Larrañaga, el más grande y único amor de Ana Diosdado

Sus conquistas fueron célebres, desde Emma Penella, Lina Canalejas o María Asquerino, pero el novio español de Ava Gardner cayó rendido a la inteligencia de Diosdado

Carlos Larrañaga y Ana Diosdado se casaron, para sorpresa de todos, en Londres
Carlos Larrañaga y Ana Diosdado se casaron, para sorpresa de todos, en Londres

Sus conquistas fueron célebres, desde Emma Penella, Lina Canalejas o María Asquerino, pero el novio español de Ava Gardner cayó rendido a la inteligencia de Diosdado

No era como ahora la evocan, llena de simpatía, don de gentes y hasta gracejo. Difiero de todo lo evocado, glosado y acaso exaltado. Quizá cambió en los últimos tiempos con las dos enfermedades, pero no en sus veinte años con Carlos Larrañaga –su único marido, porque Juan Diego fue un juvenil traspiés, bastante traumatizante– a pesar de trabajar juntos en «Olvida los tambores». Era una mujer reservada, hosca, tímida, desconfiada o acaso miedosa. Nada empática. Lo contrario de lo que ahora dicen, porque la muerte tiene esas cosas glorificadoras. Ella hacía años que no estaba entre los grandes autores estrenistas más que superada su bien cultivada onda de progre hija de supuestos exiliados. Que también están por ver las auténticas razones que llevaron a Enrique Álvarez Diosdado –su verdadero nombre menos pomposo, que el luego escogido teatralmente– a instalarse en Buenos Aires.

La madre de Larrañaga tenía una lengua estilete, elegancia y saber decir más allá del tablado. La temía hasta el también acerado Jacinto Benavente, hoy en el olvido como muchas creaciones de la autora. Le costó realizar su último estreno, «El cielo que nos tienen prometido», donde cuenta singular y doble duelo entre Teresa de Jesús y la todopoderosa príncesa de Éboli, retablo histórico de los que Ana no prodigó afanada en lo actual tras ser tildada, o más bien tomada, como la autora progre copia de Sagán o Simone de Beauvoir. «Los 80 son nuestros» durmió una década en sus cajones. Le cambió el título, adaptándolo al nuevo tiempo como «Los 90 son nuestros». Quedaba la esencia protestadora y rebelde, pero tan sólo como reflejo de un tiempo superado que ya no compartía. La estrenaron sus hijastros, Amparo Larrañaga y Luis Merlo, Toni Cantó y Lydia Bosch. Repartazo como en el que en 1978 había reunido a María José Goyanes y Manolito Collado para el estreno español de «La gata sobre el tejado de zinc». Ana no caía bien y eso torpedeaba sus intentonas. Aunque las tuvo logradísimas con «Y de cachemira, chales». Ansiosa de estar sobre el tablado, versionó ese drama sobre la insatisfacción marital que supone «La gata», gran creación de Taylor-Newman.

Y Ana se deslumbró con Carlos Larrañaga. Le hacía mucha gracia mientras a ella le inspiraba respeto. Él me decía: «Oye, que Ana hace días que no viene por aquí, llámala», –se refería al Teatro Marquina donde arrollaban con el conflicto entre la insatisfecha «gata» y su marido.

Un año después, Ana locamente entregada a Carlos, entre la sorpresa general, creyó que la inteligencia ganaba desbancando a las bellezas, que siempre rodearon al padre de una saga donde hoy sobresale con mucho Luis Merlo. Pasó de galán con pinta de italiano a un actor tan robusto como su abuelo Ismael Merlo. Carlos fue un James Dean a la española y más varonil y rudo que el original. Tiene un atractivo físico casi salvaje, tan sólo dulcificado por unos ojos verde uva que cautivaron a una Diosdado colada por él. Nadie entendíamos nada y lo tomamos por pasatiempo snob de quien fue pareja española de Ava Gadner. Sus conquistas fueron célebres, desde Emma Penella, Lina Canalejas o María Asquerino. Era el don Juan imbatible del cine español, siempre jaleado en el Café Gijón por las tertulias de Paco Rabal. Al año de convivencia, Ana y Carlos anunciaron boda londinense. Pero nadie les creyó porque no enseñaron los papeles. Se ponían España y su estrecha moralidad por montera. Parecían locos el uno con la otra. La pareja perfecta. Ella, una mujer admirable. Con Carlos fue muy feliz, no hubo más amores y acabaron complementándose, siendo tan distintos.

El amor entre ellos fue primero regocijo extrañado y luego rendida convicción. No contentos con su enlace inglés, repitieron boda al carnavalesco estilo de las de Camacho: en un hotel toledano, y lo recuerdo casi zarzuelero y vendido al «Hola» en auténtico debut parejil por su hijo Pedro. Carlos y Ana se entendían y soportaban, aunque ella lo intimidaba, –asegura María José Goyanes.

–¿Intimidar a Carlos? Cuesta creerlo cuando en torres más altas y hermosas había velado.

–Pues fue así. En los últimos tiempo estaban cómodos, apoltronados, e iban cada uno por su lado hasta que...

Surgió Pilar Velázquez y él abandonó a Ana con la celeridad de siempre. Pilar era viuda de Miguel Gallardo y, aunque separados, lo cuidó hasta el último minuto. Por eso él correspondió dejándole, además de sus derechos de autor, un vitalicio del que vive sin trabajar. Esto ocurrió antes de surgir la valenciana de traca y petardos, de cuyo nombre no pienso acordarme, y de que apareciese ese póstumo ángel de la guarda que resultó Ana Escribano, madre de Paula, hija póstuma de una saga de cinco. Sus hermanos ni la conocen. Qué extraña familia. No hay que darle vueltas, Carlos fue el más grande y único amor de Ana. Lo afirmo tras una amistad de cuarenta años, –concluye la Goyanes. Si ella contara...