Impotencia ante los virus

Sida, ébola, hepatitis... y ahora una nueva versión de la gripe. Ninguno de estos agentes infecciosos pasó desapercibido para el ser humano por sus consecuencias letales. La Ciencia busca respuestas para evitar que este ejército invisible se convierta en un peligro para la vida de las personas 

Impotencia ante los virus
Impotencia ante los virus

En jaque a la Humanidad entera. Un pequeño ente que apenas supone una millonésima parte de la cabeza de un alfiler tiene el poder suficiente para aterrorizar a una especie, el ser humano, que se muestra débil ante este pequeño enemigo. Un estornudo hoy provocaría el pánico en un aeropuerto. Y antes que el nuevo virus de la gripe –mal llamada porcina, según algunos especialistas– llegara, ya lo hicieron en otro tiempo sus antecesores arrastrando millones de vidas, como en 1918 la «gripe española» que acabó con casi el cinco por ciento de la población mundial o más recientemente el sida, cuya epidemia aún no se encuentra controlada aunque sí su poder devastador, gracias a que los avances médicos permiten cronificar y paliar muchos de sus síntomas.Tan sólo constituyen unos pequeños ejemplos de un ejército cuyo armamento parece ilimitado y es capaz de adaptarse a cualquier medio y, al mismo tiempo, también evolucionar según sus necesidades. En muchos casos se ha dado una convivencia «bien avenida» y en otros la confrontación pone en peligro a uno de los dos: organismos contra virus. «Estos agentes conviven con los seres vivos, no sólo los humanos, hace infinidad de años. Con el paso del tiempo se han adaptado a los organismos que han infectado y, al mismo tiempo, han evolucionado», manifiesta Esteban Domingo Soláns, presidente de la Sociedad Española de Virología (SEV). Pese a la complejidad que rodea al mundo de la virología, se puede hallar una definición sencilla de virus, ofrecida por la Real Academia de la Lengua, y que refleja exactamente qué es: «Organismo de estructura muy sencilla, compuesto de proteínas y ácidos nucleicos, y capaz de reproducirse sólo en el seno de células vivas específicas, usando su metabolismo». Pero sus funciones vitales (replicación, transcripción y traducción) muestran unos organismos poco evolucionados en comparación con el resto y en cierto modo, dependientes.

NecesidadesMichael Rossmann, profesor emérito de Ciencias Biológicas de la Universidad Purdue (Indiana, EE UU), explica que «un virus necesita siempre un huésped donde alojarse para poder replicarse. El grado de multiplicación que el agente infeccioso alcanza depende de la situación en que éste se halle». Esto es, según se encuentre el sistema inmunitario del organismo, si tiene células sanas o no. Como aclara Amelia Nieto, del Departamento de Biología Molecular y Celular del Centro Nacional de Biología (CNB) del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC): «La salud del huésped –lo que nosotros conocemos como población de riesgo, ancianos, niños, enfermos inmunodeprimidos– puede convertir al virus en una amenaza o al organismo en su medio transmisor». Y no sólo donde «pase la noche» el microorganismo determina cómo se comportará. Según su ADN o el ARN y las modificaciones que éstos presentan, se puede clasificar a los virus hasta de siete formas distintas. Grupos que a su vez se dividen en otros subtipos, según la familia y el género que pertenezcan. Entre los más famosos, el VIH (virus de inmunodeficiencia humana), un retrovirus que se caracteriza por su proceso de conversión de ARN en ADN; el resfriado común, perteneciente a los rinovirus, que están compuestos por una cápside que contiene cuatro proteínas virales; o, la hepatitis C, que se replica en los hepatocitos del hígado y que posee una sola cadena de ARN.

Agresividad¿Hasta qué punto las mutaciones aumentan el poder de estos agentes infecciosos? «No se concoce en realidad; la agresividad de un virus de la gripe difiere de una serie de factores que lo componen, como la hemaglutinina. Por ello, que los especialistas lleguemos a señalar una amenaza pandémica no depende de su virulencia, sino de que los individuos no posean anticuerpos contra el nuevo virus», explica Doris Bucher, profesora de Microbiología e Inmunología de la Facultad de Medicina de Nueva York (EE UU).Existen virus más patogénicos –virulentos o agresivos– que otros, del virus del sida, que resulta mortal, a otros que son menos, como el de la gripe, que en condiciones normales pasa sin desencadenar grandes tragedias. ¿Por qué en un determinado momento esto cambia? Por azar, contestan los especialistas. Nieto las resume en «un conjunto de factores enorme y en una asociación entre el virus y la célula particular a la que infecta». David Sanders, profesor asociado del Centro de Estructuras Biológicas Markey de la Universidad de Purdue (Indiana, EE UU), pone el ejemplo del virus A de la gripe: «Las mutaciones importantes que adaptan los virus de la gripe aviar a los huéspedes de los mamíferos dejan al virus reconocer los azúcares en las proteínas de las células mamíferas que son levemente diferentes de las células de las aves».

La Parte positivaSin embargo, el hombre ha sabido utilizar este ejército en su favor, ya que la Ciencia ha conseguido doblegar a los virus, al despojarlos de su condición de agentes de enfermedades. En esta excepción, «algunos se han empleado como vectores para crear proteínas a nivel industrial, para acabar con tumores, otros han diseñado vacunas una vez se han modificado (como en el caso de la gripe) y, también, mediante las terapias genéticas», apunta Sanders. De modo que los virus, entes que compite inicialmente con las células, también resultan beneficiosos cuando se llegan a poner bajo control. A la hora de crear vacunas a partir de estos agentes infecciosos, Bucher explica que se obtienen «a partir de una cepa del nuevo virus, que se suele cultivar bien en huevo o bien en determinadas células específicas para ese menester. Así, se induce la producción de anticuerpos protectores y se pueden hacer muchas dosis de la vacuna exigida». Sin embargo, y a pesar de que la gente los confunde entre sí con asiduidad, los virus también sirven para acabar con las bacterias que «son organismos celulares bien organizados en comparación con los virus que son acelulares», como explica Bucher. Por ello hay que mencionar que «hay virus que infectan bacterias y que por tanto pueden eliminar las bacterias, pero no viceversa», puntualiza el presidente de la Sociedad Española de Virología. De este modo, Rossmann deja claro que una bacteria es una célula que puede llegar a desarrollarse en diferentes ambientes, en los que no haya otros seres vivos, mientras que un virus los necesita para su transmisión y reproducción. «Los virus bacterianos, aquéllos que utilizan una bacteria como anfitrión ("bacteriófagos"), forman parte de una gran parte de la biomasa de la Tierra», apunta Rossmann. Además, Sanders afirma que «ya se utilizaron para ese propósito en la extinta Unión Soviética. Sin embargo, hay división de opiniones, puesto que algunos expertos se encuentran a favor de su uso, aunque no es muy extenso y otros aún se muestran reticentes por las consecuencias que se puedan dar».