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Protocolo para Dummies: el estornudo y el pañuelo

Me atrevería a decir que las personas de estornudo pequeñito que he tratado a lo largo de mi vida no me hablan, y si lo hacían, lo harán menos desde ahora. Sin ánimo de ofender, ya que no me mueve otro instinto que el de informar, desde niña, supe que mis relaciones con esa clase de personas no prosperarían.

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Pero les pongo en antecedentes: uno de los más reiterativos y paradigmáticos fenómenos del verano y del calentamiento global, queridos míos, es el resfriado y las infecciones en vías aéreas provenientes del mal uso o del abuso de los hielos y del aire acondicionado.

El tema, como probablemente ya habrán experimentado no es en absoluto moco-de-pavo; yo llevo una semana constipada, estornudando y tosiendo envuelta en una bufanda mientras en el despacho, mis compañeras disfrutan del aire acondicionado; a mi alrededor, entre mis amigos, familiares y vecinos o en el autobús observo que el asunto va tomando tintes de pandemia y por eso voy a contarles, lo que opino al respecto.

Como la mayoría de las mujeres españolas de mi edad, me eduqué en un colegio de monjas, donde aprendí que todas ellas_las monjas_ estornudan remilgadamente, casi en silencio, emitiendo de salida, un desagradabilísimo, aunque leve, confuso, defectuoso, gangoso e ininteligible ronquido.

Por suerte, al llegar a casa, me rodeaba el talante espontaneo, desacomplejado y generoso de mis padres y hermanos, cuyos estornudos propiciaron que mi madre hiciera construir una columna dórica a la entrada de mi casa para así agarrarnos a ella en caso de necesidad.

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No voy a identificar ahora a los religiosos con los que estornudan para adentro, Dios me libre, pero, sin temor a equivocarme, diré que aquellos que no resuelven contundentemente un estornudo son los mismos que forran los libros con papel de periódico para que les duren mil años.

Los estornudos pequeñitos, son propiedad de los tacaños, económicos y biográficos, materiales y morales: ¡Mezquinos! ¡Y no fallo!

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Ya de adulta_compartirán mi experiencia_me he topado varias veces en las empresas donde he trabajado con personas de esas que ahorran en estornudos. Personas_ tristes, descoloridas_que se privan del orgásmico arrobo, natural como la vida misma, inocuo, vital y valiente acto de estornudar para musitar sus blanduzcos gruñidos creyéndolos elegantes.... ¡ay! ¡Temerosos! Los estornudos con sordina son de cobardes, miedicas y esquizoides... ¡Que sí!

No sé qué piensen ustedes, en mi opinión, los estornudos contenidos distinguen a personas contenidas; o de una innata frialdad emocional o aplanamiento de la afectividad que sustituyen con edulcoradas expresiones y/o empalagosos ademanes compensatorios.

No duden, lectores míos, por más que les guste alguien: el que estornuda de esa forma es cursi y probablemente hipo sexual.

Quien no remata con inteligencia, desprendimiento y liberalidad un simple estornudo... ¿en la cama? Mejor no hablar.

Y ¿qué decir del pañuelo? ¿Conocen acaso la conducta más decorosa o acertada en materia de contención mucosa?

Punto número uno, si tienen que sonarse en presencia de otras personas y no pueden abandonar la estancia, la primera regla de urbanidad y consideración es alejarse unos metros o ante su imposibilidad, darse uno la vuelta.

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Nunca, bajo ningún concepto (incluyendo el descubrimiento de una flagrante infidelidad o la defunción de un familiar de primer grado) observen el contenido del pañuelo después de haberse limpiado la nariz. ¡Jamás!

Limítense a cerrar el pañuelo con elegancia y dignidad y no se detengan escatológicamente en ningún detalle por entretenido que les pueda parecer.

En cualquier caso, aquí está su amiga, su hermana mayor del protocolo y el buen gusto para aclararles todo lo relativo al moquero cuando lo necesiten.

¿Y qué hay de los clínex?

Los pañuelos desechables de celulosa se inventaron en la primera guerra mundial para sustituir los carísimos vendajes de algodón entre otros usos de los hospitales. Al terminar la Guerra, esas enormes cantidades de celulosa se promocionaron entre los maquilladores y estilistas de artistas Hollywoodienses.

Más adelante, de manera espontánea y dada su versatilidad, el pañuelo de papel comenzó a ser utilizado para sonarse uno las narices así como para limpiar cualquier superficie viva o inerte.

En 1936, una nota explicativa en el interior de las cajas de Kleenex, recogía hasta cuarenta y ocho usos posibles adicionales. A mí se me ocurren cuarenta y nueve.

Reconozcan, señores y también ustedes señoras que, en algún momento lastimero de sus historiales médicos o de sus biografías sentimentales, se han visto rodeados de blancuzcas bolitas de papel de celulosa o clínex usados.

Yo, como cualquier ser humano, confieso que he atravesado llantinas de rollo de papel higiénico incluso; un paso más en cuanto al descrédito y la degradación de la personalidad adulta cuando atraviesa momentos bajos emocionales o físicos.

En conclusión, si sienten humedecerse su ojos o su nariz, saquen el pañuelo sencillamente, sin alardes ni movimientos bruscos, se vuelven, se suenan y lo guardan en sus bolsillos o bolsos; nunca en la manga si no van a representar cualquier personaje de Chus Lampreave.

Guardar el pañuelito en el pecho o el escote es tan de quinta, tan de madama, que miren, tiene gracia.