La reina de La Scala

La Razón
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or fin llegó San Ambrosio a Milán, el día en que tradicionalmente La Scala inicia su temporada. Tras el revuelo de las últimas semanas por los problemas sindicales, la ciudad lombarda fue una fiesta para recibir a «Tristán e Isolda», la monumental obra de Richard Wagner elegida para abrir el curso operístico en el coliseo milanés. Como se esperaba, las protestas de los empleados por el, según ellos, insuficiente aumento salarial, volvieron a aparecer en forma de pancartas portadas por algunos trabajadores a las afueras del teatro. Junto a ellos, cientos de milaneses se congregaron para ver llegar a los famosos y líderes internacionales que acudieron a La Scala.

El palco de autoridades estuvo presidido por el jefe de Estado italiano, Giorgio Napolitano, que recibió un cerrado aplauso por parte del público que abarrotaba el teatro.

Un minuto de silencio

Napolitano estuvo acompañado de otros cuatro jefes de Estado: el de Alemania, Horst Kohler; el de Austria, Heinz Fischer; el de Grecia, Karolos Papoulias; y el de Qatar, el jeque Hamad bin Jalifa al-Zani. Todos estuvieron acompañados por sus esposas, entre las que destacó la bellísima Mozah Bint Nasser, primera dama catarí, que cautivó con su esbeltez y elegante vestido blanco.

Antes del inicio de «Tristán e Isolda», que estuvo dirigida por el maestro Daniel Barenboim, se guardó un minuto de silencio por la muerte de tres operarios en el accidente laboral acaecido en la siderurgia de ThyssenKrupp en Turín.

La obra, que se prolongó por cinco horas y 20 minutos, cautivó a los espectadores que acudieron. Sobre todo por la música, algo menos por la escenografía, dirigida por el francés Patrice Chéreau, célebre realizador de cine. Chéreau optó por dar a «Tristán e Isolda» un aspecto sobrio, minimalista, con artistas de trajes oscuros y decorados austeros. Para algunos, como el asesor cultural del Ayuntamiento de Milán, Vittorio Sgarbi, se trató de una escenografía «inadecuada, injustificada y comunista». Tal vez faltó brillo y atildamiento sobre las tablas de La Scala en la escenografía, que no en la música, donde el binomio Wagner-Barenboim hizo vibrar a La Scala.