Las potencias e Irán

La Razón
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Un modo de evaluar la calidad política del acuerdo en ciernes entre las potencias mundiales y la República Islámica de Irán consiste en contrastar el comienzo con el final. Durante la última década, el Consejo de Seguridad de la ONU logró adoptar seis resoluciones que le prohibían a Teherán enriquecer uranio; el acuerdo actual, con ciertas restricciones, le permitirá seguir haciéndolo. Según ha trascendido, la planta procesadora de agua pesada en Arak no será cerrada, como tampoco el reactor subterráneo en Fordo. Teherán ya recuperó 10.000 millones de dólares de fondos que habían sido congelados por Washington y espera que las sanciones sean levantadas. Ello, a pesar de que todavía no respondió satisfactoriamente a varias interrogantes clave para disipar dudas sobre la naturaleza de su programa nuclear. A saber:

Si Irán posee vastas reservas de gas y petróleo, ¿qué necesidad tiene de invertir en reactores para generar electricidad? Si Rusia le ofreció recibir su uranio y devolverlo enriquecido a gradaciones civiles, ¿por qué Irán rehúsa? ¿Por qué ocultó algunas de sus instalaciones nucleares bajo tierra, las rodeó de defensas antiáereas y obstruyó el acceso de los inspectores internacionales? Si el proyecto nuclear tiene finalidades pacíficas, ¿por qué continúa desarrollando misiles balísticos intercontinentales con capacidad para transportar ojivas nucleares? ¿Y hemos de creer que se expuso a sanciones económicas, ostracismo e incluso al riesgo de un ataque israelí sólo para defender su derecho al uso pacífico de la tecnología nuclear?

En el plazo de negociación con las potencias, Irán realizó ejercicios navales en los que explotó un falso transportador norteamericano en el estrecho de Ormuz, encarceló al corresponsal del «Washington Post» en Teherán e intentó atentar contra la embajada israelí en Uruguay. Hoy, hombres de sus Guardias Revolucionarias están combatiendo en Irak y en Siria y el régimen respalda a milicias sublevadas en Yemen, como lo hizo antaño en Bahrein. Esto, en adición a su apoyo a grupos fundamentalistas en Gaza y el sur del Líbano. Mayores concesiones al Gobierno ayatolá no lo harán más benigno, sino más peligroso. Este punto lo comprenden demasiado bien los israelíes, los saudíes, los egipcios, los jordanos, los turcos y otros varios aliados de Occidente en el Medio Oriente. A excepción de los P5+1, muy pocas naciones comparten su entusiasmo.

Un acuerdo que no disipe las ansiedades de los países árabes suníes en torno a las ambiciones nucleares de Irán, bien podría disparar una carrera armamentista nuclear en la región. No será ni fácil ni gratuito para muchas de estas naciones embarcarse en sus propios programas para contener a un Irán atomizado, pero lo harán si creen que como resultado de las tratativas el Irán chií emergerá como una potencia nuclear a la larga. Considerando que la lucha contra la proliferación nuclear a escala global ha sido un objetivo ostensible de la Administración Obama, este desenlace posible sería extremadamente irónico... además de sumamente inquietante. En el mejor de los casos, el acuerdo limitará –pero no detendrá– su programa nuclear de Irán, apoyado en la premisa de que honrará sus compromisos. Dada la naturaleza opaca, violenta y fanática del régimen, creer en su palabra será la apuesta geopolítica del siglo.

*Analista experto en Oriente Medio