¿Te quejas o actúas?

Como periodista busco información y me aburro releyendo mantras, tópicos y consignas calcados, redundantes, pero entre tanta morralla he encontrado algo de poesía

¿Y ustedes, queridos, se han planteado ayudar en esta crisis o en cualquier otra?
¿Y ustedes, queridos, se han planteado ayudar en esta crisis o en cualquier otra? FOTO: La Razón (Custom Credit)

¿Saben que los restaurantes más cool (qué hortera palabra y qué difícil de sustituir) de Kiev están cocinando para los hospitales, los ancianos y los soldados día y noche? Esto lo he leído en un periódico ucraniano, eso y un editorial donde decían que Putin no se va a detener en Ucrania…

Calamidades personales he presenciado varias, pero lo más parecido al desastre colectivo que he vivido, imagino que ustedes también, ha sido la pandemia que va para dos años y ya no nos sorprende, qué horror. Eso y el ataque filoménico que hasta nos hizo gracia, pobres diablos. Por eso me resulta muy difícil conectar con lo que está ocurriendo en Europa y comprender.

No he asistido a una guerra, ni ustedes tampoco, podríamos decir que somos jóvenes, en este caso, o que la última contienda en España sucedió hace muuuchos años. Mi padre me ha contado que recuerda correr de niño con su mamá escuchando bombardeos no tan lejos y el tío Miguel, que en paz descanse, no se cansaba de enseñarnos, de pequeños, la cicatriz del tiro que le pegó “un rojo” en el trasero…

Mi padre me cuenta de las cartillas de racionamiento, y cómo conseguían algunos otros productos para dignificar su despensa a través de una allegada monjita que les ayudaba… Creo que eso y las lecciones de historia en el colegio y la universidad, y algunos libros, pocos, y estupendas películas, series y documentales son todo lo que conozco de la guerra.

Como periodista busco información y me aburro releyendo mantras, tópicos y consignas calcados, redundantes, pero he encontrado en medio de toda esta avalancha de informaciones estereotipadas algo de poesía, que quisiera compartir aquí, empezando por el hecho de que no existen buenos ni malos.

Como siempre observo dos clases de personas ante el apocalipsis, los que se quejan y los que se mueven.

Ya saben, la gente no para de decir lo triste que está por los bebés ucranianos; en la calle, en el supermercado, en el banco, todo son “ayes” y dignidades boquiabiertas (si no se santiguan compulsivamente es porque ahora se lleva el ateísmo); muchos españoles publican la banderita, y cómo y cuantísimo lloran y como algunas veces, tras leer los nuevos partes acerca de las felonías del villano Putin, se arrojan sobre sus mullidas y pulcras camitas desbordados por la tristeza y la impotencia. Esto no es una exageración, lo ha publicado una española muy seguida y muy lista en su newsletter, y miren, admiro su exquisita sensibilidad, pero yo resueno más con los que se lamentan un poquito menos y ponen sus recursos al servicio de las víctimas, del bando que sean. ¿Y qué pasa con los rusos? ¿Las mujeres y las niñas rusas (esto lo diría mezquinamente Irini Mintiri)?

Tengo un amigo al que admiro cada día más, primero porque es divertidísimo (ya saben lo que decía Wilde, no se lo voy a repetir) segundo por su sentido avezadísimo de la estética y tercero porque no va de nada, pudiendo; quizá de frívolo, desdramatizando, como esta su querida narradora. Y justamente en su inteligencia despresurizadora me decía hace unos días que no le interesaban nada los quejicas del mundo. Los quejicas de la Tierra, coincido con él, son seres egoístas, egocéntricos e inmaduros y algo mucho peor, aburridos… Aurelio (así se llama mi amigo) me decía que a ver si pensando en esto que les ocurre a los ucranianos, forzados a abandonar sus hogares, viendo como su alrededor se derrumba literalmente… a los quejicas del mundo se les pasa un poco lo de darle vueltas a su “mierdecilla” sin parar.

Aurelio y su mujer, que es un tesoro repleto de monedas deslumbrantes y piedras preciosas, han acogido a una familia de refugiados de la guerra en su casa, una madre con sus hijos.

_Pero, ¿cómo? ¿Por cuánto tiempo? _ pregunté admirada y al mismo tiempo escéptica.

Lo primero que llegó a mi cabeza fue veneración absoluta y lo segundo perdónenme ustedes, Viridiana, la película de Buñuel donde una caritativa cristiana acoge a un grupo de vagabundos, a quienes brinda refugio y alimento pero que, a pesar de ser menesterosos, no son buenos ni agradecidos y finalmente la atacarán y robarán.

_El tiempo que sea_ respondió sonriente, feliz, sereno, sin un miligramo de preocupación ni de tensión.

¿Puede haber algo más gratificante que dar? _Lo digo sinceramente, aunque parezco, yo misma, Viridiana, que era una novicia un poco tonta.

¿Y ustedes, queridos, se han planteado ayudar en esta crisis o en cualquier otra? Está claro que este nuevo conflicto bélico no es el único problema del planeta ni los involucrados los únicos seres humanos en situación de vulnerabilidad.

Cada día la vida coloca a muchas personas necesitadas de nosotros, económica, profesional o afectivamente justo delante de nuestra nariz. Ojalá no lo olvidemos y cuando nos levantemos de llorar de indignación de nuestras confortables camitas y nos enjuguemos las lágrimitas, después de suspirar y escribir lo tristes que estamos y lo malo que es Putin, nos quede tiempo para alumbrar un poco la aflicción de nuestros semejantes de carne y hueso.