El clima de traición y sospecha se instala en la cúpula del chavismo

Héctor G. Briceño, profesor del Centro de Estudios del Desarrollo, de la Universidad Central de Venezuela, sostiene que la ausencia de conflicto es el principal enemigo del chavimo y explica cómo el levantamiento del 30 de abril ha sembrado la desconfianza dentro del chavismo

Una venezolana contraria al Gobierno de Maduro protesta en las calles de Venezuela/AP
Una venezolana contraria al Gobierno de Maduro protesta en las calles de Venezuela/AP

La ausencia de conflicto es el principal enemigo del chavimo. El levantamiento del 30 de abril ha sembrado la desconfianza dentro del chavismo

El insólito levantamiento liderado por el presidente de la Asamblea Nacional y presidente (e), diputado Juan Guaidó el 30 de abril fracasó rotundamente en casi todos los aspectos. Sin embargo, en uno logró un enorme éxito: sembró dentro del chavismo un clima de sospecha y desconfianza generalizada. Hijos de la conspiración y la traición temen, mas que a nada en el mundo, desaparecer en los brazos de tan caprichosa e infiel madre. Por ello, desde su aparición el chavismo desarrolló una doble estrategia que le garantizaría llegar y mantener el poder: dividir y cohesionar.

Hugo Chávez ganó la presidencia de Venezuela en 1998 tras dividir todo: el pueblo, el lenguaje, la historia y, por supuesto, las Fuerzas Armadas. Desde allí aprovechó todos los inmensos recursos del Estado venezolano para continuar su proyecto de desintegración. Sin embargo, simultáneamente también se preocupó por mantener una mínima cohesión interna entre sus diversos y en ocasiones contradictorios aliados, que le permitiera sobrevivir, a modo de archipiélago (juntos pero no tanto), frente a un país convertido en arena.

Los 20 años de historia del chavismo pueden resumirse así. Un proceso de continúa división y cohesión. Momentos críticos que amenazan la supervivencia del chavismo y demandan total cohesión interna, seguidos por períodos de destrucción y división del tejido social para impedir que nada en la sociedad vuelva a articularse.

Los beneficios de esta doble estrategia los descubrió el chavismo muy temprano en el comportamiento de la opinión pública, gracias a esa extraña adicción moderna a las encuestas: la ausencia de conflicto y confrontación es su principal enemigo. Paz, tranquilidad y sosiego, tren consigo la despolarización política y abren la puerta a la reconciliación, antítesis del resentimiento y la venganza.

Así, elecciones, marchas, manifestaciones, protestas, atentados e infinitas conspiraciones imaginarias, sirvieron en este doble propósito, al mantener viva la confrontación y evitar a la mínima relación social civilizada entre venezolanos.

Las redes sociales se convirtieron en inesperados aliados del destructivo ciclo. Su naturaleza se adaptó perfectamente a la lógica maniquea polarizadora gracias a sus mensajes cortos y excesivamente simplificados, compartidos en tiempo real, apelando casi exclusivamente a emociones, entorpeciendo el análisis y el desarrollo de ideas sobre una realidad extremadamente compleja, escondidos muchas veces bajo el anonimato, identidades ficticias, alter ego o simplemente operados por laboratorios y agencias publicitarias con el objetivo de manipular la opinión pública y avivar la polarización.

Aunque la división ha estado dirigida a toda la población en general, la división de la oposición ha sido prioridad para la supervivencia del chavismo. En ella las elecciones desempeñan rol estelar. No obstante, no ha sido la única.

Para mantener la polarización, nada mejor que no verse la cara. En 20 años de gobierno el número de contactos entre líderes del chavismo y la oposición han sido escasos. Demasiado escasos. Incluso allí donde estaban obligados por la ley. La principal instancia de encuentro para el diálogo y la búsqueda de mínimos común denominadores, la Asamblea Nacional, funcionó en manos del chavismo como una cruel obra de teatro absurdo.

Nadie escucha nada y cuando cayó en manos de la oposición, el gobierno huyó aterrado del lugar para evitar cualquier interacción social constructiva. Cualquier cosa antes que encontrarse y conversar para buscar consensos que reúnan al país en un mismo sendero. En sustitución el chavismo creó su propio espacio, la Asamblea Nacional Constituyente. Monólogo 2.0

Menos evidente pero igualmente corrosiva ha sido la estrategia de división dirigida hacia los propios aliados, en las que Hugo Chávez demostró sus verdaderas dotes de gigante. Durante su gobierno ningún líder chavista pudo brillar con luz propia. Todos satélites dependientes, con prohibición de desarrollar redes propias.

Cuando los estudios de opinión pública mostraban algún aliado con popularidad creciente, se convertían inmediatamente en objeto de bulling presidencial. Vapuleados en un consejo de ministros televisado, destituidos, enviados al exterior, acusados, perseguidos o simplemente encarcelados. De los centenares de ministros que pasaron por sus gabinetes, los que perduraron más tiempo en cargos de poder nombrados por él directamente son los personajes más oscuros e impopulares.

El hogar donde el chavismo engendró su conspiración también recibió un trato especial. La Fuerza Armada, luego de su irónica unificación nominal al reducir el número gramatical del plural al singular (esto es de Fuerzas Armadas a Fuerza Armada) bajo la excusa de la importancia de la unidad, fue atomizada hasta impedir cualquier posibilidad de interacción entre sus miembros, especialmente aquellos que pudieran sentirse insatisfechos con el desarrollo del país.

Los mecanismos de la división militar no han sido pocos. Soles, premios, privilegios, entretenimiento, asignación de nuevas responsabilidades en materia de políticas públicas, confrontación, construcción imaginaria de un enemigo común (la oposición, Colombia, el imperio, la oligarquía, el capitalismo, etc.). También estimularon el vínculo con negocios ilícitos: contrabando, tráfico, extorsión, delincuencia común. Todo con el fin de exigirles luego lealtad. Chantaje.

Un rol central en la estrategia polarizadora fue desempeñado por las agencias estatales de información e inteligencia. Conocer el estado de las relaciones entre los diversos actores políticos, tanto aliados como opositores, así como la percepción de la población sobre líderes y proyectos alternativos, ha sido siempre una prioridad para la supervivencia del régimen. El objetivo, su razón de ser, ha sido evitar la acumulación de poder en manos de potenciales “enemigos”. Dividir y evitar que nada mas pueda unirse, bien podría definir su leitmotiv.

Sin embargo, a partir de la rebelión del 30 de abril, el estado de desconfianza y sospecha se ha extendido hasta alcanzar la propia cúpula chavista.

Lo que sucedió ese día no fue que unos pocos militares se rebelaron. Tampoco ocurrió un simple fallo en los organismos de inteligencia al no descubrir una conspiración. Ese día reveló una conspiración gestada dentro del propio organismo encargado de detectarlas. Infidelidad materna, la traición salió de sus propias entrañas.

A partir de entonces el chavismo navega en un mar de desconfianza. A oscuras, todo lo que sabe sobre sus aliados y enemigos debe ser puesto en tela de juicio, pues las informaciones suministradas por las propias agencias de inteligencia estaban dirigidas a encubrir un complot. Tabula rasa. Nadie confía en nadie. La división saltó la talanquera y se instaló entre sus progenitores.

Paradójicamente, este estado de total desconfianza tiene una extraña consecuencia positiva. La desconfianza se ha distribuido homogéneamente, abriendo una coyuntura ausente desde la llegada del chavismo: todos los actores políticos gozan entre si de la misma credibilidad: ninguna. Desconfianza tridimensional.

Irónicamente, esto convierte a la oposición en el interlocutor más confiable que Maduro puede encontrar, brindándole una extraña y única oportunidad para iniciar un diálogo en búsqueda de salidas políticas para el país, aislando a los sectores más radicales y desconfiables, interesados en prolongar hasta las últimas consecuencias el conflicto. Destrabar este empate técnico para darle una oportunidad al país.

La democracia ha sido muchas veces eso, el resultado de grupos en conflictos que, sin razones para confiar, deciden dar un paso y romper el circulo de destrucción, para preservar un valor mínimo común.