Aldeanismo brutal

Aquí no se aspira a reformar la Carta Magna. Quieren otro texto con derecho independentista para Señoríos ( Vizcaya) y Condados (Cataluña) que emula en desquicio el cantonalismo de la I República.

SIGLO XX, la NODRIZA DEL NACIONALISMO. Hasta Stalin hizo prevalecer la «madrecita Rusia» frente al cruel pragmatismo de las acerías y blindados de la URSS
SIGLO XX, la NODRIZA DEL NACIONALISMO. Hasta Stalin hizo prevalecer la «madrecita Rusia» frente al cruel pragmatismo de las acerías y blindados de la URSS

Volé a Córdoba, centro universitario, industrial y geográfico –relativo de Argentina– y completos mis cuadernos de notas carreteé hacia las serranías circundantes, a Alta Gracia, pueblo residencial de tuberculosos, para visitar la tumba de Don Manuel de Falla. Cumplido el rito funeral acudí a la casa del último Virrey del Río de la Plata donde se subastaban sus muebles, adquiriendo por miseria dos butacones que, restaurados, aún me duran. Santiago de Liniers y Bremond fue un oficial naval francés al servicio de España, arrojado, competente, aventurero y, por supuesto, un mercenario, pero también un hombre de honor.

Después que el vasco Blas de Leza, cojo, manco y tuerto, hiciera huir de Cartagena de Indias a una flota varias veces superior en número a sus escasas fuerzas, la flota inglesa intentó por dos veces la invasión de Buenos Aires, siendo rechazada por el marino francés. Habiéndose nombrado un nuevo Virrey que nunca llegaría a tomar posesión, dieron el interinato al marino francés por su pericia militar. Liniers, espada en mano y a la cabeza, saco a la chusma portuaria de la Boca, San Telmo, El Riachuelo, y, cuerpo a cuerpo, arrojó a la infantería inglesa al delta del Paraná. Ya se estaban insurreccionando los criollos en el Cabildo de la ciudad, no llegaba el Virrey y ofrecieron a Liniers unirse a la conjura independentista. Prefirió ser fusilado antes que faltar a su palabra al Rey de España. Leza y Liniers, un vasco y un francés, son representativos de lo que sería un nacionalismo político correcto.

El alcalde de Móstoles y los sublevados el 2 de mayo sabían muy poco, o nada, de la Revolución Francesa, y aquella patriada la preñó un nacionalismo de xenofobia por cuanto hasta 1812 no se reconoció que la soberanía residía en el pueblo y no en su monarca. Mejor José I Bonaparte («Pepe Botella» para el vulgo aunque era abstemio) que el absolutismo de Fernando VII. Exiliado Napoleón, tropas francesas, los Cien Mil Hijos de San Luis, entraron en España y nadie alzó un trabuco. Desde aquel españolismo fallido, nuestra Historia hace una elipsis hasta el franquismo. El 98 fue una llorera, una depresión nacional y el buen caldo de cultivo de un regeneracionismo (escuela y despensa) que nadie puso nunca en práctica. Cánovas: «Es español el que no puede ser otra cosa». Antonio Machado: «La España de charanga y pandereta...» y hasta el «que inventen ellos» de Miguel de Unamuno. El largo tránsito franquista no podía ser otra cosa que rehén de un nacionalismo desvirtuado (Franco y sus conmilitones eran hijos de la guerras marruecas) y adosado a los triunfantes totalitarismos de su época. «España es una unidad de destino en lo universal». Quien suscribiera hoy esta frase (algo lírica) sería tachado de fascista por pertenecer al discurso fundacional de Falange por José Antonio Primo de Rivera, y luego difundida «ad nauseam».

Sin embargo, es una cita textual de José Ortega y Gasset que ha quedado inservible. Y es que la suerte de hemiplejia mental (también Ortega) entre derechas e izquierdas impera desde hace casi tres siglos, y distribuyendo el nacionalismo a las primeras, hace desconfiar a las segundas. Don Pelayo, que no fue nacionalista español, pasa a ser símbolo de la construcción del país, y el conde Don Julián traidor por antonomasia por abrir el Estrecho a Greb-al Takil (Gibraltar) y las hordas musulmanas de un nacionalismo de cuando no existían los nacionalismos. El nacionalismo es romántico y decimonónico, muy de Shelley y Lord Byron, y del «Frankestein» que escribió la mujer del primero. Una historia de retales humanos camino de la liberación griega de los otomanos. El nacionalismo hizo del siglo XX el más cruel de la Historia, y hasta Stalin prevaleció la madrecita Rusia sobre la URSS para enfrentarse a los caballeros teutones. El nacionalismo heroico ya fue y no se recuperó ni con la descolonización de la postguerra mundial. No existe nacionalismo en los dos Congo, aunque en Asia destacara Vietnam por haber sido un pueblo imperialista en Indochina. Hoy el nacionalismo se degrada hacia la formación de nuevas fronteras en el mundo de la globalización y la internalización de la economía y la cultura, y sus patéticos ejemplos corresponden a Kosovo y Sudán del Sur. Desde Alemania los politólogos difundieron el concepto de «patriotismo constitucional» cuya razón suplía el sentimentalismo nacional. Para nosotros el problema reside en que contamos con fuerzas políticas que no aspiran a reformar la Carta Magna para adecuarla a nuevas necesidades, sino que quieren otro texto, republicano y confederal, con derecho independentista para Señoríos ( Vizcaya) y Condados (Cataluña) que emula en desquicio el cantonalismo de la I República.

El único nacionalismo español es el de la sociedad conservadora, la mayoría silenciosa, gran colchón protector de los ejercicios sobre el alambre de la clase política. El pueblo soberano sí es españolista pero con la practicidad de la bandera. La bandera de España no viene de un acto heroico, ni de una mala copia ni de un capricho dinástico. La Armada tenía problemas de identificación nocturna y entre brumas, y sus ópticos dieron con que la combinación de colores rojo y gualda era la más visible en tiempos adversos para mantener unidas las flotillas. Carlos III ordeno que se izara ese pabellón señalero en el torrotito de sus naves, y, por las mismas razones lo convirtió en bandera nacional. Aborrecer la enseña constitucional es como odiar el faro de la escollera.