Carlos León: La maldición del plátano

Pintor

Carlos León
Carlos León

Carnívoro por una herencia ineludible, lo suyo con la fruta canaria se ha convertido en una fobia

Carnívoro por una herencia ineludible, lo suyo con la fruta canaria se ha convertido en una fobia

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La perfecta merienda

-De primero: unos puñaditos de granos de granada pulverizados con limón y miel. Se puede añadir alguna especia a gusto del comensal.

-A continuación unos percebes, que son muy fáciles de preparar, tan sólo hay que hervirlos.

-Plato principal: tartar de carne, bien frío. Con su carne bien picada, mostaza en grano, cebolla muy picada, alcaparras en vinagre, aceite y yema de huevo. Como carne, elegir el solomillo o ternera.

-Esta comida se acompaña con un wiski de malta fuerte; con un Lagavulin casi helado.

Hás «vinófilo» que «gastrófilo». Así se define Carlos León, aunque tras su entrevista con este diario el poso que deja es que más bien padece lo que podría denominarse «cocinafobia». Antes se empleaba bastante, pero ahora no le va demasiado, o al menos prefiere dedicar su tiempo a otros menesteres, especialmente a su profesión y pasión, la pintura. «Mi cocina son los cuadros», reconoce.

Aislado del mundanal ruido en su casa de Torrecaballeros, en Segovia, ultima la exposición que abrirá el próximo 16 de septiembre en la sala Alcalá 31 de Madrid. Se llamará «Pink Requiem», una retrospectiva de toda su obra en la que recopila sus trabajos desde los años ochenta hasta ahora. Por aquellos años, León sí que se afanaba entre los fogones: «Ahora la más aplicada es mi chica en estas tareas», confiesa.

Y claro, con ese apellido chocaría que no se definiera como «carnívoro». «Me gusta mucho la carne. Viví mucho tiempo en el campo y allí todos eran cazadores. Por entonces se me daba de lujo preparar, por ejemplo liebres, codornices», explica. Además, según argumenta, el hecho de que su madre fuera castellana, exactamente del pueblo vallisoletano de Fonbellida de Esgueva, sirvió para reforzar su pasión por las carnes. «Allí se crían los mejores corderos que he comido en mi vida. Además, esa zona, ribera del Duero, tiene unos vinos tintos...», dice al tiempo que se le hace la boca agua.

Aunque lo suyo es más la cocina tradicional, no se niega a disfrutar de una buena cena japonesa. «Las vanguardias gastronómicas también me gustan y es que en definitiva, el comer es uno de los grandes placeres, y más dentro de nuestra cultura», dice.

Para compensar los excesos, en ocasiones también prueba el pescado, eso sí, «poco manipulado, al vapor, con un chorrito de aceite». Y si de su madre absorbió la pasión por la carne, de su padre, andaluz, heredó el gusto por un buen «gazpachito». «Fresquito, en verano, es maravilloso... e inevitable», asegura.

León afirma que también siente un gran interés por el asunto de los vinos. Ahora ha descubierto uno, el Belondrade y Lurton, que dice que es el mejor verdejo que ha probado. «Tiene 14 grados, es muy puro, sin aditivos. No es barato, pero merece la pena», confiesa.

Si tuviera que eliminar algún plato o producto de la faz del planeta, «elegiría el plátano», dice divertido. «Pero más bien es por cabezota, no porque no me guste. De pequeño me obligaban a comerme uno todos los días, y le cogí una manía... Así que hice un juramento conmigo mismo en el que me dije que jamás probaría otro. Y de momento, lo estoy cumpliendo», explica. El resto de la fruta, la tolera, así que no hay más problema. Además, recurre a ella para analizar la estrecha relación que existe entre la pintura y la comida. «En el arte sido muy fuerte la tradición del bodegón, una naturaleza muerta, pero que denota la atención de los pintores por los asuntos culinarios. Desde Grecia hasta hoy, estamos rodeados de este tipo de pinturas», sentencia.

Y en la pintura, al igual que en la gastronomía, la cuestión es conseguir el punto exacto, la belleza, el atractivo que enganche al que observa o al que come. «Es cuestión de talento y actitud. Todo depende del toque de gracia», añade.

Mi restaurante favorito

«Se lo conoce como el “bar de Bernardos”. Es un local en la plaza de Torrecaballeros, Segovia. Es singular, auténtico y sus escabechados son sencillos y maravillosos».