Políticos sin amor

Artur Mas, buscando el amor de los suyos para conservar y guardar su Gobierno, se ha encontrado con menos amor y con más odio

SIGUIENDO A CICERÓN. A Mas le quedaría el consuelo de que el menguado amor de los suyos vendría a compensar el odio de los otros
SIGUIENDO A CICERÓN. A Mas le quedaría el consuelo de que el menguado amor de los suyos vendría a compensar el odio de los otros

Artur Mas, buscando el amor de los suyos para conservar y guardar su Gobierno, se ha encontrado con menos amor y con más odio

Artur Mas, presidente de la Generalitat de Cataluña, ha declarado en un libro que lleva por título «Servir a Cataluña. Artur Mas, el hombre, el político, el pensador» (sic) que «van descaradamente a por mí (...) me he convertido en el objeto de deseo más perverso por parte de algunos. Soy un personaje odiado en algunas partes de España y, concretamente, en Madrid. A mí han intentado hundirme y lo seguirán intentando». Las razones de este odio las atribuye el presidente del principado al hecho de haberse pasado a liderar la causa independentista cuando ésta se manifestaba en las calles de Barcelona. De modo que por ganarse el amor del pueblo que protestaba le ha caído el odio de los que se ven agraviados con su nueva actitud. Lo que no parece haber ocurrido es que a cambio del odio de unos haya recibido un mayor apoyo de los catalanes. Así, tras lanzarse a liderar la petición de independencia, las expectativas puestas en la convocatoria de unas elecciones anticipadas que sirvieran para capitalizar en su persona el amor de su pueblo se vieron defraudadas y, lejos de asegurar su frágil gobierno, le condujeron a una situación de debilidad extrema. Mas, buscando el amor de los suyos para conservar y guardar su gobierno, se ha encontrado con menos amor y con más odio.

Nicolás Maquiavelo, en un libro que ahora cumple quinientos años, «El Príncipe», se ocupó del mismo tema que preocupa a Mas, esto es, cómo conservar y guardar el poder cuando uno es un gobernante precario. Para contestar a esta apremiante coyuntura y como buen humanista, Maquiavelo se hace eco de lo que los clásicos han dicho sobre el particular y, en concreto, el gran Cicerón. Eso sí, con la peculiaridad que le hace incomparable de ni citarlos ni venerar lo que nos dicen. Como lamentablemente ya no tenemos la cultura clásica sobre la que reflexiona Maquiavelo, es necesario recordar que Cicerón señaló en «De officiis» que el que la Fortuna nos sea favorable o desfavorable, que se incline a uno u otro lado, depende de la «concurrencia de los hombres con sus fuerzas y sus aspiraciones» de modo que el gobernante, valiéndose de los hombres, puede forjar su destino. Así pues, el político ha de saber qué efectos tienen sus actos sobre los hombres para poder así hacer que la Fortuna le sea favorable. Es por ello que nos dice que «de todas las cosas no hay ninguna más apta para guardar y conservar nuestro poder que ser amados, y nada más contrario que el ser temidos» porque «al que temen, lo odian, y cada uno de los que lo odia desea su muerte». Desde luego, Mas es un temerario que expone a muchos a riesgos innecesarios y de ahí el odio que nos dice concita en algunas partes de España y en particular en Madrid. Hablando de la muerte de César, el tirano, Cicerón nos dice que la fuerza del odio es inmensa: «No hay poder que pueda resistir el odio de muchos» y su muerte da testimonio «de las fuerzas que tiene el odio de los hombres para causar la ruina de los tiranos». Para Cicerón, el odio conduce a la perdición del gobernante, pero el amor, en cambio, es el mejor guardián de un poder duradero, «lo guarda toda la vida».

Así pues, siguiendo a Cicerón, a Mas le quedaría el consuelo de que el menguado amor de los suyos vendría a compensar el odio de los otros, de forma que pudiera conservar su poder. Pero Maquiavelo, siempre puñetero, dice algo distinto. Para empezar, el florentino habla de una crueldad piadosa y de una piedad cruel. La primera consiste en hacer aquellas cosas difíciles que habrán de traer el bien a la comunidad en el futuro; la segunda consiste en halagar al pueblo sabiendo que los resultados serán desastrosos. Dice además Maquiavelo que lo mejor sería ser temido y ser amado a la vez, pero esto pocas veces puede conciliarse. De manera que, si hay que elegir, es mejor ser temido, porque el amor vale poco para conservar el gobierno. Es «mucho más seguro» ser temido que ser amado. Y lo argumenta por referencia a la naturaleza de los hombres: ingratos, volubles, hipócritas, falsos, cobardes y codiciosos, que te siguen mientras les beneficies pero cuando llega la dificultad te abandonan. Es entonces cuando es más fácil ofender al que se hacía amar, pues carece de consecuencias dejar de amar, que al que se hacía temer, pues el miedo al castigo no nos abandona nunca.

De modo que hacerse amar como forma de conservar el gobierno es algo peligroso para el gobernante precario porque los hombres cambian de opinión según les vaya, y el amor se puede transformar en desobediencia o, aún peor, en odio. Porque para Maquiavelo, a diferencia de Cicerón, el temor, hacerse respetar, no es lo mismo que el odio. Pero cuando se tocan las haciendas de las personas, entonces tanto el amor como el temor se transforman en odio. Y aquí sí coinciden Maquiavelo y Cicerón, cuando se levanta el odio entonces es imposible guardar el poder.