Cine

«La La Land» no da para más

Es una película polémica pese a sus 14 nominaciones a los Oscar. Emma Stone está mejor observando que moviendo las piernas y la personalidad muy varonil de Ryan Gosling se la zampa, aunque no tiene el virtuosismo bailón de Fred Astaire

«La película de Damien Chazelle es una pura, simple y descarada operación “revival”. Barre, llena, entusiasma, decepciona o cabrea...»
«La película de Damien Chazelle es una pura, simple y descarada operación “revival”. Barre, llena, entusiasma, decepciona o cabrea...»

Es una película polémica pese a sus 14 nominaciones a los Oscar. Emma Stone está mejor observando que moviendo las piernas y la personalidad muy varonil de Ryan Gosling se la zampa, aunque no tiene el virtuosismo bailón de Fred Astaire

Está claro que «La La Land» es una película polémica. Provoca críticas furibundas y rendidas pasiones. Lo mismo pasa de los dos millones en el estreno a 1.700.000 el siguiente fin de semana. Las catorce nominaciones a los Oscar han servido de empuje, aunque parece ofensivo que en su récord pueda competir con «Eva al desnudo», duelo interpretativo de Bette Davis y Anne Baxter que luego convirtieron en un musical de éxito. Lo titularon «Applause». Vi su estreno en Broadway con una Lauren Bacall elegante que no llegaba ni a la subida de cejas de Bette. Luego la sustituyó la Baxter de prota, sin empaque ni grandiosidad. A la pobre le endilgaron los trajes de Lauren, supongo que acortados y que no eran ni de su estilo. Posteriormente hizo gira, lo que me permitió ver en Miami a Faye Dunaway, que años después me inspiró lástima en Palm Beach encarnando a Maria Callas en aquel engendro teatral supuestamente biográfico. Nati Mistral, que anda en un tristísimo me voy o no me voy, ay, se negó a estrenarla en Argentina.

¿Dónde está el éxito entusiasmado frente a las críticas contra la aquí titulada «La ciudad de las estrellas» remarcando que va del Hollywood de los años 50, su época dorada? Fue la de los grandes musicales que quiere homenajear este pretencioso filme emulando muy de lejos a los de Ginger Rogers, Fred Astaire, Vera Ellen o Gene Kelly, únicos de un género donde fueron estrellones. «La La Land» es un bien intencionado tributo. No da para más. Emma Stone está mejor observando que moviendo las piernas y la personalidad muy varonil de Ryan Gosling se la zampa, aunque no tiene el virtuosismo bailón-bailona de los citados, quizá falte Mickey Rooney, a quien con Lina Morgan y emparejado a Anne Miller, virtuosa del tap, vimos en un teatro de Broadway. Los llevé ilusionado a su debut en la meca de los escenarios, la cómica torció el gesto diciéndome ante su hermano José Luis y Tony Luján, componentes del cuarteto espectador: «En Madrid lo hacemos mejor». Me descorazonó porque cada butaca en la reventa me había costado 250 dólares. Y mientras Manhattan adolece de nuevos éxitos musicales, salvando «Hamilton» y el aniñado «Aladino», se limita a exhumar y 18 años después resiste «El rey león», que debe de tener la melena encanecida como las sienes que periódicamente me blanquean con mechas en Moncho Moreno.

Eso desconcierta, contrasta y despista ante las catorce nominaciones para una película que no tiene coreografías innovadoras como «West side story», tampoco el exotismo de «Ana y el rey de Siam», versionada por Yul Brynner. Su viuda, Doris, sigue por la alta costura parisiense como símbolo de un tiempo ido y un Hollywood melancólico que mira hacia atrás a la «recherche» de un tiempo admirable.

«La La Land» no da la talla si pensamos en los ya clásicos como la serie de «Melodías de Broadway», con Eleanor Powell y Robert Taylor antes de emparejarse con la Garbo –sólo en el cine, no desbarremos– o las clásicas «Top hat», «La alegre divorciada», «Continental» y «Noche y día», que creó Cole Porter.

Pero Hollywood no sólo bailó en los cincuenta. Ahí tenemos «Cómo casarse con un millonario» y «Los caballeros las prefieren rubias». También la inmarchitable «Funny girl», con la inmortal Barbra Streisand y el arrebatador Omar Sharif, al que aplaudí en «El príncipe durmiente» en el Haymarket londinense. El decorado era todo de metacrilato transparente y asombraba la voz honda y seductora del galán egipcio. Luego vino Ken Russell, con «La última danza de Salomé», «tour de force» para Glenda Jackson –afortunadamente hoy recuperada en «El rey Lear»–, que Espert hizo antes dándole suntuosidad a sus más de 80. Me alegro de que su hija Alicia Moreno vuelva a las candilejas como gerente del Teatro de la Abadía. Son historias en carne viva de las mejores tablas. Y hablando de músicas, no olvido que Nuria hizo en el Poliorama de las Ramblas un alocado divertimento que tituló «Amics i coneguts». Fue un recurso porque no funcionó el arrabalesco «Cementerio de automóviles» que encumbró a Guillermina Motta cantando «¡Remena, remena, nena!».

Pura, descarada y simple operación «revival» es «La, La, Land». Lentísima en su primera parte y como un lorazepam relajador y festivo en su remate. No es un musical del tipo de «La pasión de vivir», «Con faldas y a lo loco», ni siquiera como «Tommy», bastante frustrante como «Pippin». No es el caso del emotivo «Jesucristo Superstar», realmente épico, que en teatro llegué a aplaudir hasta once veces. Una, la tarde en que se estrenó el filme, y tras eso me metí en el Paladium para disfrutar otra vez de su versión teatral. Comparé.

Conclusión: «La ciudad de las estrellas» barre, llena, entusiasma, decepciona o cabrea porque exalta al cine en su ciudad escenario, que apenas luce. Y, también, porque añoramos como evasión los musicales de otro tiempo.