Una Cuba escéptica se enfrenta a su futuro sin Fidel

Un ballet de guerrilleras despide al comandante una semana después de su muerte. La caravana fúnebre llega al final de su trayecto

Las cenizas de Fidel Castro han recorrido 13 provincias hasta llegar a Santiago de Cuba, donde serán inhumadas

Un ballet de guerrilleras despide al comandante una semana después de su muerte. La caravana fúnebre llega al final de su trayecto

«Rebelde ayer e histórica y hospitalaria siempre», con este cartel en la entrada de Santiago de Cuba, la ciudad daba la bienvenida al cortejo fúnebre que escoltaba las cenizas de Fidel Castro. Es el último viaje del comandante. La plaza Antonio Maceo se preparaba ayer para rendirle homenaje póstumo al «barbudo». Desde bien temprano, trabajadores de diferentes organismos e instituciones preparaban todo para que estuviese listo el recinto. Se acondicionan las sillas, se prueban las luces, las transmisiones; en este escenario y ante la atenta mirada de presidentes bolivarianos como Evo Morales o Nicolás Maduro y ministros de las FARC, estaba previsto que el presidente Raúl Castro diera un discurso de despedida.

También estaba programado un ballet contemporáneo compuesto por mujeres vestidas de guerrilleras, varios niños ataviados con trajes milicianos cantando, algunos poemas, conciertos y emisiones de radio rebelde. «Qué nervios, imagina que falla el sonido mientras habla Raúl, alguno se queda sin el rancho», dice en tono jocoso uno de los operarios, quien además confiesa que quiere acabar pronto para ver si puede ir a un hotel y ver el partido del Barça-Real Madrid.

Frente a él se erige la imponente figura esculpida en 90 toneladas de bronce, del Mayor General An­tonio Maceo. Constituye la representación artística del héroe de mayor dimensión en el país, con 16 metros de alto. Aunque algunos ya comentaban que podría estar en proyecto una escultura aún mayor de Fidel. Son sólo rumores pero entre los artistas ya se habla de esto. «Él era un ególatra, con gran fascinación hacia su propio mito. De hecho, ayer en la Plaza de la Revolución apagaron las luces que iluminan los rostros del Che y Camilo Cienfuegos para dejar iluminada sólo la gran bandera del comandante en jefe, puesta en su honor», comenta un herrero que prefiere no dar su nombre. Alberto Lescay, autor fundamental del recinto, señala: «Fueron muchas las ocasiones en las que Fidel visitó esta obra colectiva, para conocer cada detalle y su marcha constructiva, porque sin duda era un objetivo supremo para la dirección del país».

«Nacimos en un país libre que nos legaron nuestros padres, y primero se hundirá la isla en el mar antes que consintamos ser esclavos de nadie», puede leerse en una foto también con el rostro de Fidel, encendiéndose un puro, junto al Che. Forma parte de una exposición realizada especialmente para la ocasión en esta plaza.

En las escalinatas de la Sala de la Llama Eterna, varios niños son maquillados con los colores de las bandera cubana. En sus cachetes un pájaro y una flor acompañan el escudo. «Me llamo Fidel porque nací el mismo día que él, vine a darle un beso para que no este solo», dice. A su lado un grupo de hombres enfundados en batas de doctor marchan hacia la plaza. «Somos el ejército blanco de Fidel», comenta Oswaldo, un oftalmólogo que acaba de llegar de Caracas, tras trabajar en una de las Misiones. «Recuerdo que cuando hice la primera operación de cataratas en el barrio del Petare, la señora salió del consultorio gritando «milagro, esto es un milagro». Hoy somos mas de 1.470 oftalmólogos con misiones en países africanos, Paraguay, Qatar... Algunos compañeros incluso agarraron el ébola en Sierra Leona por cumplir con nuestro deber. El comandante nos regañaba si se enteraba de que cobrábamos nuestros servicios», asegura.

Tras la muerte de Fidel a los 90 años y tras días de luto en la Plaza de la Revolución, donde miles de personas desfilaron para dar su último adiós al dictador, sus cenizas han recorrido 13 provincias hasta llegar a Santiago –apodada la novia del comandante, por su histórico significado–. Aquí comenzó todo con la toma del cuartel de la Moncada y aquí paradójicamente, acaba todo hoy. La inhumación se efectuará en el cementerio de Santa Ifigenia, donde el 1 de enero de 1959, Castro proclamó el triunfo de la Revolución cubana. Ésta vez sí parece que la ceremonia se celebrará en la intimidad familiar.