Literatura

La paradoja irredimible

El autor uruguayo firma un ejemplar de uno de sus libros en la Feria del Libro de Madrid en 2002
El autor uruguayo firma un ejemplar de uno de sus libros en la Feria del Libro de Madrid en 2002

Acaba de fallecer, en su Montevideo natal –«la capital más austral del planeta», según tenía a gala proclamar, para sentirse un oriundo portavoz de las causas «sureñas»–, alguien que, en cambio, se ha hallado siempre en la proa de la fama de la poesía, hasta constituir, probablemente, el último gran referente del poeta emblemático conocido por todos los públicos. Esa gran paradoja de fondo, la de mostrarse como un sencillo exponente de las causas perdidas y las gentes anónimas, y erigirse, en cambio, él mismo, en un nombre de marca, parece multiplicarse, como en un juego de espejos rotos, a lo ancho de una obra que rezuma, por eso mismo, un humanismo melancólico, que se da de bruces con la paradoja irredimible.Humor terapéuticoEn pocos casos, como el de Mario Benedetti, asistimos al cumplimiento de la proclama del poeta que se convirtió en poema. Como en un proceso homeopático, para enfrentar la paradoja esencial (a partir de que «La vida es un paréntesis entre dos nadas»), perseguía el chispazo de las paradojas creativas, con un sentido del humor terapéutico y didáctico. «El poeta es un extranjero de andar por casa», profirió. Y el caso es que algunas de sus observaciones que parecían píldoras de hilarante literatura, adquieren ahora mismo una extraña impronta de nostalgia proyectada al futuro. Como cuando hablaba de la emergencia de países «en vías de subdesarrollo». O nos advertía que, «cuando ya teníamos todas las respuestas, nos cambiaron todas las preguntas». Melancólico pero tenaz frente al involucionismo del mundo, llevaba razón Mario Benedetti cuando protestaba ante la sobada y ubicua pregunta de si era él un escritor comprometido: «Me lo preguntan siempre como un cliché negativo, como si ese término fuese una antigualla, y privativo, además, de los escritores de izquierda; como si no hubiesen escritores reaccionarios, comprometidos con la causa opuesta». Autocrítico, en los últimos tiempos, con la profusión de sus publicaciones, lo resolvía, sin embargo, asestando una nueva paradoja: «El problema del exceso de autocrítica es que los demás se la acaban creyendo». Y aún hay otra: decía que, sólo gracias a la brevedad de su firma, consiguió desbrozar su prolijo nombre de ciudadano: Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti Farugia. Y para más Inri, en uno de sus últimos poemarios, escribió, irredimible, este haikú: «Cuando me entierren / por favor, no se olviden / de mi bolígrafo».