Las circunstancias de Guaidó

Desconcierto y confusión. Son palabras que describen la coyuntura de la crisis venezolana. El gobierno legítimo de Juan Guaidó vuelve a sentarse en una mesa con representantes del usurpador Nicolás Maduro. Luego de la muerte por tortura del capitán de corbeta Rafael Acosta Arévalo y del contundente informe de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, el presidente encargado envía a representantes para dialogar con emisarios de Maduro en Barbados. Por lo menos, y en un principio, algo incomprensible. Para muchos, algo indignante. Dos lecturas que podemos hacer. En primer lugar, resulta claro que Guaidó está condicionado, sobre todo, por sus aliados internacionales. Son ellos –y nos referimos a EE UU, España, Canadá, Colombia, entre otros– quienes le piden de manera insistente que sume y trabaje para que el conflicto se resuelva de manera pacífica. Ellos siguen haciendo su parte. Las rondas de negociación en Oslo y ahora en Barbados son una muestra. Si Guaidó quiere consolidar los lazos de cooperación internacional –un factor indispensable en la lucha por el rescate de la democracia– deberá ceder en esto. Es evidente que lo está haciendo, a pesar del costo político que eso pueda suponer a lo interno. En segundo lugar, la presunción de que ahora Nicolás Maduro esté dispuesto a abandonar el cargo, es real. Le estaría cediendo su espacio al joven chavista, Héctor Rodríguez, quien es hoy la figura con mejor valoración del chavismo y ha demostrado capacidad para reunir una parte del voto antimadurista. Si esta presunción es cierta, resulta lógico que decida sentarse con el único objetivo de poner las condiciones de salida de Maduro, en ningún caso discutir si sale o no, si abandona el poder o sigue en él. Bajo ese supuesto, sentarse en la mesa resulta una decisión correcta.

Por otro lado, la intervención militar es una posibilidad cada vez más lejana. Ciertamente, las consecuencias de una salida abrupta del poder a través de la fuerza podría generar resultados impredecibles. Los primeros afectados serían los países vecinos, Colombia y Brasil. Probablemente la estampida emigrante sería de pronóstico reservado. Adicionalmente, y en caso de un escenario de choque, el reordenamiento de fuerzas políticas a lo interno no asegurarían que Guaidó pueda asumir el poder y estabilizar el país. Esto último, solo le convendría al chavismo.

La agenda oculta de Guaidó es aquella que camina de manera coordinada y en comparsa con la agenda internacional. Claro está que su principal rol es movilizar a los venezolanos para que la presión externa cobre mayor valor. Mientras tanto, se espera que en las próximas horas pueda haber algún tipo de anuncio que marque un punto de inflexión en el conflicto. Veremos si las filtraciones mediáticas y las sospechas ciudadanas se cumplen. De ser así, Venezuela podría celebrar elecciones presidenciales en 2020, con unas nuevas reglas y sin Maduro en la papeleta. Por ahora, toca seguir esperando.

Director general de Motta Focus

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