¿Se puede anticipar un terremoto?

La historia de la investigación en terremotos, en su prevención, comienza hace más de un siglo, en 1906. Aquel año, San Francisco se vio asolado por el último gran movimiento telúrico. Los terremotos se producen debido al deslizamiento de placas tectónicas, grandes secciones de la corteza terrestre, la capa superficial de nuestro planeta (litosfera). Cuando las placas chocan entre sí se acumula una enorme cantidad de energía y se libera allí donde la corteza terrestre es más frágil, en una falla. En el caso del seísmo en Nepal, se produjo por el encuentro de dos placas, la Euroasiática y la India, esta última se mueve unos 45 milímetros por año. El choque de ambas fue lo que creó, a lo largo de millones de años, la cadena de los Himalayas. Y lo que liberó, en esta ocasión, una enorme fuerza destructiva al encontrar una vía de escape. La energía puede ser muy pequeña y apenas perceptible, equivalente a la que libera un relámpago, pero otras veces puede llegar a ser superior a la cantidad de energía eléctrica que consumen España, Reino Unido, Alemania, Italia y Francia en un año. Desafortunadamente no se producen con un ritmo determinado, no avisan con horas de anticipación, a veces ni siquiera minutos. Pese a toda la tecnología de la que disponemos en la actualidad, aún no logramos precisar cuándo se dará uno.

Al contrario de lo que sucede con los tsunamis, en los que es posible anticipar su llegada gracias al movimiento de boyas situadas en puntos estratégicos de los océanos, las ondas que producen los terremotos ocurren muy por debajo de la superficie de la Tierra. El movimiento de las placas tectónicas y su interacción es un fenómeno muy complejo que dificulta precisar el momento de origen de un terremoto. Aun así, los expertos no cesan en diseñar alertas efectivas que minimicen los daños. Ganarle apenas un minuto al terremoto puede evitar muchas muertes. Así actúa el programa de mensajes online ShakeAlert. Diseñado mediante la colaboración internacional de universidades de Estados Unidos y Suiza, ha colocado 400 sensores en California, región donde se ubica una de las fallas más activas del planeta, con el objetivo de detectar cambios mínimos. El propósito es que apenas uno de estos indicadores se ponga en marcha, se envían alertas (mediante SMS o un sistema de mensajería instantánea online, tipo Whatsapp o Telegram) a la población, los organismos públicos (escuelas y hospitales) y a las centrales energéticas. En la mayoría de los seísmos, las pérdidas de vida no se producen directamente por el movimiento, sino por los daños que estos provocan en infraestructuras. El proyecto ShakeAlert busca darle a la población la oportunidad de, por ejemplo, apagar el gas, detener vehículos, ubicarse en un lugar seguro.

También permitiría que el personal médico continuara con intervenciones sensibles y que preparen, junto a bomberos y Policía, las respuestas adecuadas. Bastaría ese minuto de preaviso para apagar las centrales eléctricas y que el daño no fuera tan grande. Pero existe un proyecto mucho más ambicioso que sería capaz de darnos aún más tiempo. La Administración Nacional de los Océanos y la Atmósfera (NOAA, por sus siglas en inglés) junto a la NASA planean utilizar satélites para señalar, con semanas de anticipación, una alerta de terremoto. Desde hace años los científicos debaten si existe la posibilidad de detectar la actividad electromagnética en la superficie para predecir la ubicación, fecha y magnitud de un terremoto. Esta teoría, conocida como método VAN por el apellido de quienes lo postularon es la que la NASA y la NOAA buscan poner a prueba. La idea es utilizar los mismos satélites que alimentan los GPS para detectar ondas electromagnéticas. Los satélites deberían adaptarse a ese propósito con instrumentos específicos, como tecnologías para detectar radiaciones de frecuencias extremadamente bajas o radiación infrarroja.

También llevarían cámaras infrarrojas y unas de las cenicientas de la Agencia Espacial Europea (ESA): el radar interferométrico de apertura sintética. Afortunadamente se lo conoce como InSAR o IfSAR. Se trata de un instrumento que es capaz de generar imágenes para analizar la deformación de centímetros en la superficie de un cuerpo. Debido a que las imágenes las obtiene de la radiación de la propia zona «fotografiada» y no de la luz ambiente, esta técnica permite también obtener imágenes de noche. La comparación sucesiva de los datos obtenidos con InSAR permitiría detectar cambios mínimos en una región y anticipar un seísmo. Pero para que esto ocurra la NASA debe poner a prueba el Método VAN. Hasta ahora, sólo otro grupo, aparte de los griegos, los ha evaluado con resultados exitosos. Pero ningún otro grupo ha logrado recrear los mismos resultados. Si la agencia espacial estadounidense lo logra, se convertiría en una herramienta salvavidas muy esperada en las zonas donde se encuentran las mayores fallas del planeta. Claro que, primero, habría que gestionar adecuadamente los protocolos de actuación para que nadie se aprovechara de la migración preventiva y la población no viviera en un estado de constante paranoia.