Historia

Los Duques de Lugo distantes en la Primera Comunión de su hija

Por encima de la emotiva ceremonia en la que 21 niños de entre ocho y once años tomaron la Primera Comunión, el tema que más atención generaba era otro. También preocupación: ¿cómo reaccionarían la Infanta Elena y su marido, Jaime de Marichalar, en su reaparición pública para acompañar a Victoria Federica en un día tan significativo?

-¡Qué mañana, comparada con la de la Comunión de Froilán, en la que llovió a manta!–, me dijo la primogénita del Rey, siempre de aspecto sobresaliente. Y más en este día, en el que el sol amortiguaba los doce grados inesperados. Lució un impecable conjunto en color crema con pashmina y zapatos de ante al tono. Un tirabuzón como cola de caballo sustituía a su trenza habitual y le otorgaba cierto aire cortesano entre el gentío apiñado en los Dominicos de Alcobendas, donde también Froilán recibió al Señor por primera vez. Cuánto llovió aquel día, Doña Elena tenía razón y lo recordaba sonriente, desenfadada y feliz al ver cómo su hijo mayor volvía a ser el más revoltoso. Ha recuperado la algarabía y su capacidad de liderazgo nuevamente, como demostró ante su pandilla del San Patricio. Impoluto con un «blazer» azul marino y pantalón gris, no podía con el ritual: se movía y conmovía sin parar. Es un calco físico y anímico de su madre, e incluso tiene idénticos tics y reacciones: estiraba los puños de la camisa, retocaba el nudo de la corbata, daba indicaciones a unos y otros y miraba de soslayo con picardía. Imparable crío que nos recordó aquella época en que todo lo liaba. Su carácter tuvo un bajón con el «cese temporal de la convivencia» de sus padres, aquel protocolario eufemismo ya con tanto temporal como cese. ¿Se darán un beso o lo limitarán todo a un abrazo? Era el interrogante que más se oía ayer, morbo a tope.

 

Gestos cómplices

 

Primero llegó el todavía Duque de Lugo, elegantísimo y más delgado, con traje azul índigo de raya diplomática. Daba el brazo a su madre, la condesa de Ripalda, que lucía un Chanel tirando a rosa, bolso acolchado con la representativa cadena y unas sandalias crema sin tacón. Apareció distinguida ante su hijo Álvaro, que hizo alardes con su Jaguar plateado en dos tonos. Mientras, su hermano Ignacio y la esposa de éste, María Luisa, daban la espalda a los medios.

 

Cuando su hermano, Jaime, vio llegar a Doña Elena, bajó la cabeza y no se le aproximó los diez pasos que los distanciaban –algo protocolario además de caballeroso–, acaso esperando su reacción. Ella no le vio y tiró a la derecha acompañada por Victoria, o quizá fingieron no verse, pero luego compartieron banco con los Reyes porque tampoco era cuestión de crear problemas. Hubo sonrisas y hasta gestos cómplices al escuchar las diferencias futbolísticas de Froilán con su primo, Pablo Urdangarín. Hablaban de la final en Roma, hacia donde el Rey salió volando después de la misa. Menuda agenda: empezó el día entrevistándose con el presidente de Uzbekistán, fue a la iglesia, voló a Italia, mantuvo una entrevista con Napolitano y remató la jornada viendo el Barcelona-Manchester.

 

-¡Ganará el Barça!–, apostaba el pequeño Urdangarín, a lo que su primo contestaba:

 

-¡Seguro que la victoria es para el Manchester!

 

Una hora larga de ceremonia precedió al intercambio de recordartorios, los de Victoria idénticos a los del resto de niños porque cundió la uniformidad. Después, un posado de circunstancias con los Reyes y la Infanta en primer término y Marichalar en segunda fila hasta que fue reclamado por Doña Sofía, siempre pendiente y procurando que no se viera postergado. No creo que lo lograse, pese a su esfuerzo.