Genoveva Casanova: «Jamás hay que aceptar que te levanten la mano»

Genoveva Casanova
Genoveva Casanova

Debuta como escritora con «El llanto de los elefantes» (Espasa), la historia de superación de una mujer que, a partir de una encrucijada, comienza un viaje iniciático por India.

Transmite tranquilidad, pero es consciente de que su debut como escritora es una prueba de fuego. El lunes lo presenta en Madrid con la certeza de que va a ser observada y, ¿por qué no?, juzgada. Pero como su protagonista, Hellena Torner, ha hecho un viaje interior del que quiere despojarse de ser sólo carne de la Prensa del corazón. Está en ello y piensa que está dando los pasos adecuados.

–Aunque el personaje experimenta una evolución, aborda un personaje femenino que afronta una situación de maltrato. ¿Cómo le surgió esta inquietud?

–Desde que era pequeña mis padres me enseñaron que jamás hay que aceptar que un hombre te levante la mano. Nunca. Mi padre, que era marine de los Estados Unidos y estuvo en la guerra de Vietnam, era un hombre con unos principios muy sólidos. Pero la verdad es que las mujeres tendemos a fantasear con la realidad y luego nos podemos encontrar con situaciones de agresión, ya sea física, verbal o emocional. Estas situaciones nos llevan a una encrucijada en la que los conceptos de felicidad se resquebrajan. Sólo se pueden hacer dos cosas: o dejarnos capturar por el dolor o encontrar un nuevo sentido de la felicidad.

–La protagonista, Hellena Torner, inicia un viaje exterior e interior en India y se impregna de su espiritualidad.

–Lo enfoqué basándome en mi experiencia en el país, al que he acudido en numerosas ocasiones y donde tengo muy buenos amigos. India es un país contradictorio: por una parte tiene unos paisajes maravillosos, con la belleza física de sus mujeres, con su elegancia. Luego está el sufrimiento más crudo que te puedas imaginar. Es un país que mucha gente no soporta, porque no aceptan esa dualidad. No queremos ver el sufrimiento, algo que no nos ayuda a crecer como personas.

–Y la protagonista conoce otra forma de amor...

–He intentado, y tengo la sensación de que sólo se queda en eso, contar la historia de una mujer que descubre que el verdadero amor no se limita a una relación cotidiana de pareja o al contacto físico. Que hay mucho más que enclaustrarse en un mundo idealizado que no nos satisface.

–Tengo entendido que le interesan mucho los proyectos de cooperación, en India hay muchos. ¿Ha participado en ellos?

–Las labores solidarias me interesan desde hace mucho tiempo. Empecé en México. Allí realicé mi primer viaje, a la sierra de Oaxaca, en un pueblito donde hay un proyecto maravilloso: a los niños, además de procurarles una educación, les preparan como músicos. Algunos hasta han obtenido becas en orquestas internacionales.

–¿Cuándo le nació esa necesidad de ayudar?

–Hace unos 18 años. En ese momento en mi país se vivía una gran ebullición social por el maltrato a la población indígena. Mi primera manifestación fue una marcha por la paz que iba desde el Ángel de la Independencia hasta la plaza del Zócalo. El entonces presidente Felipe Calderón también estaba. Recuerdo otra concentración, también en el Zócalo, donde se establecieron numerosos puntos de ayuda para recolectar dineros para la población indígena. Había un concierto y, los músicos pararon de tocar porque, acababa de ocurrir una nueva matanza en Chiapas. Recuerdo a toda las personas que estábamos allí llorando.

–¿Le duele México?

–Es un país de contradicciones. Hay una red de intereses muy complejos que es muy complicado que cambien. La violencia ha disminuido en México D. F., la economía está creciendo, pero en otras zonas no ocurre lo mismo. Me duelen muchas cosas pero por otra parte estoy muy orgullosa de ser mexicana. La violencia no nos define ni como país ni como ciudadanos.

–Creemos que todos sabemos sobre su vida, que la conocemos perfectamente...

–No es así. Me da pena la imagen que quieren proyectar de mí. Es evidente que me casé con una persona muy conocida (se refiere a Cayetano Martínez de Irujo) que provenía de una familia como los Alba que estaba muy presente en la Prensa del corazón. No reniego de ello, porque también me dio la oportunidad de trabajar y lo agradezco muchísimo porque me permitió sacar adelante a mi familia. En esos momentos, estábamos pasando una situación muy difícil porque mis padres estaban enfermos. Pero desde hace unos años hay límites de mi vida privada que intento proteger, porque si no te quitan toda tu intimidad y te terminan destruyendo.

–Por lo que dice está decepcionada con la Prensa.

–A veces sí. Recuerdo que, tras el terremoto de Haití viajé en varias ocasiones allí con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Intenté hablar de ellos con algunos periodistas, pero no les interesaba. Sólo me preguntaban por la familia, si tenía una nueva pareja... No había manera. Yo pensaba: «¡Con lo que ha pasado en Haití que os puedo contar y sólo os interesan banalidades!».

–¿Cómo se vuelve a la normalidad cuando se experimentan situaciones tan excepcionales?

–Mire, nunca vi nada igual. Estaba el país totalmente destruido y ese rostro de desamparo de las personas... Volver a nuestra situación tan acomodada cuesta un poco porque tienes que hacer un reciclaje emocional.

–Me ha comentado que su padre estuvo en Vietnam. ¿Le habló de aquella experiencia?

–Sí. Cuando él consideró que yo estaba preparada, me dijo: «Genoveva, acércate a la tienda, compra unas cuantas cervezas que tenemos que hablar de lo que viví en Vietnam». Y así nos pasamos varias noches. Vivió unas situaciones durísimas que afortunadamente mucha gente ha podido conocer al ver algunas películas, como «Apocalipse Now» o las de Oliver Stone.

–¿Hace usted lo mismo con sus hijos, Luis y Amina, les habla de las situaciones de miseria que ha visto en India y en Haití?

–Vivimos en una burbuja. Lo que hay allá fuera no tiene nombre. Por eso a veces me parece que protestamos por auténticas tonterías. Les cuento cosas que les puedan conmover. Una Navidad me los llevé al albergue del hospital de San Rafael. Estaban un poco asustados, la verdad. Tuve que obligarles. Pero cuando llegaron se relajaron.