Sandra Golpe: «Mi padre nos despertaba con Camarón de la Isla, era muy cruel»

Tiene el síndrome de casi todos los comunicadores de televisión: se muestra ante la cámara con soltura, aunque es tímida en las distancias cortas. Este año ha estado repartiendo juego entre la avalancha de noticias a las que se enfrentaba cada día en «Antena 3. Noticias 1» y ahora en «Espejo público» .

Sandra Golpe
Sandra Golpe

Tiene el síndrome de casi todos los comunicadores de televisión: se muestra ante la cámara con soltura, aunque es tímida en las distancias cortas. Este año ha estado repartiendo juego entre la avalancha de noticias a las que se enfrentaba cada día en «Antena 3. Noticias 1» y ahora en «Espejo público» .

Debe estar en el ADN de los que nos dedicamos a esto de informar. Sandra Golpe no solo está pendiente de los titulares que puede arañar de una entrevista; también de los que le puede dar a quien esto escribe. Sale con los periódicos en papel, ¡gracias!, del plató de «Espejo público» con el subidón de adrenalina de quien ha estado cuatro horas en directo y se ha levantado a las cinco de la mañana, pero no pierde la sonrisa. Tampoco la perspectiva. Hija de una familia de «currantes», lleva a San Fernando en la piel y a su hijo y a su familia en las entrañas. Cuando habla de ellos le brillan los ojos. Son su debilidad, los que le han hecho más fuerte.

–Ahora presenta «Espejo público»... ¿En qué espejo se mira usted?

–En David, mi hijo. Aún siendo pequeño, tiene doce años, me sorprende con observaciones que me dejan helada. Es muy sensato. Y también en mis seres queridos que, además, son muy críticos conmigo. Es algo que les agradezco porque los halagos te debilitan. Antes de que digan «¡qué bien!, prefiero que sean honestos y que me den un palo si es necesario. Con mi familia me tocó la lotería.

–El niño ya es un pre adolescente. ¿Teme que llegue el momento de que deje de ser el amor de su vida?

–Por ahora es muy hogareño y «madrero». Tenemos una relación muy profunda, aunque esto que estás comentando sucede de un día para otro. Hoy eres su princesita, la mejor del mundo y quiere que le acompañes todas las noches a leer un poco a la cama y, de repente, como ha pasado este año, se va de campamento y te dice: «¡Déjame en paz, eres una pesada!». Entre la revolución de hormonas y que están conformando su identidad, se rebelan. Y la primera con quien lo hacen es con su madre. Creo que es necesario... Se van distanciando, pero lentamente volverá.

–¿Cuál es su primer recuerdo de la infancia?

–Camarón de la Isla. Mi padre nos despertaba todos los sábados con él, algo que era muy cruel. Acabábamos odiándole a él y al flamenco. Sin embargo, fíjate, es uno de los recuerdos más bonitos y ahora se me saltan las lágrimas cada vez que lo oigo. Luego, lo típico: a mi hermano corriendo todo el día y mi madre detrás de él, las playitas, el olor del mar, cómo era el carnaval, la Semana Santa...

–Pero Camarón sigue ahí...

–Claro, aunque tengo que reconocer que el primer disco que me compré era de Whitney Houston. Mis padres ni sabían quién era; es más, mi progenitora me dijo: «¿Quién es esa negra que grita?». En el fondo me daba vergüenza porque entre mis amigas era la única que la conocía. Ellas eran más de Hombres G. Pero es que me gustaba todo de Houston: lo guapa que era, cómo cantaba... Me sabía todas sus canciones.

–Pues el día que se falleció se debió de llevar un disgusto.

–Me dieron el pésame mi familia y mis amigos. La verdad es que soy un poco friqui. Nunca la vi en directo, aunque tengo todos sus conciertos grabados, y sí que tengo un autógrafo que me regalaron. Justo cuando murió, una amiga estaba en Nueva York y le dije que fuese inmediatamente al teatro Apollo, en Harlem, para que lo fotografiase porque estaba segura de que iban a poner un cartel en su honor.

–Usted, como muchos de su generación, era carne de «Los 40 Principales».

–Claro, en esa emisora empecé a escuchar pop y rock. Y, por supuesto, otro de mis ídolos era Michael Jackson.

–Creo que su muerte le pillo trabajando.

–Sí, en el informativo matinal de Antena 3. Recuerdo que yo insistía en que había que mantener la señal constante con el hospital donde le llevaron y de las multitudes que iban llegando. Los editores me miraban y decían: «Pero chiquilla, con hacer una pieza de información ya está. Pero al final se rindieron. Me pasé esa madrugada traduciendo sus canciones para hacer un cierre musical. Ahora que lo pienso, el día que descubrieron el cuerpo de Amy Winehouse yo estaba en los informativos de fin de semana. Me da incluso un poco de cosa decirlo, parece que soy un gafe para los músicos. Estoy convencida de que la música es el arte más elevado que puede expresar el ser humano junto con la poesía.

–¿Ha sucumbido al «Despacito»?

–Lo bailo y me hace mucha gracia, pero ya está. Pero para disfrutar tengo otros autores. Constantemente estoy explorando. Soy muy inquieta, un día escucho a Vetusta Morla, otro a David Bowie y a Alicia Keys.

–¿Cuántas veces ha pronunciado durante este año ante la cámara dos palabras: Donald Trump?

–¡Uy!, no te sé decir y lo peor de todo es las que nos quedan por nombrarle.

–Yo, la verdad, no sé ya en qué sección colocarle: si en Internacional, en Rarezas y Curiosidades...

–La realidad es que nos está dando mucho juego y ha revitalizado la escaleta de Internacional. Es el producto más interesante de los populistas. Además hace política vía Twitter. A las dos de la tarde, hora de España, ya tenemos un «tuit» de él, que puede ser que sea una de las noticias del día. Y, sí, tienes razón, entre él y su entorno...

–¿No le da Melania, su esposa, un poco de pena? No se me va de la cabeza aquella visita al Vaticano.

–Normal. Tengo la imagen de ese pañuelo, o lo que fuese, que se pusieron ella e Ivanka. Nunca lo entendí. Luego esa imagen toda vestida de negro y en un segundo plano. Proyecta una imagen muy hermética. Pena no me da. Si está ahí es porque quiere.

–Bueno, estar, no mucho porque los Trump apenas conviven.

–Se sabe que cuando hacen alguna visita oficial, ella se aloja en un hotel y él en la residencia oficial del embajador del país en el que visiten. Y aún no se ha traslado a la Casa Blanca. Supongo que en este curso les veremos más juntos, porque la gente necesita saber cómo funciona esa familia o lo que quieren mostrar de sí mismos.

–¿Y qué me dice de Pedro Sánchez? Creíamos que no íbamos a decir su nombre y vuelta a los titulares.

–¡Bueno, el renacido! Ya ha logrado lo más difícil, que ha sido imponerse en su propio partido y al aparato del mismo. Por lo tanto, yo no descarto que pueda ser una opción alternativa a medio plazo de Mariano Rajoy. Además percibo que, desde su regreso, está siguiendo una estrategia muy inteligente. Ya no se expone tanto a los medios ni dice lo primero que se le pasa por la cabeza. Se nota que está más relajado y está eligiendo a su equipo con más conocimiento de los activos de futuro del PSOE. Este otoño va a ser muy interesante.

–Antes, las vacaciones. Cómo cambian los tiempos. Nuestros progenitores apenas viajaban y nosotros conociendo mundo.

–La situación entre unos y otros es abismal. A mi padre le vi muy poquito porque trabajaba de sol a sol. Siempre nos decía: «Os dejaremos la educación, porque a lo mejor herencia no habrá». Se equivocaron porque gracias a ellos conocimos España. Subíamos a Galicia donde estaban mis abuelos, de ahí nos íbamos a Portugal. Año tras año conocíamos un lugar. Yo era la típica pesada que siempre vomitaba en el coche, lo que era una tortura para mis hermanos y mis primos. Este país es precioso, pero es verdad que la siguiente generación buscamos otros destinos, como Croacia o Montenegro. ¿Sabes qué me gustaría?

–¿Qué?

–Dar la vuelta al mundo. ¿Te imaginas? Tengo muchas ganas de viajar porque ahí sí que tengo un déficit. He estado muchos años criando a mi hijo, que me encanta, pero evidentemente ha limitado mis salidas. Como a toda madre de familia. Espero empezar a hacerlo poquito a poquito y con él.

–¿Cuántas veces le dicen sus amigos que desconecte en verano?

–¿Tú puedes?

–No.

–Es imposible y sí que es verdad que al final te termina pasando factura. Tengo la suerte de que gente muy cercana a mí, empezando por mi hijo, me obligan a hacerlo. Pero dedicándote a la información, yo no sé tú, pero lo primero que hago por la mañana en cuanto abro un ojo es palpar dónde está el móvil. Antes lo primero era buscar las gafas, pero como me operé de miopía, empiezo a tocar la mesilla. Antes de ponerme de pie, ya sé lo que ha pasado durante la noche.

–Es una adicción.

–Lo reconozco, pero para mí es muy placentera, aunque reconozco que me atan en corto. Cuando me piden que me olvide de él, lo intento, aunque me cuesta casi la salud porque me pongo muy nerviosa. Me acuerdo que cuando empecé a trabajar en CNN+ tenía que escribir las autopromociones, las notas de prensa y otros asuntos. Trabajaba de ocho de la mañana hasta las diez de la noche, no tenía ni tiempo para comer. Un día se lo comenté a mi jefe y me dijo: «El periodismo es como un sacerdocio». Yo pensé: «¡Este tío está flipado!» Pues no, es verdad.

–Se le ve muy tímida. ¿Le incomoda que le reconozcan por la calle?

–No me pasa, porque vivo para la información. Y estoy muy contenta. Apenas tengo vida social y cuando quedo con las amigas, entre que una tiene niños, otras están en pareja, a lo que hay que sumar los compromisos laborales, ¿qué quieres que te diga? Al final nos reunimos en casa. No es necesario salir a la calle, ya hace tiempo que perdí el gusto de ir a los bares. Sin embargo, también hago una vida cotidiana pero, vamos, no soy como Susanna Griso que mide 1,80. Yo, en cuanto me quito los tacones, el maquillaje y me pongo una coleta no me conoce ni mi prima. ¿Sabes lo que más me incómoda? Las críticas que recibes a través de las redes sociales.

–¿Ha sufrido acoso virtual?

–No sé si llamarlo así. Hace unos años sí que me preocupó porque ocurrieron un par de casos que me dieron un poco de miedo. Uno de ellos me escribía hasta cuatro mensajes. Pensé: «Bueno, no me ha dicho que me va a matar, pero en fin...». Lo que me hace daño es que, a través de las redes, personas que no te conocen de nada te juzgen por trabajar en determinado medio de comunicación. Me da mucha rabia.