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Las elecciones argentinas coinciden con unas revueltas populares en Chile, Bolivia y Ecuador que pueden cambiar el rumbo del continente

Las elecciones argentinas coinciden con unas revueltas populares en Chile, Bolivia y Ecuador que pueden cambiar el rumbo del continente.

El pasado 20 de octubre se celebró la primera vuelta de la elección presidencial en Bolivia. Tras un polémico escrutinio, cuestionado por diversos países, el actual presidente, Evo Morales, ha sido proclamado vencedor de las elecciones por el Tribunal Supremo Electoral con un resultado del 47,07% de los votos emitidos. Naturalmente los seguidores del candidato opositor, Carlos Mesa, con un 36,5% de los votos, alegan fraude electoral y cuestionan la legitimidad de Morales para continuar como presidente sin celebrar una segunda vuelta.

Este domingo, 27 de octubre, se celebran las elecciones en Argentina. En ellas están en juego la reelección del actual presidente Mauricio Macri, así como la renovación de 130 diputados y 24 senadores. En las elecciones primarias del 11 de agosto, la candidatura del presidente Macri sufrió un serio revés ante la presión de Alberto Fernández. Dada la diferencia entre ambos y en caso de mantenerse, el resultado quedaría zanjado en la primera vuelta en favor del candidato opositor, lo que no garantiza necesariamente la paz social.

Mientras los bolivianos eran convocados a elecciones, en Ecuador y Chile se producían graves revueltas populares contra las medidas económicas y fiscales de ambos gobiernos. A la vista de violencia alcanzada en las calles de Quito y de Santiago, cabe preguntarse si la coincidencia de ambas categorías de sucesos, revueltas populares y elecciones presidenciales, es casual o, por el contrario, está inducida por otros países como Cuba o Venezuela, tal y como se ha denunciado en un reciente informe de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Sin duda, la crisis económica de los años precedentes, unida al creciente descrédito de aquellos dirigentes que desde discursos populistas, como Cristina Fernández de Kirchner, Correa, Maduro o Dilma Rousseff, prometieron acabar con la corrupción y realizar unas reformas sociales que nunca llegaron, favorecieron el ascenso de líderes conservadores como Bolsonaro en Brasil, Macri en Argentina o Sebastián Piñera en Chile.

Pero el actual contexto de estancamiento económico internacional y guerras comerciales impiden el crecimiento económico de los países de América Latina y perpetúan la precariedad económica y la marginalidad social de importantes sectores de población. Unas condiciones que siempre alimentan la deslegitimación de los poderes públicos y la rebelión popular, extendiéndose internacionalmente por el efecto imitación y la difusión de las convocatorias populares por las redes sociales. Ocurrió ya en algunos países árabes en el año 2011 y está volviendo a ocurrir ahora en el Cono Sur.

América Latina se encuentra en una encrucijada. De una parte, la errática política regional practicada por la Administración Trump está facilitando la penetración económica y la creciente influencia política de potencias competidoras de Washington como Rusia y China. Las denuncias de la OEA sobre la intervención de Venezuela y Cuba en las movilizaciones populares apunta, implícitamente, a Moscú, pues parece evidente que ni el régimen de Maduro ni el Gobierno de Díaz-Canel gozan de los recursos y los canales directos para desestabilizar países como Chile.

Por otro lado, la antaño decisiva cooperación diplomática y económica con Europa ha ido debilitándose, en parte como resultado de las contradictorias políticas de los dirigentes populistas, pero también debido a la crisis económica y política que arrastra la Unión Europea desde hace una década y de la que el Brexit no es más que la consecuencia más reciente.

Enfrentados a su agotada realidad económica, a la ausencia de liderazgos políticos nacionales y a la grave desvertebración regional fruto de viejas rivalidades y desconfianzas, los países latinoamericanos deben asumir el reto de reconstruir sus Estados, a partir de la articulación de un pacto social y político entre las clases medias y las mayorías obreras y campesinas que excluya las reincidentes y estériles narrativas ideológicas para incluir las decisiones pragmáticas sobre las reformas que deben abordarse sin demora.

Cabe esperar que la situación en Bolivia no evolucione hacia un enfrentamiento popular similar al ocurrido en Ecuador o Chile, pero sin duda durante su nuevo mandato el presidente Morales no podrá gobernar pacíficamente si no alcanza un acuerdo con la oposición para implantar las reformas que necesita el país con urgencia. Análogamente, resulta muy poco probable que el presidente argentino, sea Macri o Fernández, pueda encauzar la economía nacional sin un apoyo político y social de la oposición.

Sería un error considerar que las rebeliones sociales que se están produciendo solo son la expresión de estallidos coyunturales de indignación que pueden aquietarse con una variable combinación de represión policial y agotamiento social. Desde Río Grande hasta Tierra de Fuego, los Estados están en quiebra y las sociedades están movilizándose para reclamar sus derechos y mejorar sus condiciones de vida. El tiempo de las reformas se está agotando y la injerencia de potencias externas solo está contribuyendo a radicalizar la situación y deteriorar las posibilidades de solución pacífica. El estancamiento político alcanzado entre Maduro y Guaidó demuestra hasta qué punto este escenario es factible.