La crisis ahoga a la «clase visa»

La crisis se resume en:más «visa» y más créditos para «ir tirando»; menos hipotecas y menos gastos superfluos.

La Razón
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Madrid- Hay ocasiones en las que ser del montón es duro. Uno de tantos en esa inmensa «clase media». Con unos ingresos –declarados ante el fisco, que el matiz es importante– que no son lo suficientemente bajos como para recibir gratis la guardería, el comedor o el colegio, ni tan elevados como para meter la mano en el hucha y sacar los cinco dedos intactos. Y con todas las papeletas para sufrir en carne propia los rigores del invierno económico que se avecina. Porque los expertos advierten de que nos enfrentamos a la cuesta de enero más dura de los últimos años. Y lo peor no será enero, sino febrero. Y marzo. Y abril. ¿De verdad es para tanto?

Hay varias formas de saber si a usted le puede afectar la tan temida crisis. Si este reportaje habla de su bolsillo, en definitiva. La primera es si hace un tiempo ya que no cuenta los meses por los días transcurridos, sino por los que faltan para la próxima nómina, de acuerdo con el calendario que le marca el estadillo del banco. La otra es si ha empezado a tirar de la tarjeta de crédito más de lo normal. Sepa que no es el único. «Es algo instintivo, y se produce siempre en este tipo de situaciones, con lo que bajará el consumo. De hecho, ya hay síntomas de una caída en los gastos superfluos, que estaban muy altos», explica Javier Casares, catedrático de Economía Aplicada de la Complutense. «El consumidor sabe que lo único que no puede dejar sin pagar es la hipoteca, porque responde con su patrimonio. Para el resto ya está la tarjeta», añade Santiago Pérez, jefe de Proyectos de la Asociación de usuarios de banca Adicae.

Adiós a los lujos

En resumen: «Se comprará menos, y lo que se haga será cada vez más a crédito», afirma Casares. Con la crisis resurge con fuerza, por tanto, la «clase visa». Y también la «clase Ikea». A saber. En un abrir y cerrar de ojos, los caprichos de toda la vida han pasado de ser pecado venial a ser pecado mortal. «La ropa cara, el calzado de calidad y las prendas de alta confección son sustituidos por productos más baratos. En lugar de ir a tiendas de marca acabamos en un Zara o en Ikea», explica Casares. Es decir, artículo 1 de la «república independiente de mi casa»: compramos menos. Y artículo dos: buscamos lo barato. Y tres: siempre que se pueda, pagamos a crédito. Éstas son, a partir de ahora, las prioridades. Y ya decidiremos después aquello de si «en el salón no se juega» o «en el salón no se come»...

«Lo primero que hace el consumidor es descartar los gastos superfluos y aplazar la compra de determinados productos. Muchos renunciarán esta Navidad a la tele de plasma, comprarán la nevera de línea blanca o dejarán para el próximo año la lavadora nueva o la renovación de los muebles», vaticina Casares, autor de numerosos estudios sobre consumo para el Ministerio de Economía. Supervivencia doméstica en estado puro, empujada por la interminable catarata de malas noticias económicas. La última, este mismo jueves: la inflación subió hasta el 4,1%, la tasa más alta desde enero de 2006.

Además de menos consumo y más pagos aplazados, la radiografía que hacen los expertos desvela otros síntomas preocupantes. El parte médico es el siguiente: los españoles pedimos cada vez más créditos al consumo, nos endeudamos más, pagamos peor y tenemos menos margen para embarcarnos en una hipoteca. Empecemos por el principio. Los préstamos «para ir tirando» empiezan a ser pan para hoy y hambre para mañana. Según datos de Adicae, el 27% del pasivo de los hogares, uno de cada cuatro euros, corresponde a créditos al consumo, que han crecido un 17% en un año y que superan, por primera vez, los 90.000 millones de euros.

A todo ese dinero, equivalente al presupuesto para este año de 13 ciudades como Madrid, se une el hecho de que la deuda financiera de las familias ha aumentado un 16,5% respecto al año anterior. «El resultado de la subida de tipos, dos puntos desde 2003, es que muchas familias han empezado a tener problemas a la hora de pagar ya no sólo las cuotas de su préstamo hipotecario, sino sus préstamos personales o tarjetas –argumenta Santiago Pérez, de Adicae–. Ello se debe a que las familias ya tienen comprometido el 115% de su renta bruta disponible y el colchón que tienen para imprevistos es realmente mínimo. Así, cuando llega un problema de separación de los cónyuges, enfermedades o desempleo los problemas se agravan».

Ni renunciar a los caprichos, ni tirar de «visa», ni pedir un préstamo hacen otra cosa, por tanto, que engordar la bola. Y eso se nota en las estadísticas. En la de los créditos hipotecarios, por ejemplo. Según datos del sector, entre septiembre de 2006 y septiembre de este año ha caído el ritmo de incremento de solicitud de préstamos tanto a las cajas (del 30% al 19%), como a los bancos (del 26% al 19%) o las cooperativas (del 21% al 15%). «El ritmo sigue siendo bueno –explican en la Confederación Española de las Cajas de Ahorro (CECA)– pero ha habido una caída drástica por un conjunto de cosas, como la subida de los tipos o la crisis inmobiliaria». A esto se une un último dato que agrava un poco más el resfriado. El índice de morosidad ha pasado del 0,799% al 0,818%, según datos de septiembre. Porcentualmente es poco. En número de familias, de embargos, de crisis domésticas, es mucho. Con este panorama, la pregunta obligada a los expertos es qué ocurrirá con la cuesta de enero. El profesor Casares es pesimista. «Se va a notar mucho, porque no creo que el consumo descienda significativamente en Navidad, aunque sí influirá en las rebajas», señala.

Luis Pineda, presidente de la Asociación de Usuarios de Banca (Ausbanc), lo ve aún más negro. «Lo peor llegará a partir de febrero, ya que el coste real de los aumentos de tipos tarda unos meses en repercutir en los consumidores -afirma-. Hasta ahora han echado mano de reservas, pero cuando se acaben...». Pineda no cree que esta Navidad se tire la casa por la ventana. «Forzosamente bajará el consumo, porque con el mismo dinero que hace un año se compra un 30% o 40% menos».

La «burbuja» explota
El verdadero problema es que el ciudadano común no tiene ya margen de maniobra. Y no sólo porque el endeudamiento da de sí lo que da, sino porque el bienestar de estos últimos años se ha construido, en muchos hogares, a costa del ladrillo y los créditos hipotecarios. Hasta que la burbuja estalla. «Las soluciones ordinarias ya no son válidas, porque la situación no es ordinaria -explica el presidente de Ausbanc-. Han subido el pan, la leche y el petróleo, lo hará el agua y probablemente la electricidad».
A esto añade Pineda «una pérdida de la credibilidad del sistema financiero» provocada por los errores en las previsiones económicas. «El consumidor tan sólo pide que haya al menos una buena noticia; y no hay ninguna», concluye. El último recurso, en el caso de las economías más asfixiadas, es el de las reunificadoras de deudas y los créditos «exprés», algunos de los cuales, en la frontera de la usura, agravan aún más el problema. Por ello, y volvemos al principio, el mal menor es el de la tarjeta de crédito, un método de pago que no deja de crecer, haya o no haya crisis.
En el primer semestre las operaciones subieron un 8,5% respecto a 2006, y su importe un 10,3%. Los expertos creen que esto no es más que el principio. «Nuestra facturación -explica José Fermín Rosell, responsable de Marketing de Diners- sigue creciendo un 15% anual, pero más por comodidad que otra cosa. El dinero de plástico cada vez se acepta más».