afirma el historiador Geza Szebeni, «era inevitable que allí se viniese abajo». Después de que el Ejército Rojo aplastara la libertad de los húngaros en 1956, sus dirigentes aprendieron a desmontar el sistema desde dentro, sin revoluciones. El llamado «comunismo goulash» convirtió a los habitantes de Hungría en unos privilegiados dentro de la órbita soviética: su régimen permitía la propiedad privada y dirigía la economía al mercado libre. La retirada del veterano Janos Kadar en 1988 supondría la llegada al poder de una generación reformista. En octubre, Imre Pozsgay, el nuevo primer ministro húngaro, visitó la frontera con Austria. Su reacción fue reveladora: «Se trata de un sistema histórica, política y técnicamente superado», proclamó, para calificarlo como «la barrera de la vergüenza». Ya en 1989, Pozsgay confirmaría sus aires democratizantes. Por primera vez en 30 años, un gobierno húngaro se atrevía a contradecir a Moscú con respecto a la revuelta antiestalinista de 1956: considerada como «contrarrevolucionaria», el ejecutivo las rebautizó como «levantamiento popular». No era una afirmación exenta de riesgo: 120.000 soldados soviéticos estaban acantonados en Hungría, pero la Perestroika de Mijail Gorbachov ya era irreversible. Y en febrero, mientras el PC húngaro comenzaba a aceptar el multipartidismo, Poszgay anunció sus planes para desmantelar los 320 kilómetros de valla electrificada en la frontera con Austria.Alrededor de 14.000 ciudadanos del bloque soviético intentaron cruzarla desde 1966; sólo 400 lo lograron. «Lo que hice no fue heroico. Simplemente inicié el desmantelamiento del Telón de Acero», recuerda Pozsgay. «Se trataba de un sistema anacrónico, pero no podía reconocerlo por miedo a los comunistas más ortodoxos. Así que maquillamos el desmontaje alegando que las alambradas estaban oxidadas». La insurrección cívica en otros países aprovecharía la válvula de escape húngara hacia el Oeste. En septiembre, 50.000 ciudadanos de la RDA desertaban del comunismo. La huida masiva a través de la grieta húngara sólo se detendría aquel 9 de noviembre, con la caída del Muro de Berlín.