América

«Provocar no es hacer que los cantantes se desnuden»

El «regista» argentino abre hoy el Festival de Santander con «La Favorita» y lleva a la Arena de Verona sus montajes de «El barbero de Sevilla» y «Tosca»

Hugo de Ana, en una peluquería madrileña, un día antes de partir a Verona para estrenar  «El barbero de Sevilla»
Hugo de Ana, en una peluquería madrileña, un día antes de partir a Verona para estrenar «El barbero de Sevilla»

Han pasado cuatro años desde el último encuentro con Hugo de Ana. El director de escena argentino nos recibe en su casa, a veces excesiva, acogedora siempre, hecha a su medida. Hablamos en un salón con ventanales que se abren a Cibeles. Cuesta concentrar la vista porque hay mil rincones donde posar los ojos. Habla de su dieta: «Predico con el ejemplo. Yo me muevo mucho en escena y no puedo pedir a los cantantes que estén delgados si yo no lo estoy», confiesa, mientras deja escapar que no se priva, de semana en semana, de una tortilla de patatas casera. Da los últimos toques antes de hacer las maletas rumbo a Verona a sus dos montajes en la Arena este verano, «El barbero de Sevilla» y «Tosca»: «Lo difícil en ambos casos es llevar una obra pequeña a un espacio inmenso como es la Arena».-A Madrid no ha vuelto desde «Don Carlos» (2005), aunque, su presencia en España sí es constante. Por ejemplo, hoy estrena en Santander.-Así es. La versión francesa de «La Favorita». Será una representación con video- proyecciones para subrayar los cambios de espacio y tiempo en la que está presente durante todo el desarrollo el peso de la religión. En diciembre se verá también en Sevilla, donde se va a reponer «Don Carlos».-¿Qué opina de que la ópera se beneficie de lo que le aporta la pintura, la escultura, la videoinstalación, la fotografía? ¿Se han eliminado las barreras?-No nos engañemos: eso no es novedad, aunque hoy se venda como tal trabajar con este artista o el otro. Ya lo hicieron Picasso y Diaghilev, aunque no sé si ese es el método a seguir. Recuerda a Mortier y Bill Viola unidos en su lectura de «Tristán e Isolda» en 2005. Bien por el espectáculo de luz y sonido, pero ¿dónde queda la dramaturgia? ¿O queremos un concierto con proyecciones? Ojo, todo es válido.-¿Todo?-Siempre que aporte, que ofrezca una lectura novedosa. A mí me sucedió en la Ópera de Berlín. Gottfriedrich me llamó para montar «Don Carlos», el que yo quería. Le dije que en Alemania, seguramente, me silbarían, y él me respondió que eso era precisamente lo que deseaba, algo distinto. No puedes comer todos los días lo mismo.-Este verano también ha llevado hasta el anfiteatro italiano su visión de «El barbero de Sevilla» y «Tosca». ¿Le tiene cogida la medida a un lugar tan inmenso?-Digamos que sé dónde piso. Es difícil armar una ópera pequeña como la de Rossini en la Arena. Lo mismo sucede con «Tosca». Para «El barbero» he ideado un laberinto donde se desarrolla la acción. María Antonia hizo de Rosina, la protagonista de esta ópera, en los jardines de Versalles. Y ahí está mi gran «divertissement». Representa esa Arcadia que es todavía el sol de España, una comedia en la que Rossini utiliza el lenguaje del absurdo puro. «Tosca» es una obra más intimista, pero se llena de grandiosidad, como en esa escena final de «Te Deum» en la que todas las paredes se abren y los cardenales son los que lo ofician.-¿Le siguen considerando un provocador?-Provocar no es simplemente poner a los cantantes desnudos en el escenario. Yo ya lo hice hace diez años y el público se llevaba prismáticos a la representación. He vivido la censura con un «Fausto» años atrás. Siempre que la provocación ayude a la composición abrámosle la puerta. Ahora, lo gratuito, el sí porque sí y sin calidad, no.-¿Quién debe juzgar la calidad de lo que se programa en un teatro?-Esa es una pregunta que yo me he hecho bastantes veces, ¿quién decide lo que se debe hacer y lo que no? Me asusta lo que pueda pasar en los teatros oficiales, con esas ideas preconcebidas que tienen. En general, hoy no se escucha la voz del espectador y no se le puede ignorar.-¿Cree que se le menosprecia?-Se menosprecia su capacidad de respuesta, lo que no implica que haya que darle espectáculos tradicionales, bien sean operísticos o teatrales.-Volvemos a la eterna lucha de si el público está preparado o no.-Siempre he apostado por todos los títulos, pero lo que me divierte realmente en poner en escena los que menos se conocen porque ahí puedes descubrir y crear. Ten en cuenta que con estas obras, quien está en el patio de butacas carece de referencias anteriores. Existen títulos para mí absolutamente apetecibles, proyectos que, por ejemplo, se han quedado parados en Cagliari, Génova y Bolonia porque el teatro no podía gastar en una producción que no iba a circular y por la cantidad de dinero invertido, sobre todo en estos tiempos, hay que sacarle partido. -¿Por ejemplo?.-Sucedió con el «Nerone» de Arrigo Boito. Muy pocos coliseos se permiten arrinconar una producción y montar otra. Es, sin irnos tan lejos, lo que acaba de hacer el Teatro Real con «Rigoletto». En 2002 se estrenó una de Graham Vick. ¿Es que ya no sirve? Debería haber mayor interrelación entre los teatros. ¿Hablan por teléfonos los responsables del Liceo y del Real?-Hablando de Madrid y de programaciones, ¿tiene sentido llevar al Real una ópera como «Brockeback Mountain», concebida en principio para Nueva York? Es uno de los nuevos proyectos que trae Mortier bajo el brazo...-Le diré que el libro es maravilloso, un texto sobre la América profunda. Yo me pregunto, ¿cómo se transmite eso al público de la lírica? En el cine ya lo ha hecho Ang Lee, pero los lenguajes no son los mismos. En Nueva York tenía una razón de ser, pero, ¿y aquí? Partamos de una premisa: respetemos la música. Me parece fantástico todo lo moderno que quiere hacer y ser, pero que piense en un resultado final.-¿Y si ese resultado final pasa por llenar el escenario de sangre y muerte?-Puedes llegar hasta eso crear un espectáculo que sea tan terrible que produzca angustia. Partamos de la base de que lo que pueda transmitir un cantante es mucho y de que debe existir la descarga. A mí me interesa que el espectador entre tranquilo al teatro, no agredirlo desde el primer momento, sino ser sutil.-¿Dónde están las nuevas ideas, entonces?-Le diré cómo lo veo yo: existe una generación que ya hemos pasado el medio siglo que tenemos nuestro estilo y nuestra temática; sin embargo, no me imagino a esa generación que venga detrás rompiendo. Los veo repetitivos, manieristas. La fórmula se está agotando. En el mundo de la ópera vivimos una gerontocracia.-¿Qué opina de esa colaboración cada vez más frecuente entre la ópera y el cine?-No nos rasguemos las vestiduras. Ya lo hizo Visconti hace mucho tiempo, con 37 años. En Europa no es nada novedoso, aunque sí en América. Con Spielberg nos quedamos con la miel en los labios, pero él no conoce el lenguaje teatral.-Mortier aseguró a este diario que ha mantenido ya una larga conversación con Almodóvar para que vaya al Teatro Real. ¿Le ve dirigiendo Verdi?-¿Por qué Verdi? Habría que escribir un libreto para que lo adaptara él, por ejemplo, una ópera en la que se cantara un bolero. ¿No te parece? Encárgale un libreto y, después, si quieres, que lo dirija. Es grande como director de actrices y guionista. Desde luego, el teatro que lo consiga...

Jabón y espuma de afeitarHugo se Ana se mueve en la barbería La Moderna, un local con mucha solera a la espalda en pleno centro de Madrid, como pez en el agua. La casa abrió sus puertas en 1909 y a través de sus ventanales se ve la colección de perfumes, bacías, jabones de afeitar y demás utensilios que exponen en sus vitrinas. El escenógrafo pide unas tijeras bien afiladas y posa mientras muestra un gesto sádico: «La cara de Jack Nicholson me sale sola», suelta con media sonrisa. Después se maneja con una tijeras que abre y cierra, mientras guiña un ojo y se vuelve hacia el objetivo de Jesús C. Feria, el fotógrafo y le clava sus pulilas a la espera de que Alfonso, nieto del fundador de la saga, que corta un pelo en el aire, le tome la medida y le embadurne de jabón con la brocha. La foto no tiene desperdicio. El «atrezzo» (que ha concentrado a un grupo de curiosos en el ventanal de la calle Alcalá) ha sido propio de una de las producciones del argentino.