Menudo panorama

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Juan Pablo II dejó dicho, más o menos, que el Infierno es un concepto discutido y discutible (como diría Zapatero de la nación), y su exégesis resultaba tranquilizadora y bastante razonable (al contrario que la de Zapatero). Para el anterior Papa, el cielo era la comunión con Dios, lo que también se me antoja sensato y suena a elucidación de científico que asegurase que la vida no es más que una reacción química y que la materia que somos ni se crea ni se destruye, solamente se transforma. (A pesar de que ahora sepamos que ésa es una ley que se cumple sólo cuando a ella le da la gana). Las de Juan Pablo II eran ideas que hasta una descreída como yo se podía tragar sin poner objeciones.

A mí Juan Pablo II me gustaba. De teólogo, y porque como Papa tenía su puntito mochilero: siempre arriba y abajo por esos mundos, hablando muchos más idiomas que Moratinos y besando los suelos que pisaba con más delicadeza que la cera de abrillantar pavimentos de una discoteca de salsa. Juan Pablo II creía que el infierno es simple y llanamente el rechazo de Dios o del cielo de la unión con Él. El infierno del Nuevo Testamento, descrito como un lugar aterrador donde ya han dejado de preocuparse por el calentamiento global y se han concentrado en las llamas eternas que asan por siempre la carne de los pecadores, que gimen de tormento, se consumen entre tinieblas y gusanos devoradores, y lloran y penan más que los concejales de ANV… ese infierno —nos aclaró Juan Pablo II— es «sólo» simbólico, figurado. Menudo respiro. Todos hicimos: «¡fiiiuuuuu…!», aliviados. Pero resulta que ahora ha llegado el nuevo Papa, Benedicto XVI (que nunca viaja más allá de Ratisbona), y asegura que el infierno es «real». (O sea: qué miedo, ¿no, Santidad…?) ¿Quién es, entonces, la mayor autoridad sobre el tema, Juan Pablo II o Benedicto XVI? ¿O es que esto va cambiando con la misma velocidad que el Euribor? Me lo aclaren. Gracias.