¿Por qué los bebés se aferran a nuestro dedo gordo?

La evolución ha esculpido nuestros cuerpos para dotarlos de mejores herramientas

Ese modo en el que agarran no es otra cosa que un reflejo palmar heredado de cuando éramos monos trepadores
Ese modo en el que agarran no es otra cosa que un reflejo palmar heredado de cuando éramos monos trepadores

Si queremos aprender algo sobre la evolución de las especies podemos acudir a dos fuentes de información: ir a un museo de historia natural o mirarnos en el espejo. Y es que nuestro cuerpo es un tesoro que alberga numerosas huellas de la historia evolutiva de nuestra especie. Aunque no todas ellas son tan evidentes como nos gustaría y otras nos causan cierto pudor.

Trate, por ejemplo, de poner el brazo sobre una mesa con la palma hacia arriba. Ahora una el dedo pulgar y el meñique sin levantar la mano. Usted pertenecerá a una de estas dos categorías: en su brazo aparecerá un tendón protuberante (como ese que tienen los pollos en las patas) o en su brazo no aparece nada raro. Si pertenece al primer grupo, usted tiene un músculo vestigial que el 15 por ciento de la población ha perdido: el Palmaris lungus. Este músculo no le confiere más fuerza de agarre ni ninguna habilidad especial. Simplemente es un resto de cuando necesitábamos usar la fuerza de las extremidades superiores para deambular entre los árboles. Hoy los primates menos cercanos a nosotros, como los lemures, tienen un Palmaris lungus muy grande. Los primates más cercanos, como el chimpancé, lo tienen más pequeño. Y casi uno de cada cuatro humanos lo hemos perdido en al menos uno de los brazos. Hay otros músculos en el cuerpo que hoy no sirven para nada y que heredamos de nuestros ancestros. Algunas personas pueden mover las orejas gracias a que tienen activados los músculos auriculares anterior y posterior. También es un vestigio evolutivo (éste conservado por casi toda la población) que se nos ponga la piel de gallina al emocionarnos.

Pero quizá el remedo más tierno de que somos primates sea la capacidad de los bebés de agarrarse fuertemente a todo aquello que toca la palma de su mano. Ese modo sublime en el que nuestro retoño nos agarra el dedo gordo no es otra cosa que un reflejo palmar heredado de cuando eramos monitos trepadores y teníamos que encaramarnos sin dificultad a la rama de un árbol. De hecho algunos estudios demuestran que un recién nacido podría soportar todo su peso colgado de una barra fija en el techo. Todos estos ejemplos son pruebas de que la evolución ha actuado esculpiendo nuestros cuerpos para dotarlos de las mejores herramientas de supervivencia y para borrar las condiciones desfavorables para sobrevivir. Aunque las funciones eliminadas siguen dejando una huella de por vida.