«La desesperación los empujó al río»

La muerte de Óscar y su hija Valeria ha pasado a ser la imagen de la tragedia en la frontera de EE UU. Sin embargo, no frenará –nada puede hacerlo– a las decenas de migrantes que cada día tratan de alcanzar una vida mejor. LA RAZÓN conversa con algunos de ellos

La imagen de los cuerpos sin vida de Óscar y su hija Valeria refleja el drama de la inmigración centroamericana/Efe
La imagen de los cuerpos sin vida de Óscar y su hija Valeria refleja el drama de la inmigración centroamericana/Efe

La muerte de Óscar y su hija Valeria ha pasado a ser la imagen de la tragedia en la frontera de EE UU.

La foto de Valeria y Óscar, hija y padre ahogados en el río Bravo al intentar cruzar a EE UU, se ha convertido en el nuevo símbolo del drama migrante en la frontera. Familias varadas en campamentos insalubres, albergues desbordados y una permanente incertidumbre sobre cuándo podrán pasar, lo que lleva a muchos a tomar decisiones desesperadas, como la que empujó a Óscar a tratar de atravesar a nado con su pequeña en brazos.

Los migrantes «llegan con mucha premura de cruzar, desesperados porque el tiempo que pasan en la frontera «es un gasto inasumible», cuenta a LA RAZÓN Rubén Hernández, empleado de la Casa del Migrante de Matamoros, donde estuvo alojada Tania Vanessa Ávalos, madre y esposa de Valeria y Óscar, después del trágico suceso. Rubén la vio muy dolida, no creía la situación que estaba viviendo y rogaba ver a su familia. «Estaba en la habitación la mayor parte del tiempo, solamente salía cuando debía firmar papeles para la repatriación de los cuerpos», dice.

Fuera del albergue, en el puente que da acceso a Brownsville, la ciudad espejo de Matamoros en Texas, la Policía custodia el paso. Cada día permite cruzar a un pequeño número de personas. A veces llaman a dos, a veces a cuatro, y muchos días no pasa ninguno. «Pueden estar esperando uno o dos meses, en estas condiciones el hecho de no saber es desesperante. Saben del peligro de cruzar el río, pero algunos se arriesgan», dice Hernández.

Habitualmente los albergues de la ciudad están desbordados y, como no hay sitio para todos, muchos han instalado un precario campamento junto al puente con una población que fluctúa entre 100 y 200 personas. El calor es asfixiante, el termómetro supera a menudo los 45 grados, no hay sanitarios ni donde lavarse.

Pero el trance no se acaba ahí. Una vez en EE UU, con la solicitud de asilo presentada, les pueden devolver de nuevo a México hasta que se resuelva el trámite; una consecuencia directa de un acuerdo firmado recientemente por ambos países. Mediante este procedimiento han sido devueltos al menos 15.079 centroamericanos, según los datos oficiales.

«Obligan a permanecer en ciudades muy peligrosas de la frontera a personas vulnerables. Son lugares muy violentos en los que algunos encontraron lo mismo de lo que huían», cuenta el periodista Alberto Pradilla en la presentación de su libro «Caravana», en el que explica este fenómeno tras haber viajado con los migrantes desde Ciudad de Guatemala hasta Tijuana, en la frontera con EE UU en 2018.

En el libro relata la historia de Jorge Alexander, un chaval hondureño de 16 años que fue asesinado y torturado brutalmente a mediados de diciembre en Tijuana después de que intentaran robarle. «Probablemente se cruzó con los matones equivocados en el momento inadecuado», dice.

En el albergue de Matamoros está Oswaldo, que realmente se llama de otro modo, pero prefiere que su nombre no se publique para «no molestar a las autoridades» y evitar que su proceso de asilo se vea más retrasado, dice a LA RAZÓN. Su condición recuerda a la del malogrado Óscar. También tiene 25 años, es hondureño y tiene esposa y una hija pequeña. Hace más de un mes que no las ve porque tras ingresar clandestinamente en Estados Unidos fueron separados por no poder demostrar el matrimonio. Ellas se quedaron en el norte y a Oswaldo lo devolvieron a Matamoros con una cita para febrero de 2020. Hasta entonces, como muy pronto, no se resolverá su petición de asilo.

No sabe qué hacer estos meses, no tiene familiares en Matamoros ni nadie que le dé trabajo, y en el albergue solo puede quedarse dos meses como máximo. Acaba de ser devuelto y confiesa que se siente aturdido y atormentado. Tal vez viaje a Monterrey, una de las ciudades más prósperas del país, a unos 300 kilómetros, pero aún no lo ha decidido. Como todos allí, conoce el caso de Óscar y Valeria y no se le escapan los paralelismos con su historia. «Él también quería lo mejor para su hija, darle una buena vida», aunque reconoce que nunca ha pensado en cruzar el río: «Es muy peligroso y no sé nadar».

Al hastío y la lentitud institucional se suman que los Estados de Tamaulipas y Nuevo León, en el noreste de México –donde están ciudades como Matamoros y Monterrey– están entre los lugares más peligrosos del país por la elevada presencia del crimen organizado, que encuentra en los migrantes un botín sencillo. Los secuestran y piden rescate a las familias o les obligan a trabajar para ellos. Cerca de aquí ocurrió la horrible masacre de San Fernando en el año 2011, donde fueron encontrados 72 cadáveres de migrantes.

Al preguntarle por la presencia del crimen organizado en Matamoros, Rubén dice que la ciudad está más tranquila últimamente y que hay más presencia de militares y trabajadores de migración en los puntos regulares de paso. Lo que hacen los migrantes, dice, es irse a zonas más apartadas en dirección a Reynosa y La Ribereña. «Allí es más riesgoso, hay más crimen organizado, pero van porque no hay muro, es más fácil cruzar», comenta.

El presidente Andrés Manuel López Obrador ha desplegado en los últimos días 15.000 efectivos militares en la frontera norte y 26.000 en todo el país para endurecer el control, reducir el paso de migrantes y cumplir así con las exigencias del presidente estadounidense, Donald Trump.

Según las numerosas denuncias de las organizaciones de derechos humanos, el aumento de la vigilancia en los pasos regulares empuja a los migrantes hacia lugares de cruce menos visibles, donde al mismo tiempo son más vulnerables para los miembros del crimen organizado.

López Obrador también trata de poner en marcha un plan de Desarrollo en Centroamérica que frene la huida de personas, pero si logra tener éxito los efectos tardarán en notarse. Mientras tanto, continuará la salida y los migrantes seguirán sufriendo las esperas interminables, el acoso de las mafias, la incertidumbre y la desesperación.