Crecen las críticas a Johnson por incitar al odio con su agresividad

Alarma por las amenazas de muerte contra diputados proeuropeos.

Boris Johnson ha llegado a llamar «traidores» a los promotores de una ley que le insta a pedir otra prórroga a la UE para ejecutar el Brexit
Boris Johnson ha llegado a llamar «traidores» a los promotores de una ley que le insta a pedir otra prórroga a la UE para ejecutar el Brexit

Alarma por las amenazas de muerte contra diputados proeuropeos.

La carta que la diputada laborista Jess Phillips recibió esta semana en su oficina rezaba lo siguiente: «Fue muy profético que Boris Johnson dijera que prefería estar muerto en una zanja antes de pedir una nueva prórroga. Así es cómo acabarán los que no quieren ejecutar el Brexit». El suyo es tan solo un ejemplo de las muchas amenazas que están recibiendo a diario un número cada vez más elevado de parlamentarios. La líder de los liberal demócratas, Jo Swinson, ha denunciado incluso a la Policía las amenazas que ha recibido su hijo menor de edad. La pregunta es: ¿está el primer ministro incitando al odio en la calle?

El controvertido político siempre ha tenido un discurso de lo más provocador. Pero el lenguaje agresivo de los últimos días ha hecho saltar todas las alarmas. Tras el fallo del Tribunal Supremo, que declaró «ilegal» su polémica decisión de derogar Westminster, la actitud del líder «tory» se ha vuelto de lo más desafiante. El debate que tuvo lugar el miércoles por la noche tras la reapertura de los Comunes llegó a ser un espectáculo dantesco.

Johnson calificó la «Ley Benn» –que le obliga ahora a pedir una nueva prórroga a Bruselas si no hay pacto– de «ley de rendición» y acusó de «traidores» a la oposición durante una intervención de lo más brusca. Es más, llegó a decir que la mejor manera de honrar la memoria de la diputada laborista Jo Cox –asesinada por un ultraderechista durante la campaña del referéndum de 2016– sería cumplir con el Brexit, cuando la parlamentaria hizo campaña por la permanencia.

La oposición le advierte de que su tono tan solo incrementa el odio en la calle y la división en uno de los momentos más delicados para el país. Pero él se niega a pedir disculpas. Todo sería parte del plan de su oscuro asesor Dominic Cummings, cerebro de la campaña euroescéptica del referéndum de 2016, convertido ahora en el hombre que maneja los hilos en Downing Street. Desde el principio, el estratega quiere forzar unos comicios adelantados cual batalla de «pueblo contra ‘establishment’» y las provocaciones de Johnson serían necesarias para avivar el caos.

Cummings realiza raras apariciones públicas. Pero el jueves por la noche fue el responsable de presentar las memoria de John Stuart Wheeler, generoso donante de los tories y luego del UKIP, y sus palabras echaron más leña al fuego: «¿Qué esperan los diputados? Los insultos y amenazas cesarán cuando respeten el resultado del referéndum».

El asesor quiso tranquilizar a una sala cargada de euroescépticos, prometiéndoles que Reino Unido saldría del bloque «a pesar de las presiones», e incluso bromeó con toda la tensión que se está viviendo estos días en el escenario político. «Me lo estoy pasando realmente bien. Esto es un paseo por el parque comparado con el trabajo que hicimos durante la campaña», matizó.

Por su parte, Amber Rudd, que dimitió a principios de septiembre como ministra al no compartir la estrategia del Brexit de Johnson, acusó ayer al «premier» de estar empleando de manera consciente un lenguaje que podría «incitar a la violencia». En una entrevista con el «Evening Standard», señaló que se había sentido «decepcionada y aturdida» cuando Johnson rechazó el «temor genuino que muchas mujeres políticas tienen» tras el asesinato de Cox en 2016. En este sentido, dijo que la retórica de Johnson era «una reminiscencia» de los principales cánticos de Trump contra Hillary Clinton.

Los analistas cada vez comparan más el «modus operandi» populista del «premier» con el líder estadounidense. El líder del Partido Laborista, Jeremy Corbyn, condenó el «censurable» lenguaje de Johnson, especialmente contra diputadas laboristas que le pidieron que no usara vocablos como «rendición» y «traición» para calificar actos parlamentarios, pues considera que incitan a los extremistas a amenazar y atacar a los diputados.

La propia hermana del primer ministro, Rachel Johnson, le acusó de emplear su tribuna parlamentaria como «el púlpito del acosador» para «fomentar apoyos» electorales a su plan del Brexit y presentarse como «el portavoz del pueblo» contra «el poder establecido».

Es la tensión que vive en la calle, que los obispos de la Iglesia de Inglaterra pidieron ayer respeto a ambas partes en el curso del debate que consideran cada vez más «virulento», y cuyo lenguaje valoran como «inaceptable, divisivo y abusivo».