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Ellington el aristócrata se confiesa

Ellington, el aristócrata se confiesa
Ellington, el aristócrata se confiesa

Por fin se traduce en España una obra capital para la comprensión del jazz hasta su fecha, de la música del siglo XX, por extensión. Uno de los más grandes, de los verdaderamente capitales en la gestación de esta música se confiesa a corazón medio abierto, podríamos decir, en el ocaso de sus días y aún en pleno vigor. Es en 1973 cuando Duke Ellington entrega a la imprenta «Music is my mistress». En esta obra, quien podía ser el músico más conocido en todo el planeta, y por diversas generaciones, deja un testimonio que se alza en criterio de autoridad en torno a las primeras décadas de la explosión del jazz. En su edición española («La música es mi amante», Global Rhythm Press, con traducción de Antonio Padilla y cien fotografías) no consta ningún coautor, como es habitual en las autobiografías de músicos, pero por el crítico James Lincoln Collier sabemos que gran parte del libro procede de entrevistas con Stanley Dance (autor de «El mundo de Duke Ellington» y «El mundo del swing»), quien «les puso forma». Con buena plumaCollier, un crítico que goza de predicamento, pero que muchas veces hace pasar por quintaesencias juicios precipitados o poco fundados, insiste en que debemos admitir que Ellington era un «pésimo escritor» (por sus letras para canciones, conciertos sacros incluidos). No es ésa la impresión que da en el libro, cuando identificamos su voz en acto de escritura. En el arranque y durante páginas bien podemos pensar que es Duke quien empuña la pluma; no parece lenguaje oral luego vertido al papel por Dance. Es difícil pensar que el auxiliar pudiera redondear expresiones que están labradas palabra a palabra con el pulso de la escritura. «Las categorías también son empleadas como muletas en que apoyar una capacidad artística limitada. La categoría aporta al trabajo del inválido artístico cierto barniz agradable». Y escribe versos: «La música es una mujer hermosa en su mejor momento,/ la música es una fregona cubierta de mugre y suciedad,/ la música es una niña/ sencilla, dulce, esplendorosa,/ de mil años de edad, fría como la nieve, y también rencorosa./ Sabia y paciente,/ buena persona sin igual,/ la música es la mujer que siempre quise encontrar». Y con pulso de escritura, el universitario criado en una familia negra asentada económicamente nos cuenta mil peripecias en los más tremendos garitos en los años de la Ley Seca. Nunca se bebió tanto y Duke se proclama campeón absoluto hasta que lo dejó. Y llegamos con él a Nueva York, su primera visita, la ciudad en la que vivían sus ídolos del piano: James P. Johnson y Willie «The Lion Smith». De ellos traza magistrales retratos, valoración musical y aproximación al ser humano, y de tantos grandes músicos como fueron incorporándose a su banda. Duke, en la cima, se muestra siempre olímpico y con todos es generoso, deudor de sus maestros y reconocedor del genio y del talento allá donde se encuentre. Hasta del autoproclamado «rey del jazz», Walt Whiteman (chico blanco, ya se ve) habla más que bien, y a quien podía ser su directo rival en las orquestas negras, Count Basie, le proclama «monarca y rey absoluto del swing». En el centro de la músicaY con su penetración de gran escuchador y observador le dedica un capitulillo, «La vida nocturna», donde dice: «…Es el recorte de un suntuoso rollo de terciopelo azul. La vida nocturna centellea de joyas y relampaguea de tonos hormigueantes y tintineantes. (…) Se diría que la vida nocturna fue creada con toda su gente en ella, las personas que nunca fueron niños pequeños, sino que nacieron ya adultas, independientes por completo». Y el maestro Ellington nos cuenta sus viajes, desde la primera gira por Inglaterra, en 1933. Allí fue recibido por el príncipe de Gales, baterista aficionado, y luego recibiría todos los honores en giras que recorrieron de verdad todo el planeta. En cada punto escucha la música del lugar y practica el respeto tanto como lo recibe. La lectura de este volumen es siempre provechosa. Duke, el elegante, el cosmopolita natural, el genio, asoma en cada página. Con su verdad, con la imagen que quiere dar de sí mismo: el olímpico sin el menor asomo de desdén. Pero, claro está, también oculta. Veamos tres puntos. No es Collier el único estudioso (y también existen testimonios de los propios músicos) que da una larga lista de temas firmados por Ellington que bien pudieron ser rapiñados o construidos a partir de frases creadas por músicos de su orquesta. Ni le hace falta desmentirlo, él ya habla bien de todos. Otro asunto sería el de su muy intensa vida amatoria, de la que ofrece detalles Derek Jewell, otro de sus biógrafos. Duke mantiene al respecto el silencio natural del verdadero caballero. Y, en tercer lugar, Duke también dice lo mejor de su hijo Mercer, trompetista y manager de la orquesta. Pero en su libro «Duke», el hijo no llega a escribir la «Carta al padre» de Kafka, pero entre sus primeros recuerdos consigna: «(Duke) quería tener una hija. Para que pudiera tolerar mi presencia mi madre conservaba mi pelo en largas trenzas. Ésta era su rareza. Así era». Duke, siempre Duke.