Berlín

La madre de Alemania

Angela Merkel explota la imagen de la líder protectora que ha mantenido a los alemanes a salvo de la crisis

Cartel electoral de Angela Merkel visto desde la ventana de un coche en un lluvioso día en Berlín
Cartel electoral de Angela Merkel visto desde la ventana de un coche en un lluvioso día en Berlínlarazon

Angela Merkel explota la imagen de la líder protectora que ha mantenido a los alemanes a salvo de la crisis

A pocos metros del Bundestag y la Cancillería en Berlín, cuelga un enorme cartel electoral de 2.400 metros con un fotomontaje de Angela Merkel que muestra a la canciller uniendo sus manos en uno de sus habituales gestos. «El futuro de Alemania en buenas manos. CDU», se puede leer. Este «monstruoso culto a la personalidad», en opinión de la oposición socialdemócrata (SPD), explota abiertamente la imagen creada por «Angie» durante sus ocho años en el poder y recuerda más a la propaganda nazi que a la discreta República Federal. Preguntada por qué cruza las manos en forma de diamante, la aludida responde que no significa nada. Para el semanario «Der Spiegel», en cambio, «es el póster más honesto de toda la campaña», en alusión a que el programa electoral de la Unión Cristianodemócrata (CDU) se reduce a una sola palabra: Merkel.

A pesar de que en los últimos tiempos intenta mostrar su lado más humano, la canciller, considerada por la revista «Forbes» la mujer más poderosa del mundo, es percibida por los alemanes como una mujer discreta, pragmática e incluso fría. En opinión de su biógrafo, Gerd Langguth, Merkel «es una persona cerrada que aprendió bajo el régimen de la RDA [República Democrática Alemana] a no expresar nunca lo que piensa».

Aunque nació en Hamburgo (Alemania Occidental) en 1954, Merkel forjó su personalidad en la República Democrática Alemana (RDA), donde ha vivido 35 de los 59 años de su vida. Un mes y medio después de nacer Angela Dorothea Kasner, su padre, un pastor protestante, se trasladó con su familia a vivir a Templin (Brandemburgo), a 80 kilómetros al norte de Berlín, para hacerse cargo de una parroquia.

Para la opinión pública germana, su jefa de Gobierno ha sido el timonel que ha conducido al país en las turbulentas aguas de la crisis económica y financiera y que vela por los contribuyentes en las cumbres europeas. De ahí que sea apodada «mutti» (mamá en alemán) por su tono pedagógico, más propio de una madre que de un político. La formación científica de esta doctora en Física explica en gran parte su carácter pragmático y realista, según sus admiradores, o frío y calculador, según sus críticos. De su sangre fría dio buena cuenta cuando el año pasado no se inmutó cuando un camarero le tiró encima cinco cervezas en una fiesta electoral en Baviera.

Prueba de su personalidad es la soporífera campaña electoral que está protagonizando. Favorita en todas las encuestas –catorce puntos de ventaja sobre el SPD–, pasa de puntillas sobre los asuntos más espinosos (la intervención en Siria, el ciberespionaje o la crisis del euro) y se dedica a cantar las loas del «mejor Gobierno alemán desde la reunificación». Evita hablar de siglas y de programas, e incluso elude nombrar a sus rivales, a los que denomina eufemísticamente «competidores». Así, no pronunció el nombre del aspirante socialdemócrata a la Cancillería, Peer Steinbrück, hasta que se vieron las caras en un plató de televisión durante el debate televisivo del 1 de septiembre. Entonces, incluso se dirigió a él como una profesora que regaña a un alumno. Y es que el aspirante socialdemócrata fue ministro de Finanzas en el primer mandato de Merkel y, en consecuencia, éste reclama también para sí parte del éxito económico de la locomotora alemana.

Pero la popularidad de Merkel y la certidumbre de que será reelegida dentro de una semana no pueden explicarse sin su olfato político. Consciente de la avanzada edad del electorado tradicional de la CDU, la líder democristiana se ha lanzado a una permanente carrera por el centro político alemán que incluye asumir sin escrúpulos las ideas y promesas electorales de sus rivales. Así, tras ser una acérrima defensora de la energía nuclear, Merkel dejó atónitos a sus correligionarios al anunciar el «apagón» de las centrales atómicas alemanas para 2022 tras el accidente de Fukushima en 2011. Con este giro copernicano, «Angie» robó el principal banderín electoral a Los Verdes, lo que abre la puerte a un eventual pacto de gobierno. Más recientemente, la canciller no ha tenido escrúpulos en adaptar en su programa iniciativas del Partido Socialdemócrata, como el salario mínimo, los alquileres asequibles o la equiparación fiscal para las parejas homosexuales.

Este giro ideológico, que ha creado malestar entre los sectores más tradicionales de la CDU, ha provocado una creciente despolitización del país. Así, un 70% de los alemanes reconoce que no es capaz de distinguir las diferencias entre los grandes partidos. La reducción a la mínima expresión del debate político en Alemania no parece, sin embargo, preocupar a la pragmática Merkel. «No creo que la gente quiera oír las diferencias todo el tiempo. Quieren que se resuelvan sus problemas», zanja. Como resultado, los institutos de opinión predicen un aumento de la abstención y un alto índice de indecisos. Uno de cada tres alemanes no decidirá su voto hasta el día antes.

Polémica visita a Dachau

Que el Holocausto y el asesinato de seis millones de judíos pesa sobre la conciencia de los alemanes es algo conocido. Pero que una canciller visite un campo de exterminio nazi en plena campaña electoral resulta totalmente novedoso. Así lo hizo en agosto Angela Merkel. Acompañada de varios supervivientes, acudió a Dachau para entonar el mea cualpa nacional: «La mayoría de los alemanes no hizo nada para ayudar a los perseguidos». Para la oposición socialdemócrata, en cambio, el gesto fue inoportuno, pues se produjo a penas un cuarto de hora antes de acudir a un acto electoral en una carpa cervecera. Situado a 20 kilómetros de Múnich (Baviera), Dachau fue el primer campo levantado por el régimen nazi y en él murieron alrededor de 40.000 personas.