¿Nuevas reglas del juego?

La Razón
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Durante mucho tiempo las relaciones internacionales del Gobierno cubano se han limitado a lo estrictamente imprescindible: la imposibilidad de imponer sus reglas de funcionamiento fuera de su país, el temor de sufrir desaires, e incluso el miedo a una actuación judicial, similar a la que acabó con Pinochet en una cárcel británica, ha provocado que las relaciones internacionales de Cuba se restringieran a contactos con países aliados y a la participación en organismos internacionales en los que se les garantizaba la inmunidad. Esto ha mantenido de hecho a los altos dirigentes del Gobierno cubano prácticamente al margen de los grandes encuentros internacionales. El denominado «deshielo» de las relaciones con EE UU debería abrir, también en esto, una nueva etapa, que se debía ver en Panamá, pero no ha sido así. Más allá de las fotos históricas y los encuentros para el recuerdo, ha quedado reflejado que esta adaptación no resultará fácil.

Los opositores, miembros de la sociedad civil cubana que en su país no son reconocidos como interlocutores por parte del Gobierno, han hecho el esfuerzo de adaptarse a las nuevas reglas, y no han dudado en acudir a la cita con medidas concretas, como la reforma del sistema electoral y la legalización de asociaciones y partidos políticos. Como respuesta sólo han encontrado una serie de representantes de organizaciones sociales, directamente vinculados con el Gobierno que, de manera sistemática, y con la inestimable colaboración de sus socios venezolanos, no han dudado en entorpecer continuamente los distintos grupos de trabajo, con el declarado propósito de impedir la participación de estos grupos llegando incluso a expulsar abruptamente de los mismos a invitados oficiales como Guillermo Fariñas, Rosa María Payá o Lilian Tintori, esposa del opositor venezolano Leopoldo López, y no dudando en utilizar la violencia contra ellos.

Algunos han empezado a criticar la ingenuidad de la oposición que, después de más de 50 años de experiencia, sigue acudiendo allá donde es invitada, siempre fuera de sus fronteras, proponiendo soluciones para un país en el que siguen existiendo presos políticos, y donde, por poner un ejemplo, sería impensable que estas mismas organizaciones fueran invitadas a participar en un foro de estas características.

¿Existe acaso otro camino? No lo creo. El nuevo escenario que sin duda se ha abierto hace un mes ofrece a la oposición democrática cubana nuevas posibilidades, pero es necesario que el Gobierno cubano, y sus organizaciones satélites, acepten las reglas del juego, sin rebajar las normas básicas imprescindibles para que pueda producirse el diálogo necesario para cualquier encuentro internacional. Sólo así quizás algún día esas mismas normas, básicas y de las que disfrutamos en países como España, puedan ser una realidad también en Cuba.

**Prof. de Derecho Constitucional (Univ. Complutense)