Tomás Terry: «Cayetana de Alba fue educada como una reina»

Cuando se cumplen 25 años del Sicab, el dueño del hierro «El Bocao» recuerda a su amiga la Duquesa, a quien hoy ofrecen una misa en la sevillana Iglesia de los Gitanos por el segundo aniversario de su muerte

Tomás Terry/ Ganadero

Cuando se cumplen 25 años del Sicab, el dueño del hierro «El Bocao» recuerda a su amiga la Duquesa, a quien hoy ofrecen una misa en la sevillana Iglesia de los Gitanos por el segundo aniversario de su muerte

Hay casi 70 países en el mundo que crían caballos de pura raza española, PRE, pero tan sólo uno organiza una feria dedicada única y exclusivamente a ellos en España y, en concreto, la ciudad de Sevilla. Durante una semana de noviembre la ciudad vive volcada en este acontecimiento internacional, donde se mueve tal volumen de negocios que es uno de los dinamizadores económicos de Andalucía. No es de extrañar, ya que mil ejemplares de caballos y trescientas ganaderías muestran lo mejor de cada cuadra. Una clásica de este salón, porque es presidenta de honor y porque los caballos son su pasión, ha sido la infanta Elena, que lleva un par de años sin pasear por este albero.

En la sombra, urdiendo los hilos, está Jaime Molina, que también es ganadero. Otros clásicos en estos 25 años de salón ecuestre son Tomás Terry y su íntima amiga Cayetana de Alba. «¡Cuánto la echamos de menos!», dice Terry, «este año coincide con el segundo aniversario de su muerte y habrá un funeral en la iglesia donde están depositadas sus cenizas, al que irá su viudo, Alfonso Díez, que está muy bien de ánimo, aunque la echa tanto de menos que siempre la tiene presente en todas las conversaciones». De ahí que tomemos a Terry como oráculo de estos 25 años del Sicab: «Me pidieron que echáramos una mano y así lo hice». Terry es un caballero de ojos azules que usa la palabra con maestría y las relaciones públicas con señorío. Es ganadero, su familia tiene el hierro «El Bocao» y han criado los mejores caballos, esos que montaba Bo Derek semidesnuda por las playas gaditanas para promocionar el Brandy Terry, también de la familia.

–¿De pequeños les daban un chupito de brandy para ir haciendo paladar?

–Entonces era tradicional que antes de bajar a la playa o después del baño nos dieran una copita de vino dulce o abocado para entrar en calor. Era fantástico; lo hemos tomado todos y, a día de hoy, no somos alcohólicos, nos arrebataba. Se me quedó impregnado ese olor del vino porque a las comidas también se le añadía. Cuando nos lavaban el pelo, también nos ponían vinagre de Jerez, e incluso vivíamos pegados a las bodegas.

–Usted, que va todos los años a Buckingham –y próximamente a Escocia– con el príncipe Carlos de Gales, ¿ha invitado a la familia real británica a Sevilla?

–Nunca han venido, ni tampoco han comprado ningún caballo, porque ellos tienen otro tipo de caballos. El príncipe Carlos me encanta, es estupendo, pregunta por todo y a mí siempre me dice: «Usted ha venido ya mucho por aquí», a lo que yo le contesto: «Creo que después de Manuel Colonques y la Preysler, he sido el que más veces ha venido».

–Hace años, también conoció a Jackie Kennedy; ¿qué tal era la viuda de JFK?

–Ella vino a Sevilla y se alojó en el Palacio de las Dueñas invitada por Cayetana. Por cierto, eso fue el mismo año en que estuvieron Grace Kelly y Alberto de Mónaco, pero los príncipes se alojaron en el hotel Alfonso XIII. En vez de ir en unos de los muchos carruajes que hay en la Casa de Alba, Jackie quería montar a caballo por las calles, así que le dejamos dos: «Descarado», para ella, y «Nevado», para Cayetana. Con ellos se pasearon por toda Sevilla. Las dos eran grandes amazonas.

–¿Cómo era su amiga Cayetana de Alba?

–Excepcional, guapísima y muy puntual. Ella jamás ha llegado tarde. Era capaz de llegar antes y hacer tiempo dando vueltas a la manzana hasta que era la hora. Era disciplinada, sus obligaciones pasaban por delante de todo. Fue educada como una reina; la educación de Cayetana estaba fuera de lo corriente.

–Cayetana, genio y figura, ¿verdad?

–Fíjese cómo sería que cuando el pabellón de Marruecos invitó a Cayetana a visitarlo le regalaron una montura de cuero repujado y ella, con un flamenquito que había, se lanzó a bailar rumbas. Por entonces ya era novia de Alfonso Díez, aunque ese día no estaba con ella, pero sí que andaba por allí Ortega Cano, que, muy animado, se pegó a la Duquesa a bailar, agarrándola de la cintura, y cuando Alfonso vio esas imágenes por televisión le dio un ataque de ansiedad.

–Cuestión de celos...

–Sí, como cuando invitaron a Gina Lollobrigida a la cena de gala del hotel Alfonso XIII. Iba con Javier Rigau y en la mesa sentaron a Carmen Lomana al lado de su novio. Entró en cólera diciendo que quitaran a esa rubia del lado de Rigau.

–¿Y qué impresión le dio Ivana Trump cuando estuvo en su ciudad?

–Estupenda. Sólo tuvimos que pagarle el billete de avión desde Estados Unidos y el hotel. No pidió nada más. Además, le encantan los caballos, nos dijo que ella tiene unos cuantos. Lo único que me pidió fue que, como le iban a hacer fotos y preguntas y no iba a poder probar bocado, la llevase a cenar antes. Así que la acompañé a cenar comida española: paella, un pescadito frito y jamón.

–De las famosas que han pasado por el Sicab, ¿quién se lo ha puesto más difícil?

–Sophia Loren, porque no quería hacer nada. Venía con su representante y eso es fatal porque muchas veces no son las «celebrities», sino los representantes los que lo dificultan todo. La Loren acababa de rodar «L’oro di Napoli», donde cantaba el «funiculí, funiculá». Buscamos el disco por todos los sitios, conseguimos una carroza para que diera la vuelta al ruedo antes del espectáculo ecuestre y, cinco minutos antes del «show», el representante nos dice: «La señora no va en carroza». Saqué como argumento que el carruaje era igual que el que usaba la reina madre inglesa, a sus 101 años. Al rato, el representante regresó y me dijo: «La regina es la regina y la señora es la señora. No va en carroza».

–¿Y las que mejores recuerdos han dejado a su paso?

–Sin duda Diandra Douglas, Daryl Hannah y Bo Derek, que hasta aprovechaba para comprar caballos. A Bo le gustaba tanto que vino varias veces. También estuvieron aquí Catherine Deneuve y Alain Delon, que se tomó veinte mil copas y se lo pasó estupendamente, hasta que el mánager apareció para llevárselo (aunque él quería seguir divirtiéndose).

–¿Hay algo que tengan en común todos los famosos en el entorno en el que trató con ellos?

–Sí, el denominador común de todas las «celebrities» es que a todas les encanta el jamón. Sophia Loren sólo quería comer jamón y Deneuve se llevó uno debajo del brazo cual termómetro. De hecho, su representante pidió otro. Al cabo de los días se lo mandaron y llamó enfadado quejándose de que el suyo no era como el de la actriz, sino que le habían mandado paletilla. Recuerdo también a Latoya Jackson, que quiso vestirse de flamenca –y la persona que me ayudaba, Silvia Peris, tuvo que prestarle uno de sus trajes porque no era fácil– y que se sentó delante de un plato de jamón y según se le acababa, pedía otro.

–Tras tantos años en el Sicab rodeado de personajes y de gente común, ¿cree que la sociedad ha cambiado para bien o para mal?

–Todo cambia. En mi niñez era como una cuesta que se iba subiendo poco a poco, pero de repente se ha transformado en acantilado. A principios de los años cincuenta nosotros íbamos desde el puerto de Santa María a Jerez en coche de caballos y tardábamos hora y media. De eso no hace tanto, y ahora suena como a la época de las diligencias. Es cierto que ese tiempo ha muerto, pero ahora la sociedad está menos encorsetada, todo el mundo hace ahora un poco más lo que quiere, las cosas suceden de modo más natural. Quizá se ha perdido un poco de educación y de buenas maneras. Y siempre es bueno que el dinero cambie de manos.