¿La era de EE UU llega a su fin?

La política aislacionista excéntrica y el repliegue de la nueva Administración condenan al país a la irrelevancia y la decadencia.

La política aislacionista excéntrica y el repliegue de la nueva Administración condenan al país a la irrelevancia y la decadencia.

Los que pensamos en algún momento que Trump sería completamente controlable por el «establishment» histórico nos equivocábamos. Sus tentaciones megalómanas, su antipolítica y su nacionalismo primario servido como «plato frío» en menú ultraconservador de órdenes ejecutivas mostradas al público cual sentencias de muerte del exceso liberal, han pasado a ser parte del «show night» en todas las cadenas televisivas y la principal fuente de inspiración en los memes globales. Y es que Trump nunca defrauda: sus bravuconadas de barra de bar –como la que soltó a madame Macron en París– junto a los primeros pasos erráticos en el escenario global, le han llevado a enfrentarse con todos y cada uno de los aliados históricos para echarse en brazos del enemigo irreconciliable, provocando de esta forma un distanciamiento como nunca había existido en las relaciones transatlánticas; ni tan siquiera con George W. Bush en el período crítico previo a la ocupación de Irak.

Nunca un líder político desde Hitler había pisado tantos pies de tanta gente en Europa y en todo el mundo como Trump. Incluso, empleando un método similar: grandes gestos histriónicos, palabras huecas disfrazadas de un nacionalismo populista y unas pocas respuestas simplistas infantiloides para afrontar la complejidad de los retos globales; eso sí, siempre dejando caer veladas amenazas. Y todo ello para arrancar importantes concesiones económicas y políticas con esta «Diplomacy Business» aderezada con grandes baños de multitudes y halagos sumisos, tan al gusto del Trump mediático. En consonancia con este escenario ocupado por este inesperado actor, una hipótesis más que probable parece cierta, la elección de Trump precipita el proceso cíclico que ya auguraban las distintas agendas confeccionadas para el 2020-2030: la era estadounidense está llegando a su fin. Si buscáramos un titular más llamativo para esta lectura de domingo estival podríamos decir: la caída del imperio americano es inevitable.

El liderazgo democrático ético y moral de los Estados Unidos en el mundo –si alguna vez lo tuvo– ha llegado a su fin. Los tópicos demagógicos que seguían comulgando con la idea de los padres fundadores sobre que los Estados Unidos eran la democracia más acabada y el sistema económico más justo en el mundo, se encuentran en entredicho. Las extravagancias históricas en el reparto de votos, las injerencias electorales por parte del oso ruso en un juego del «vale todo» y, como consecuencia, la propia aparición de Trump; todos estos procesos internos e internacionales demuestran hasta qué punto la serie de moda global «House of Cards», con esa ambición sin límites por el poder y depravación política hasta la náusea de los Underwood, puede ser un guión perfecto para el serial que estamos viendo en vivo y en directo en Washington: «White House Trump Family». Con su yerno Jared y su hija Ivanka dentro del increíble elenco, su hijo mayor Eric protagonizando la trama rusa y la primera dama Melania como artista invitada. Tampoco falta el pequeño Barron con cara despistada cerrando la saga.

El nuevo presidente y su peculiar equipo, con esa visión tan aislacionista, tan local y excéntrica, han llegado como «elefante» desbocado a la «cacharrería» global haciendo más trumpismo que diplomacia para sembrar el desconcierto generalizado. Su primera gira no ofreció lugar a dudas sobre esa decadencia: su visita para vender armas a Arabia Saudí, al principal apoyo del terrorismo yihadista en el mundo; su posición en el G-7 y G-20 sobre el proteccionismo comercial; sus opiniones ante las instituciones europeas en la visita a la Comisión y a la Cumbre de la OTAN que ponen en entredicho las bases históricas de la relación transatlántica y sus objetivos de contención rusa a la vez que de reforma estratégica; su negativa a cumplir los compromisos de París sobre cambio climático; el giro en sus relaciones con los árabes con el acercamiento a Israel y la vuelta al enfrentamiento con Irán; la retirada del Tratado Transpacífico y su distanciamiento con Japón y Corea del Sur; su voluntad de volver a los peores tiempos del embargo a Cuba; el incremento del gasto de Defensa de un 9,3% y el descenso del 28% destinado a coo-peración al desarrollo y ayuda. Por otro lado, hay opiniones entendidas que hablan de una nueva Doctrina Truman (Tim Kaine en «Foreign Affairs» July/August 2017) de contención con reacciones esporádicas ante situaciones extremas; léase el bombardeo de posiciones del Ejército sirio como respuesta a los ataques con armas químicas o, de mucho más riesgo global, posibles acciones de contención contra Irán o Corea del Norte.

En conclusión, el peligro que puede suponer utilizar la estrategia central de la Guerra Fría de hace 70 años en escenarios actuales de guerra caliente frente al terrorismo o, incluso, contra otros enemigos difusos y profusos, como en la guerra cibernética con los hackeos sufridos en estas semanas que, sin duda, harían las delicias de Mr. Robot y de otros colegas antisistema en las series televisivas más al uso y de mayor éxito global.

Todas estas cuestiones suponen un giro radical en la política exterior de Estados Unidos y su retirada de los principales retos en la agenda global: el comercio y sus nuevas dinámicas; el cambio climático; la lucha contra las pandemias y el hambre; los procesos migratorios y sus efectos demográficos, políticos y sociales; los nuevos retos en la seguridad y la lucha global frente al terrorismo; los procesos de integración regional y la multilateralización de las relaciones mundiales. En conclusión, estar ausente en todas estas dinámicas supone quedar al margen del cambio en la cultura global; el retraimiento en los principales escenarios. Ninguno, actores y escenarios, tienen dudas de esa retirada de EE UU y todos ellos se encuentren buscando alternativas para llenar este vacío.

Ante este proceso de caída en picado del liderazgo de Estados Unidos, la gran duda, no sólo de los líderes y los «think tanks» globales, sino de gran parte de la ciudadanía mundial es: ¿podrán los Estados Unidos de Trump jugar el papel regulador que necesita el actual desorden global?

Es claro que las políticas aislacionistas excéntricas de exagerado repliegue, como pone en práctica la nueva Administración, en esta era de obligada interdependencia global es condenar a Estados Unidos a la irrelevancia y a la decadencia. Probablemente podemos asistir al origen de nuevo «show reality liberal order» que tanto gusta a las televisiones del imperio trumpista en donde los propios Estados Unidos pasen a ser una potencia marginal en los procesos globales cediendo su puesto a China y Rusia como los verdaderos hegemones globales para esta nueva. Por cierto, dos nacionalismos sin ninguna calidad democrática, con rictus autoritario, pasado o presente comunista y con una ambición desmedida disputándose los difíciles equilibrios regionales y controlando los conflictos activos. Y por si fuera poco, teniendo como contrapeso a una Unión Europea en proceso de refundación, con una influencia en la gobernanza global reducida a la mínima expresión y unos Estados Unidos en caída libre reeditando una doctrina Monroe de principios del XIX y una doctrina Truman de mitad del XX como pobre equipaje para ganar el XXI.

*Presidente del Instituto de Altos Estudios Europeos, catedrático «Jean Monnet» en la UNED y profesor de la Escuela Diplomática