Internacional

El Río Bravo se lleva otra vida de dos años en la crisis migratoria entre EEUU y México

Dos semanas después del ahogamiento de la bebé Valeria y su padre Óscar, cuya foto dio la vuelta al mundo, se repite la tragedia.

Dos semanas después del ahogamiento de la bebé Valeria y su padre Óscar, cuya foto dio la vuelta al mundo, se repite la tragedia.

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La crisis migratoria en la frontera entre México y Estados Unidos vuelve a arrojar un episodio trágico. Apenas una semana después de que la imagen de los cuerpos ahogados de Óscar y Valeria conmocionase al mundo, otra niña de dos años desapareció cuando trataba de alcanzar la orilla norte junto a su madre, una mujer haitiana que denunció la desaparición poco después de entrar en territorio estadounidense. El operativo de búsqueda se canceló ayer sin que haya aparecido rastro alguno de la pequeña.

El suceso ocurrió el primer día de julio, cuando la patrulla fronteriza detuvo a la mujer en el área de Del Río (Texas). Ésta declaró que había perdido a su hija pequeña, de nacionalidad brasileña momentos antes, mientras intentaban cruzar el Río Bravo. Desde ese momento se puso en marcha un operativo de búsqueda con personal de ambos países, varias embarcaciones, un equipo de buceo y un helicóptero. Un rastreo que se prolongó durante una semana, pero ante el tiempo transcurrido, las autoridades han decidido cancelarlo al no obtener ningún indicio del paradero de la menor. Según explicaron a LA RAZÓN fuentes del Instituto Nacional de Migración de México, eran muy conscientes –como ocurre en este tipo de sucesos– de que las posibilidades de encontrarla se reducían a medida que pasaba el tiempo, y «después de ocho días es muy difícil que pueda aparecer».

Las mismas fuentes afirman que la niña había sido registrada por agentes fronterizos estadounidenses junto a sus padres, aunque no les permitieron el paso, así que «decidieron pasar por el río fruto de la desesperación, y ahí sucedió todo». Las autoridades migratorias afirman que los equipos de rescate hicieron todos los esfuerzos por encontrarla, pero el río tiene mucho caudal en esa zona y las corrientes son fuertes, por lo que cabe la posibilidad de que el cuerpo de la niña haya sido arrastrado hasta una zona lejana.

Y es que la situación en la frontera sigue siendo desesperada. Es habitual que los migrantes estén al menos un mes varados hasta que les permiten pedir asilo en Estados Unidos, los albergues están en su mayor parte saturados y las condiciones de hacinamiento se repiten en ciudades como Tijuana, Ciudad Juárez o Matamoros, donde el 23 de junio se ahogaron Óscar Alberto Martínez, salvadoreño de 25 años, junto a su hija Valeria, de 23 meses. La foto de los dos cuerpos abrazados ya sin vida puso el foco mediático sobre el drama de los migrantes, pero casos similares ocurren con frecuencia.

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Este se ha convetido en el año más letal para los menores en la frontera. En lo que va de 2019 han fallecido 175 migrantes en el límite entre México-EE UU, de los cuales trece son menores. Es el periodo más mortífera para menores de edad desde que la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) comenzó a registrar los fallecimientos en 2014. En solo seis meses han muerto más niños que en cada uno de los años anteriores. Nueve niños muertos en todo 2018; cinco, ocho, dos y dos menores de edad fallecidos en los años 2017, 2016, 2015 y 2014, respectivamente.

El 23 de junio también fallecieron dos bebés, un menor y una mujer, todos guatemaltecos, cerca de la ciudad fronteriza de McAllen (Texas) a causa del calor extremo; una niña de seis años procedente de India murió hace unas semanas en el desierto de Arizona por insolación, mientras su madre, desesperada, iba a buscar agua, y el pasado mes de abril tres niños y un adulto originarios de Honduras se ahogaron cuando su balsa volcó en el Río Bravo.

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Estas muertes se producen en un contexto de militarización en México, donde el presidente Andrés Manuel López Obrador ha desplegado 15.000 militares en la frontera norte para endurecer el control migratorio y cumplir las exigencias de su homólogo Donald Trump, que quiere menos extranjeros a las puertas de su país.

Las esperas eternas y el aumento de la vigilancia en los puntos habituales de cruce regular empuja a los migrantes a intentar el paso por zonas más remotas y peligrosas; una política que Estados Unidos lleva aplicando desde 1994, con Bill Clinton en la Casa Blanca, y el llamado Plan Prevención mediante Disuasión.

Cuando lo diseñaron sabían que conllevaría un mayor riesgo para los migrantes, tal como reconoció hace unos meses a «The New York Times» Doris Meissner, ex funcionaria de la Administración Clinton a cargo del plan, que ahora lamenta sus consecuencias. «La patrulla fronteriza esperaba que hubiera más cruces en áreas peligrosas, pero no tantos como llegó a haber. Los migrantes están desesperados y toman decisiones desesperadas». Según esa investigación, desde 1998 hasta 2018 la mortalidad en la frontera se ha incrementado un 312%. Cruzan menos personas, pero es más probable que mueran, porque se arriesgan mucho más.