Los siete fallos de Trump de los que Clinton puede beneficiarse

Donald Trump
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Mientras Donald Trump estaba entre bastidores viendo cómo el senador de Texas, Ted Cruz, hablaba el jueves pasado, le susurró a su hija: «¿Me he equivocado?» ¿Cómo lo sabemos?

Mientras Donald Trump estaba entre bastidores viendo cómo el senador de Texas, Ted Cruz, hablaba el jueves pasado, le susurró a su hija: «¿Me he equivocado?» ¿Cómo lo sabemos? Con las cámaras grabando se pudieron leer sus labios. En poco rato, estaba en todas las noticias, ya que los políticos no tienen ninguna privacidad. Lo más probable es que Trump estuviera preocupado sobre si había sido buena idea dejar que hablase Cruz. A decir verdad, obtuvo reconocimiento por ello, además de por otras cosas. Durante la convención, su discurso no contenía ninguno de los intolerantes insultos que hasta entonces habían constituido su firma. Era disciplinado y tenía todo bien ensayado. Sin embargo, cometió errores, entre ellos la crudeza, el tono hiperbólico y la longitud de su discurso, de 69 minutos. Clinton puede beneficiarse de esos fallos. ¿Cómo? Hay siete formas:

1- El equilibrio entre esperanza y miedo. «Apelé a sus mejores esperanzas, no a sus peores temores», dijo Ronald Reagan a los Republicanos en la Convención de 1992. A los políticos les encanta retratarse de esa forma. En realidad, todos ellos apelan tanto a la esperanza como al miedo (y deberían). El discurso de Trump no sólo era largo, sino que también apelaba demasiado al miedo (de los terroristas, de los inmigrantes, de los políticos corruptos y los reporteros mentirosos). Le faltaba proyectar lo que quieren recibir los votantes americanos: esperanza. Clinton debería, sin duda, reconocer las cosas que temen los estadounidenses. Sin embargo, la tasa de desempleo del país, 11% en 2008, está ahora alrededor del 4%. La economía americana está sumando cada mes alrededor de 147.000 empleos. Clinton puede ser sincera en cuanto a los problemas y dar esperanza a los votantes con la visión que su eslogan de la convención presagia: “Avanzar juntos”.

2- Atacar a Trump de la manera correcta. No, Trump no llamó «ladrona» a Clinton. Sin embargo, la salvaje imagen que tiene Trump de ella es demasiado amplia. ¿Sus intereses particulares realmente tienen «un control total sobre todo lo que hace Clinton»? ¿la candidata demócrata ha propuesto realmente «la anarquía en masa»? Por supuesto que no.

Como consecuencia, Clinton se la puede devolver sin exagerar lo más mínimo. Puede refutar lo que Trump dice, utilizando las propias palabras que él dijo en las primarias, como, por ejemplo, cuando dijo que se oponía a la guerra de Irak. Hay mucha munición, y eso es más plausible para los votantes que los insultos. Y si se ciñe a los hechos, será más frustrante para los que se dedican a verificar con ansia los dichos y los hechos.

3- Obedecer a Aristóteles. Hace 2.500 años, Aristóteles nos mostró la forma de convencer a los demás: Logos (la razón), Pathos (la emoción) y Ethos (gustar a los demás). Al discurso de Trump le faltaban los tres. Clinton debería utilizar pruebas sólidas para convencernos, historias que toquen a los oyentes (e ingeniársela para gustar a los demás). Podría también utilizar una de las mejores maneras de persuadir: otorgarle un punto o dos a los republicanos para que piensen que lo que ella dice es razonable.

4- Hacer que los oyentes comprendan. Los estadounidenses tienen el nivel de lectura de un estudiante de 1º de la ESO, y por ello, Clinton no puede ser enrevesada. ¿Cómo se puede saber si lo ha conseguido? Activando las estadísticas de legibilidad de Microsoft Word en el ordenador. Esas estadísticas muestran que el 58.9% de la gente pudo entender el discurso de Trump de la semana pasada. Clinton lo puede hacer mejor con el uso de frases cortas y palabras simples: no utilizar «actualmente» sino «ahora», no usar «eliminar» sino «quitar», etc. Eso mantiene a la gente escuchando en vez de hacer que se vayan a la nevera a por una cerveza: frases más simples no tienen por qué significar ideas más simples.

5- Acordarse de los oyentes fuera del edificio. Por supuesto, los 4.700 delegados en el público aplaudirán. Pero, ¿qué pasa con los millones de personas que ven el evento desde su salón? (Especialmente en aquellos Estados en los que la mayoría cambia de manera intermitente entre la republicana y la demócrata a lo largo de las elecciones). Con 33 Estados votando lo mismo en las últimas cinco elecciones, Trump y Clinton deben luchar con más ímpetu para ganar sólo en once «Swing States» (o Estados que no son ni mayoritariamente demócratas ni mayoritariamente republicanos, como Colorado, Florida, Virginia y Ohio). No existe la más mínima evidencia de que el equipo de Trump haya mencionado los problemas específicos de dichos Estados, por lo que Clinton debería.

6- Abandonar cuando ella va por delante. Clinton sabe lo que es hablar durante demasiado tiempo: en 1988, su marido se pasó del límite de tiempo en la Convención Demócrata. Los medios de comunicación le ridiculizaron durante semanas. Muy poca gente sigue prestando atención a un discurso después de los primeros 20 minutos. El discurso de Obama durante la convención de 2012 duró 39 minutos (contando el aplauso): mucho tiempo. Una forma de saber si la multitud está atendiendo al final es contar las frases después de las cuales la gente ha aplaudido. En 2004, el candidato John Kerry consiguió sólo cinco en los últimos cinco minutos. El desconocido Barack Obama: 16.

7- Que la intención no sea sólo política. A veces, los discursos de las convenciones trascienden de lo político: Obama lo hizo en 2008. Mi ejemplo favorito es Mary Fischer, una republicana, en 1992, durante una época en la que existía mucha hostilidad hacia los infectados de sida. Fischer tenía el VIH, adquirido por una transfusión. Salió al escenario con un discurso que instaba a los republicanos a ver el sufrimiento de gente en su situación. El público la ignoró al principio, pero progresivamente comenzó a escuchar, ovacionando al final de una forma que todavía me pone la carne de gallina. Clinton tiene la oportunidad de hacer lo mismo, y aprovechar esa oportunidad sería un acierto. Muchos críticos le han acusado a menudo de no ser honesta, pero ahora, el discurso de Trump ha dado la oportunidad a Clinton de mostrar a los estadounidenses la persona acogedora y la visión optimista de EE UU que los votantes prefieren. Si ella lo hace de forma convincente, veremos si las encuestas de la mañana siguiente le dan la ventaja, o por el contrario, si se la otorgan a Trump.

Robert Lehrman es novelista y profesor de comunicación pública. Ha escrito discursos para decenas de figuras políticas demócratas, entre ellas el ex vicepresidente estadounidense Al Gore.